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Rubén Aguilar Valenzuela
El pasado sábado 25 de octubre fueron a comer a mi casa veinte amigos y amigas del barrio de Tizapán, alcaldía de San Ángel, que conozco desde hace 55 años, en ese lugar viví de 1970 a 1972, yo entonces era jesuita.
En ese tiempo estudié la Licenciatura en Filosofía en el Colegio Máximo, el teologado y filosofado de la Provincia de la Compañía de Jesús en México, que se ubicaba donde ahora está el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM).
Los fines de semana los filósofos, también los teólogos, teníamos trabajo, que llamábamos "apostolado". Yo coordinaba a un grupo de mis compañeros filósofos que impartíamos un curso de formación para jóvenes del barrio, compuesto por mujeres y hombres.
En ese tiempo el barrio todavía tenía calles de tierra, y vivía una situación muy difícil después de que años antes se habían cerrado las fábricas de textiles La Alpina y La Hormiga, y el desempleo era muy grande. Una buena parte de quienes asistían al curso eran hijos de esos obreros que estaban obligados a reinventarse y buscar nuevos trabajos, para sobrevivir.
El curso, que duraba dos años, era los sábados por la tarde y los domingos por la mañana, y con frecuencia organizábamos diversas actividades, como ir de paseo a alguno de los balnearios de Morelos. Y también realizar "misiones", en Semana Santa, en pueblos de Morelos, entre ellos Anenecuilco, la tierra de Emiliano Zapata.
El curso tenía cuatro grandes objetivos: que los asistentes aprendieran a pensar por su propia cuenta; que ampliaran su horizonte de vida y de conocimiento; que se hicieran de elementos para expresarse y discutir, y que valoraran la importancia de vivir en el marco de una ética personal, que guiará su comportamiento.
El sábado, mis amigos llevaron a sus compañeras, y algunos a sus hijos y nietos, hablamos de aquellos tiempos, también de los de ahora. Dijeron que el curso les había hecho reflexionar y abierto nuevos horizontes, que les había dado elementos para expresarse mejor, y también para valorar, de manera crítica, lo que pasaba en el país. Hablaron de un antes y un después en su vida al haber tomado el curso.
Expresaron su agradecimiento, de ellos y sus familias, a todos los jesuitas que habían conocido y tratado mientras estos vivían en el barrio y estudiaban en el Colegio Máximo. Recordaron historias y anécdotas. A cuatro o cinco de ellos la misa de su boda la celebró un jesuita.
El año pasado también nos reunimos en mi casa. Ellos y ellas, rondan un poco arriba o un poco abajo de los 70 años, y su vida es expresión muy clara del cambio real, no de discurso, que ha vivido el país a lo largo de las últimas décadas.
Todas y todos tienen pensión en el sector público o privado, solo dos de ellos fueron a la universidad, los demás muy pronto se tuvieron que poner a trabajar para ayudar al sostenimiento de sus familias, pero ahora la mayoría de sus hijas e hijos tienen una carrera universitaria. Todas y todos tienen casa propia.
Ahora solo dos de mis amigos y sus familias siguen viviendo en el barrio de Tizapán, para poder comprar una casa o departamento han tenido que salir del lugar, pero todas y todos continúan teniendo una gran relación afectiva. Lo recuerdan con mucho cariño. Es un elemento de su identidad. Ahí vivieron su infancia, adolescencia y juventud. Ya quedamos que el próximo año también nos volveremos a reunir, para hablar del ayer, pero también del presente.
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Rubén Aguilar Valenzuela
En la medida que pasan los meses se hace más evidente la existencia de tres personas en Andrés Manuel López Obrador, que fuera presidente de México de 2018 a 2024, que confluyen o se reúnen en una sola persona, mismas que son muy distintas y claramente contradictorias.
La primera persona. Es la de un político con una gran capacidad para hacerse del poder, ampliarlo y mantenerlo. No importa si los métodos que utiliza son legales, como puede ser ganar elecciones, o ilegales, como es manipular la ley, incluso la Constitución, y sobornar a los que necesita, para obtener lo que se propone. También, para este fin, manejar la mentira, el descrédito del otro, el chantaje y las amenazas. Es una persona única, caso de estudio, para alcanzar el poder, a toda costa y sin ningún escrúpulo. Que sabe "comprar" a las personas a través de las dádivas. Como hombre que detenta el poder es un seductor que resulta "encantador" para un gran sector de la población, que lo admira y apoya de manera incondicional. Es su faceta más exitosa.
La segunda persona. La del funcionario público, que siempre ha sostenido que no se requiere capacidad alguna para ejercer esta función. En esta faceta ha resultado un gigantesco fracaso. La lista de sus errores y ocurrencias es interminable y todos los días aparecen nuevas evidencias de su desastre como funcionario público en su carácter de presidente de la República. La deuda que contrajo en su sexenio, por 10 billones de pesos, equivale a la contratada por todos los presidentes a lo largo de un siglo. Hizo que 30 millones de mexicanos perdieran el acceso a la salud pública al destruir el Seguro Popular y también aniquiló el sistema de abastos de las medicinas y acabó con las campañas de vacunación. Él es quien produjo, con su política de salud en el caso de la pandemia de Covid-19, la existencia de 800 mil muertes en exceso.
El mayor ecocida de la historia de México que ordenó derribar 10 millones de árboles y destruir grutas y cavernas intocadas para construir un tren que nadie utiliza. Quien destruyó un aeropuerto que tenía el 30% de construido y que, ya que no existe, se sigue pagando a quienes invirtieron en él. Y construyó uno, que es un hoyo negro financieramente que muy pocos utilizan. Que destruyó los sistemas de evaluación del sistema educativo, para que nadie se entere de su fracaso. Fue el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, que dejaron de ser de Estado, para convertirlas de partido sujetas al gobierno en turno.
La tercera persona. Esta faceta es la última que se ha descubierto, aunque ya estaba presente desde la época de candidato, como lo han probado algunas investigaciones. Ahora sabemos, las pruebas son contundentes, que ha sido un líder, un capo, de una extensa red de corrupción, que se creó y operó en su gobierno, a cargo de sus hijos y de personas de la política muy cercanos a él, de "hermanos", como Adán Augusto López. Las evidencias de su liderazgo en esta gigantesca red de corrupción se hacen cada vez más claras. Ante esta realidad el actual gobierno no hace nada y deja que las evidencias afloren. La presidenta en sus mañaneras defiende a todas y todos los integrantes de esta mafia creada al amparo del poder presidencial de López Obrador. En términos económicos ha sido notablemente exitoso en estos negocios.
López Obrador es un personaje sin duda complejo, en la que conviven tres personas en una. En la de hombre de poder y capo de una extensa red de corrupción ha sido muy exitoso, los resultados están a la vista y nadie los puede negar. Como funcionario público resultó, sin lugar a dudas, el peor presidente que ha tenido México después del fin de la Revolución Mexicana. Están sobre la mesa los resultados del desastre estrepitoso que ha sido su gestión. En la medida que pasen los años tendremos una visión más exacta de lo que ha sido este personaje y lo que significa en la historia moderna del país.
