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Las etapas y los tiempos de la carrera militar

Rubén Aguilar Valenzuela

En esta, nuestra conversación 22, el general de división Carlos Demetrio Gaytán Ochoa (Ciudad de México, 1948), desarrolla el tema de cuáles son las etapas y los tiempos de la carrera militar, que de soldado a llegar a ser general de división exige 50 años de trayectoria.


El general, que fuera subsecretario de la Defensa, sostiene que "nada se deja al azar en la carrera militar", y que "los tiempos para cada grado, edad o circunstancia los define la propia ley". La Ley Orgánica del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos (LOEFAM), y la Ley de Ascensos y Recompensas que establecen de manera específica los tiempos que debe cumplir el militar en cada grado o jerarquía.


"El aspirante a soldado, dice el general, debe ser mayor de edad, pero sin rebasar los 29 años. El aspirante a Cadete para los Planteles de Formación tendrá entre 18 a 23 años, según el Plantel al que desee ingresar". La tropa se integra por soldados, cabos, y sargentos.


- El Soldado. "Debe completar un año desde su fecha de Alta, con buena conducta acreditada, para ser considerado elegible a la distinción de Soldado de 1ª, que no es un grado. Posteriormente, para aspirar a ser ascendido a Cabo, tienen que pasar tres años de buena conducta y cumplimiento de sus deberes, mostrando además liderazgo sobre sus compañeros. Entonces podrá concursar con sus iguales que aspiren también al ascenso para cubrir las vacantes generadas en su Unidad o Dependencia".


- El Cabo. Ya es un grado de comandante. "La Unidad que manda se denomina Escuadra y se constituye con efectivo variable que oscila entre los cuatro a seis elementos según el Arma o Servicio a que pertenezca, por ello la exigencia de liderazgo y buena conducta. Hasta aquí podemos sumar cuatro años más de trayectoria militar (...)".


- El Sargento 2º. "Se le considera ya como un profesional militar, y para obtener esta jerarquía los cabos de las diversas Armas y Servicios deben concursar para obtener un lugar en las Escuelas de Formación de Sargentos y realizar el curso correspondiente. Entre el curso de formación y el ejercicio del mando puede transcurrir un tiempo, de un mínimo de cuatro años".


- El Sargento 1º. "Es el máximo grado que puede alcanzar un elemento de tropa y para ello los Sargentos 2dos. concursarán con sus iguales para obtener un lugar en la Escuela antes citada a fin de realizar el curso de formación correspondiente. Solo para esquematizar consideremos también cuatro años".


- Los Oficiales. Son quienes tienen el grado de Subteniente, Teniente, Capitán 2º y Capitán 1º. "Se forman en planteles militares según el Arma o Servicio en el que decidan desempeñarse. Algunos grados se obtienen realizando los cursos de formación respectivos, en tanto que otros son alcanzados por concurso de oposición. Para acceder a cada uno debe ejercerse el mando un tiempo promedio de cuatro años".

 

- Los Jefes. Son quienes alcanzan los grados de Mayor, Teniente Coronel y Coronel. "Los dos primeros se obtienen por concurso de oposición, en tanto que los coroneles son propuestos por el Alto Mando al Mando Supremo según su conducta, desempeño profesional y experiencia adquirida en las diversas comisiones para las que haya servido, lo cual les da un total de puntos acumulados. También existe el mínimo de cuatro años en el grado para ser considerado elegible (salvo casos excepcionales que considera la ley). El Mando Supremo, de considerarlo conveniente, envía una iniciativa de ratificación al Senado de la República para que esta entidad emita su acuerdo de ratificación o rechazo".

 

- Los Generales. "Estos tienen su designación en tres escalones: Brigadier (una estrella), De Brigada (dos estrellas) y De División (tres estrellas) y son ascendidos siguiendo el mismo protocolo que para los coroneles. El único con cuatro estrellas es el General Secretario, y las ostenta solo durante su tiempo en el cargo de Secretario de la Defensa".

 

El general Gaytán Ochoa, que tiene un doctorado en Alta Dirección, termina nuestra conversación diciendo "es importante aclarar que para cada grado existe una edad máxima límite, que hace al militar colocarse en situación de retiro obligatorio. Lo anterior garantiza contar con personal en condiciones físicas operativas y al mismo tiempo evita la saturación o taponamiento de los escalafones. Así, hemos sumado desde soldado hasta divisionario un total de 50 años".


Tamayo Horizontes

Rubén Aguilar Valenzuela




La exposición Tamayo Horizontes se exhibe en el Museo Rufino Tamayo en el Bosque de Chapultepec de la Ciudad de México, y reúne obras que Rufino Tamayo (1899-1991), eligió para su colección, y piezas de colecciones privadas.

 

La curaduría de la exposición está a cargo de Juan Carlos Pereda. En la entrada de la exposición se encuentra este texto: 

 

El conjunto despliega algunos de los horizontes estéticos por los que el pintor transitó en su madurez. La selección invita al espectador a apreciar la excelencia conceptual y técnica alcanzada por el artista.

 

Los géneros pictóricos clásicos de la historia del arte, como son el paisaje, el desnudo, la naturaleza muerta y el retrato, constituyen los horizontes que Rufino Tamayo cultivó. Cada una de las obras presentadas muestra también la poderosa personalidad del artista, plasmada con originalidad y virtuosismo.

 

Tamayo Horizontes incluye obras que son referentes de la modernización temática del arte en México. Destaca Sandías, de 1968, una pieza clave no solo del género de la naturaleza muerta, sino de la producción pictórica de nuestro país en esa época.




Sandías.


 

Por su parte, Mujer en blanco, de 1976, surge como una exploración novedosa del desnudo femenino; mientras que Hombre en rojo, de 1970, y Bañista quitándose los lentes, de 1989, son cuadros de una vanguardia inclasificable.

 

Volver a mirar la obra de Rufino Tamayo desde estos horizontes permite refrendar su vigencia, entender su importancia y apreciar los logros con los cuales el pintor nutrió el arte y la presencia de México en el ámbito internacional.



















Hombre en rojo, 1970.




Comentario




La exposición forma parte de las actividades con las que el Museo Tamayo celebra sus 45 años de existencia. La exposición muestra como Tamayo es un artista profundamente arraigado a México, pero al mismo tiempo mantiene un diálogo permanente con las corrientes artísticas internacionales.


En la exposición hay retrato, paisaje, desnudo femenino, naturaleza muerta, escenas de género y personajes de ficción.Tamayo aborda estos temas a través de la simplificación de las formas, la intensidad del color, la materia pictórica y una particular capacidad para crear atmósferas cargadas de misterio.

 

El color es uno de los protagonistas fundamentales de sus obras, y a través de él se construye el espacio, determina el ambiente y transmite emociones. Los rojos, amarillos, azules, violetas y ocres pueden adquirir una intensidad que hace que las figuras parezcan suspendidas en una dimensión distinta. Tamayo desarrolló una paleta intensa, pero no utilizó el color únicamente para decorar sus composiciones.


La superficie de las obras de Tamayo puede sentirse como si la pintura tuviera un peso propio. Esto hace que sus cuadros no solamente sean imágenes para contemplar, sino superficies que invitan a observar las huellas del proceso creativo.




En la obra de Tamayo, la figura humana no busca reproducir exactamente la anatomía real. Son, en palabras del planteamiento curatorial del museo, invenciones y fantasías. El artista crea seres que pueden parecer humanos y, al mismo tiempo, pertenecer a un universo imaginario.


Tamayo no era un artista vuelto exclusivamente hacia el pasado, aunque recurre constantemente a referencias prehispánicas y populares, también siempre estuvo atento a los cambios científicos y tecnológicos de su época. El hombre, la máquina y el espacio exterior se convierten en nuevos motivos para reflexionar sobre la condición humana.


La muestra presenta a Tamayo como un artista en constante búsqueda. Sus horizontes fueron cambiando a lo largo de su vida: del mundo mexicano al internacional, de la tradición a la modernidad, de la figura real a la fantasía, de la naturaleza a la tecnología. Sin embargo, detrás de esa diversidad existe una identidad artística perfectamente reconocible.


Las obras de Tamayo siempre me impresionan, y me hablan. Es creación pura que utiliza el color, la textura y la imagen en el marco de una propuesta muy personal que es única y claramente distinguible. Es su estilo y como ese no hay otro, es solo de Tamayo. Los volúmenes sólidos como piedras. Su obra me gusta mucho.


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La exposición permanece en el Museo Tamayo hasta el 20 de septiembre de 2026.

García Harfuch, socio confiable de la DEA

Rubén Aguilar Valenzuela

El presidente López Obrador (2018-2024), que sigue gobernando desde Palenque, Chiapas, odia a Omar García Harfuch, al que no dejó llegar al gobierno de la Ciudad de México, como lo quería Claudia Sheinbaum Pardo, en ese entonces candidata de Morena a la presidencia de la República.

 

La presidenta, siguiendo instrucciones de López Obrador, había decidido que su gobierno no asistiría a la Conferencia Internacional para el Control de Drogas (TEC, por sus siglas en inglés), citada por la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés), a celebrarse el pasado 18 de agosto en Buenos Aires, Argentina.

 

De último momento, rectificó su posición y anunció que el Gabinete de Seguridad, le había dicho que era importante la asistencia de su gobierno a esa reunión, y decidió enviar a su hombre de mayor confianza, García Harfuch, secretario de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) a ese evento.

 

Diversas fuentes cercanas a Palacio Nacional, han dicho que a López Obrador molestó mucho lo que hizo la presidenta, y los elogios en Buenos Aires del director de la DEA, Terrance Cole, a García Harfuch. De él dijo que "era un socio confiable y un buen amigo de Estados Unidos", y "que sabe la importancia de compartir información de inteligencia, atacar a líderes criminales, interrumpir las cadenas de suministros y desmantelar las redes de arriba a abajo".

 

Cole llamó al mexicano "amigo" y "le gradeció su liderazgo, amistad y colaboración. Aprecio que estés aquí. Esta delegación aprecia que estés aquí. Estos más de 100 países aprecian que estés aquí".

 

García Harfuch a los elogios de Cole, reaccionó diciendo "quiero agradecer a la DEA, y en particular a su administrador, Terrance Cole, por la convocatoria, por mantener con las instituciones mexicanas, una relación profesional, directa y orientada a resultados", y también dijo que "hemos tenido solicitudes, a veces de información informal, que nos ayudan a poder operar mucho más rápido, a tener mejores resultados y contar con información de criminales que operan en nuestros dos países, y en otros lugares de Latinoamérica".

 

Y expresó su reconocimiento de René Amarillas, el representante de la DEA en México, por su "disposición, acompañamiento, solidaridad y trabajo permanente para fortalecer la coordinación de las instituciones mexicanas". Y abogó "por fortalecer aún más el intercambio de información. Ninguna organización criminal puede ser más fuerte que los Estados cuando actúan juntos con inteligencia y compromiso sostenido. No comprometemos a que México seguirá haciendo su parte, seguiremos fortaleciendo nuestras instituciones compartiendo información, investigando, determinando quienes generan violencia y cooperando con nuestros socios internacionales".

 

Con relación a la DEA, el discurso de García Harfuch es radicalmente opuesto al del presidente López Obrador (2018-2024), que siempre tuvo una relación tensa y de constantes desencuentros con esta agencia. En 2020 impulsa una ley, para limitar y normar la actuación de los agentes de la DEA en territorio mexicano. Y en 2022, canceló una unidad de la policía mexicana que colaboraba con la DEA, bajo el argumento de que estaba infiltrada por la delincuencia. Después de la participación de García Harfuch en la reunión de la DEA, López Obrador ha tomado decisiones, que se verán en los próximos días.

Taller de Cézanne

Rubén Aguilar Valenzuela







El Taller de Cézanne se encuentra en Aix-en-Provence, Francia.


Historia


Paul Cézanne, a los 62 años, adquirió una antigua propiedad rural en la colina de Lauves en noviembre de 1901. Mandó a tirar el edificio viejo para levantar un estudio sobrio y funcional, que se terminó en 1902. Quería un refugio de luz y sobriedad, donde ideó sus últimas obras maestras. En 1954 se convirtió en lugar de memoria gracias a donantes estadounidenses liderados por James Lord.


Edificio








La arquitectura del taller de Cézanne. El edificio cuenta con un espacio de trabajo situado en la planta superior, amplio y luminoso. Una de sus características más importantes es la gran superficie acristalada que permitía la entrada de una luz abundante y relativamente uniforme. La iluminación era esencial para el pintor, pues buena parte de sus investigaciones se concentraba precisamente en las relaciones entre luz, color, forma y volumen.


También destaca una abertura de 40 centímetros de ancho por 3.0 metros de alto en el muro, que facilitaba el traslado de lienzos de considerable tamaño. Este detalle arquitectónico revela hasta qué punto el edificio fue concebido específicamente para la actividad artística. No se trataba simplemente de adaptar una habitación existente: Cézanne quiso disponer de un verdadero taller, adecuado a las exigencias de su pintura.

 

El interior es austero y el pintor desde la colina dominaba la vista hacia la Montaña Sainte-Victoire, uno de los grandes motivos de su obra.






Uso del taller

 

Entre 1902 y 1906, el Taller de los Lauves se convirtió en el centro de la actividad artística de Cézanne. El pintor acudía prácticamente todos los días y trabajaba con una disciplina extraordinaria. La tranquilidad del lugar le permitía concentrarse en problemas pictóricos que había venido desarrollando durante décadas.

 

Desde aquí podía dirigirse hacia distintos puntos de los alrededores de Aix y continuar trabajando sobre el paisaje. La montaña Sainte-Victoire ocupó un lugar privilegiado en esta última etapa. El artista regresó una y otra vez a ella, observándola desde diferentes perspectivas y buscando descubrir mediante la pintura su estructura esencial.







El taller se convirtió en un espacio de encuentro entre generaciones. Los jóvenes artistas buscaban conocer directamente la experiencia de un pintor que había desarrollado una manera radicalmente nueva de observar la naturaleza.

 

En esta etapa final, Cézanne se encontraba en plena madurez artística. Su pintura se había alejado de las convenciones académicas y también de algunas de las preocupaciones iniciales del impresionismo. Su objetivo ya no era únicamente captar una impresión momentánea de la naturaleza, sino construir una imagen sólida y profunda mediante la relación entre los colores y las formas.







Esta búsqueda explica la importancia de las naturalezas muertas que realizó en su taller. Los objetos cotidianos —frutas, jarras, botellas, telas y utensilios— podían permanecer inmóviles durante largos periodos, permitiéndole estudiarlos repetidamente. En los días de lluvia o cuando no podía salir al exterior, los objetos del propio taller se convertían en modelos.

 

 

El taller hoy




El espacio permite observar objetos relacionados con la vida y el trabajo del artista. Hay muebles, utensilios, objetos utilizados como modelos para sus naturalezas muertas, ropa de trabajo y otros elementos que contribuyen a reconstruir el ambiente cotidiano en el que desarrolló sus últimas investigaciones pictóricas. El sombrero, la paleta y los pinceles siguen tal como los dejó antes de morir en 1906.













Comentario








El pintor Paul Cézanne (1839-1906), trabajó en este taller de 1902, hasta su muerte en 1906. Fue aquí donde llevó hasta sus últimas consecuencias una búsqueda que había comenzado décadas atrás: descubrir mediante la pintura la estructura profunda de la naturaleza y transformar la percepción en una construcción de color y forma.

 

La arquitectura, del taller Cézanne, la concibió de acuerdo a sus necesidades; que la luz que entrara por sus grandes ventanales. Desde aquí, el pintor contribuyó a transformar la manera de representar la realidad y preparó el camino para buena parte de la pintura del siglo XX.

 

Aix-en-Provence no fue para Cézanne únicamente el lugar donde nació y murió, sino que también fue el territorio que alimentó su imaginación durante toda su vida. Provenza fue para él mucho más que un escenario. Sus paisajes, sus montañas, sus árboles, sus casas, sus colores y especialmente la luz mediterránea se convirtieron en elementos fundamentales de su lenguaje artístico. Aix y sus alrededores acompañaron la evolución de su pintura desde sus primeros años hasta sus últimas investigaciones sobre el color, el volumen y la estructura de la naturaleza.







 

Un viaje a Veracruz en el invierno de 1843


Rubén Aguilar Valenzuela

 

En Un viaje a Veracruz en el invierno de 1843 (Universidad de Veracruz, Jalapa, 1984), Manuel Payno ofrece una crónica del viaje entre la Ciudad de México y el puerto de Veracruz, en un momento en que el país atraviesa una etapa de inestabilidad política tras la independencia, con Antonio López de Santa Anna en el poder y una nación todavía en busca de una identidad indefinida.


El autor se propone retratar las costumbres, los tipos sociales y los paisajes propios de cada región, muchas veces con un tono entre lo pintoresco y lo crítico. Payno, como otros cronistas de su generación — Guillermo Prieto o José María Lafragua—, entiende el viaje no solo como desplazamiento físico, sino como un pretexto narrativo para observar, comparar y reflexionar sobre el país que se estaba construyendo.


La crónica sigue, como es habitual en el género, la lógica del itinerario: el relato avanza conforme el narrador avanza físicamente por el Camino Real que unía la capital con el puerto, deteniéndose en las poblaciones, ventas, garitas y paisajes que va encontrando. Esta estructura, le permite a Payno organizar observaciones muy diversas —geográficas, sociales, económicas, anecdóticas— bajo el hilo conductor del desplazamiento.


El narrador adopta una voz en primera persona que combina la función de testigo con la de comentarista. No se limita a describir lo que ve, sino que intercala reflexiones, juicios de valor y comparaciones —a menudo con un dejo irónico— que revelan tanto su formación como su posición social: la de un hombre culto, vinculado a los círculos políticos y literarios de la capital, que observa el resto del país desde una perspectiva capitalina, ilustrada y no exenta de cierto paternalismo hacia las costumbres provincianas.


Uno de los ejes temáticos de la crónica es hacer ver las enormes diferencias regionales que caracterizan al México de mediados del siglo XIX. El tránsito de las alturas frías del altiplano hacia las tierras bajas y húmedas del trópico veracruzano no es solo un cambio de clima: es una metáfora de la heterogeneidad de un país que apenas comenzaba a pensarse como nación unificada. Payno registra con atención estas transiciones —en la vegetación, en la arquitectura de los pueblos, en la vestimenta y en el habla de sus habitantes— y construye así un retrato coral de la diversidad mexicana.


La crónica también se detiene, con notable atención, en los aspectos sensoriales del trayecto: la comida de los mesones, el calor sofocante al acercarse al puerto, los olores del trópico, los sonidos de los pueblos. Este interés por lo sensorial es propio de la crónica costumbrista, que buscaba no solo informar sino también producir en el lector una experiencia de inmersión, casi como si el propio lector realizara el viaje junto con el narrador.


El estilo de Payno es el de una prosa clara, ágil y de tono conversacional, heredera del periodismo de la época, en el que él mismo se formó como colaborador de diversas publicaciones. Evita el barroquismo y privilegia la anécdota concreta sobre la abstracción. Su lenguaje incorpora con naturalidad regionalismos y descripciones de tipos populares, lo cual dota al texto de un valor casi etnográfico: más allá de su interés literario, la crónica funciona como documento histórico sobre las costumbres, el lenguaje y la vida material de México en la década de 1840.


Un viaje a Veracruz en el invierno de 1843 es, ante todo, un testimonio valioso de su tiempo: un documento que combina la crónica periodística, el relato costumbrista y la reflexión social en torno a un país que buscaba definirse a sí mismo tras las convulsiones de la independencia. Su valor no reside únicamente en la calidad de su prosa —ágil, clara y con destellos de ironía— sino en su capacidad de capturar, a través del pretexto de un viaje, la compleja fisonomía social, geográfica y cultural del México decimonónico.


Escritor





Manuel Payno nace el 16 de marzo de 1810 en la Ciudad de México. Durante su infancia y juventud, México atravesaba el movimiento de independencia (1810-1821) y, posteriormente, las guerras civiles que caracterizaron el surgimiento del nuevo país. Fue testigo de la invasión estadounidense (1846-1848), la Reforma Liberal, y los inicios de la modernización nacional.


Payno provenía de una familia con cierta posición social, lo que le permitió acceder a una educación que, aunque limitada por los estándares de la época, fue superior a la de la mayoría de sus contemporáneos. Esta formación le abrió las puertas tanto a la carrera política como a la literaria. Su capacidad para observar la sociedad mexicana con perspicacia crítica lo convirtió en un gran cronista de su tiempo.


Payno fue escritor un hombre comprometido con los asuntos de Estado. Desempeñó diversos cargos administrativos y políticos a lo largo de su vida, incluyendo funciones diplomáticas y puestos en la administración pública. Esta experiencia directa en los entresijos del poder político enriquecería notablemente su obra literaria, dotándola de autenticidad y conocimiento profundo de los mecanismos sociales.


Como literato, Payno comenzó su carrera escribiendo para periódicos y revistas, medio que era el principal espacio de difusión intelectual durante el siglo XIX. Sus primeras obras fueron de carácter periodístico y ensayístico, pero pronto incursionó en la prosa de ficción, género en el que alcanzaría su mayor reconocimiento.


Entre sus obras está El fistol del diablo (1845-1846), que está considerada como una de las primeras novelas mexicanas modernas y marca un hito en la historia de la literatura nacional. Los bandidos de Río Frío (1888-1891), obra en la que a través de una trama compleja con múltiples personajes, ofrece una crítica social y un retrato casi etnográfico de diferentes estratos sociales.




Un viaje a Veracruz en el invierno de 1843

Manuel Payno

Universidad de Veracruz

Jalapa, 1984

pp. 131

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