Back to Top

contacto@nuestrarevista.com.mx

headerfacebook headertwitter
 

Recep Tayyip Erdogan, el populista turco

Rubén Aguilar Valenzuela
Recep Tayyip Erdogan (1954) fue primer ministro de Turquía de 2003 a 2016. En 2017, después de un referéndum, el país adopta el sistema presidencial. En 2018 gana las primeras elecciones ya bajo esta nueva modalidad.

Fue escolarizado en centros religiosos islamistas. A los 15 años, se afilia a una asociación islamista. En 1972 crea el Partido de Salvación Nacional (MSP). En 1973 termina sus estudios en una escuela para la formación de imanes. Después estudia economía en la universidad en Estambul.

Es el líder indiscutible del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), que funda en 2001. Se le compara con las figuras de los populistas Viktor Orbán, de Hungría, y el Jaroslaw Kaczynski, de Polonia. Es uno de esos líderes que llegan al poder por la vía democrática y después se sostienen y perpetúan en el movimiento de masas que crearon.

En su juventud, en la década de los setenta y ochenta, fue un islamista radical. En la década de los noventa mutó en islamista moderado. En ese entonces defiende la libertad de expresión y la democracia. A partir de 2003, ya en el poder, se sitúa en la corriente de un populismo de derecha de cuño islamista.

Como otros populistas tiene la gran capacidad de hacer que su base lo apoye en el proceso de sus continuos saltos ideológicos. Estudiosos del personaje plantean que el poder ejerce una enorme atracción en Erdogan. Lo disfruta por sí mismo, pero también lo ve como un instrumento, para llevar adelante su proyecto de una Turquía grande y poderosa en el marco del islam.

Se cuenta que en 1996 dijo a un grupo "la democracia es un tranvía: cuando llegas a tu parada, te bajas". La causa (dava) de Erdogan es volver al Imperio Otomano entendido como una Turquía reconocida, admirada e imitada por todas las naciones musulmanas y también como potencia geopolítica en ese espacio entre Asia y Europa donde se ubica.

La mayor fuerza de Erdogan, su gran capital político, es su capacidad de conectar con las masas populares. Se presenta como uno de ellos. Les dice que como ellos ha sido víctima de las injusticias de "los de arriba". Y que también ha sido perseguido por los poderosos debido a su compromiso con el pueblo.

Temas de sus discursos son el rechazo al establishment de los políticos del pasado y la lucha contra la corrupción. Él es quien va a resolver los agravios que sufrió el pueblo en el pasado reciente. Estudiosos del personaje plantean que en Erdogan hay un deseo de revancha personal ante las élites económicas y culturales que no aceptaron su victoria cuando llegó al poder avalado por millones de votos.

Tiene un manejo extraordinario de las emociones de las masas populares. Y convierte sus sentimientos en apoyo incondicional a él y lo que hace. Sus seguidores sienten como propios sus logros. Ya en el poder ha logrado que los más importantes grupos económicos de Turquía, que antes lo rechazaban, se plieguen a sus deseos.

Ha construido la imagen de un hombre humillado por los poderosos que fue capaz de salir adelante y de imponerse a quienes lo pisotearon. Ahora, como se lo pide del pueblo, enfrenta a los enemigos de su causa. Así se convierte en el hombre fuerte que quieren sus seguidores. En sus discursos explota la figura que viene "de abajo" y es perseguido por los "de arriba".

Erdogan utiliza el islam como medio de educación y control de las masas populares. Es una religión entendida no de acuerdo a una concepción tradicional sino como elemento de identidad nacional y militancia política. Es el cimiento de su estructura de poder y de control. Esto le ha permitido obtener victorias con el 50 % de los votos en todas las elecciones a las que se ha presentado.

Su éxito no se explica sin la inmensa maquinaria mediática ligada a su persona y su proyecto. En los medios no existe nadie más que Erdogan. Esto lo logra a través de prebendas y contratos con fondos públicos. Los medios a su disposición convierten cada campaña electoral en el show de un solo hombre. A esto se añade la persecución a los candidatos de la oposición, a los periodistas críticos y a cualquiera que pueda socavar su imagen.

Erdogan, como otros populistas, acusa a la oposición de "traidora" y de servir "a oscuros intereses extranjeros". En las elecciones ha jugado a su favor que la oposición se presenta dividida. Cuando esta se une, como ha sucedido en las alcaldías de Ankara y Estambul, las elecciones se le complican.

El apostar al conmigo o contra mí puede convertirse en un obstáculo a los intereses del presidente turco. Y también la polarización política que impulsa con su "democracia del 50%". A esto se añade los pobres resultados económicos que tiene como origen su pretensión de controlar todo, al detalle, aunque no lo entienda. Las relaciones clientelares que ha establecido se basan en la posibilidad de entregar recursos.

Turquía es un país complejo, con un pie en Europa y otro en Asia. Erogan es un populista de derecha que ha sabido explotar su capacidad de conectar con las masas y de dar cause a sus sentimientos, de plantearse como una víctima de los poderosos y como el líder que puede vengar al pueblo de las humillaciones que ha sufrido. Todo eso en el marco de una gran maquinaria mediática que juega a su favor. (Para la elaboración del texto se ha utilizado información de un artículo que apareció en El País, 22.06.2019).

La historia como tribunal de justicia

Rubén Aguilar Valenzuela 
El historiador Guillermo Zermeño Padilla sostiene que la historia como tribunal de justicia es una invención de la modernidad en "Reflexiones en torno a la metáfora de la historia como tribunal de justicia" (Metafóricas espacio-temporales para la historia. Enfoques teóricos e historiográficos, Javier Fernández Sebastián y Faustino Oncina, eds., Valencia: Pre-Textos, 2020).

Afirma que, a partir de finales del siglo XVIII, al historiador "se le pidió no solamente que fungiera como un intermediario imparcial que arbitrara entre las partes enfrentadas y los testimonios diversos, sino que además impartiera justicia. Es decir, que no se ocupara solamente de ser equitativo o justo entre los contendientes, sino que impartiera el veredicto final acorde con las leyes establecidas".

Esta concepción tiene derivaciones que "pueden advertirse en la actualidad del mundo de la política y la opinión pública. No faltan ni han faltado políticos y jefes de Estado que aspiran a hacer la historia y a pasar a la 'historia'; que ambicionan dejar huella, llenarse de gloria y pasar a la inmortalidad de los anales del futuro".

Y añade "que asumen esa aspiración como una de las principales motivaciones de su hacer político y tomas de decisión en el presente. Esperan con ello, después de muertos, el juicio final impartido por la Historia, como supremo juez, situado en el futuro. Esperan que la estructura de una 'historia justiciera' los absuelva o condene en relación con lo que decidieron e hicieron transcurrida la historia. Habrá también entre los intelectuales del siglo XX quienes aspiren o aspiraron a estar en sintonía con la 'marcha de la Historia'".

El planteamiento de Zermeño Padilla, investigador de El Colegio de México, remite necesariamente a figuras de la política como el presidente López Obrador que todos los días actúa y articula su discurso con la pretensión de "hacer" la historia —la Cuarta Transformación— y por eso pasa a la Historia. En su actitud cotidiana, es muy evidente su ambición de "dejar huella" y pasar a la "inmortalidad de los anales del futuro".
 

 
El marco del análisis que presenta Zermeño Padilla ofrece claves sólidas, no obvias a primera vista, para entender a personajes como el actual presidente de México. No es un caso único y forma parte —es inherente— del proyecto de los gobernantes populistas, no importa si se dicen de izquierda o de derecha, que ahora en el mundo están presentes en una veintena de países.

Estos gobernantes construyen una narrativa, distribuida a través de los distintos medios, donde se proponen —ahí está el centro de su actuar— "pasar a la historia" en el hoy, pero de cara a que la Historia, con mayúscula, los reconozca en el futuro como sus constructores, como quienes, producto de su accionar, cambiaron la historia de su país y merecen el reconocimiento postrero que quedará registrado en los libros de la historia patria.

El investigador de El Colegio de México sostiene que, para ese tipo de políticos, "este deseo de inscribir el nombre propio en la historia se trata en lo fundamental de una relación que parte de un pasado ya prescrito (presupone el libro de la Historia), que funciona como preámbulo o anticipación de lo que viene a continuación, desde donde se deduce un mandato y una expectativa particular, cuyo cumplimiento está situado no en el presente sino en el futuro. Para que dicho vínculo se efectúe, se requiere de la existencia de una homologación entre pasado y futuro".

En el caso de López Obrador, el sentido de su actuar, pero sobre todo de su discurso, la historia es sólo un "preámbulo o anticipación de lo que viene a continuación" la gran Historia, el proyecto futuro, el propio de la Nación, está por venir y llegará de su mano. Es la Cuarta Transformación, las anteriores, la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana, son sólo anuncios y en todo caso antecedentes del futuro glorioso que será el fin de la historia. El presente no vale por sí mismo y cobra sentido sólo en la realización de lo que viene.

Estamos entonces, dice Zermeño Padilla, en el horizonte de la discusión "entre lo que significa escribir la historia y lo que implica hacer la historia; entre el 'hacer' propio de los eruditos, historiadores y académicos, y el 'hacer' propio de los políticos y/o gestores de la 'historia', que pueden ser además técnicos, ingenieros, empresarios, trabajadores o planificadores; aquellos que dicen, desde la época de Feuerbach, que lo importante en la historia no era tanto su contemplación y escritura, cuanto el hacerla y transformarla".

López Obrador, como también otros mandatarios populistas, se ubican así mismos como quienes "hacen" la historia en clave de transformación, de revolución. Ellos, desde el presente, son los hacedores del futuro. Ya vendrán los historiadores a escribir y dar a conocer su gesta histórica. Gesta que no sólo habrá de quedar en los libros sino también en la piedra. Ya desde ahora se imaginan en los monumentos dedicados en su honor en las plazas públicas.

 

Ilustración: Ricardo Figueroa

AMLO, Morena y la elección de junio

Rubén Aguilar Valenzuela
La gran pregunta, para la elección del próximo 6 de junio es si el presidente Lopez Obrador, que no está en la boleta, podrá o no influir, para que los electores voten por Morena y sus candidatos.

El presidente sabe que la pregunta existe y hace todo lo que puede, para hacer de una elección local una de carácter federal que es el espacio donde puede influir, de manera particular a través de sus comparecencias mañaneras.

En la elección de 2018, el voto por gobernadores y alcaldes de Morena estuvo lejos del porcentaje que obtuvo el presidente. Entre más local fue la elección menor fue el voto afirma Jorge Buendía, especialista en encuestas (El Universal, 16.02.21).

A pesar de este hecho es evidente que en la elección de 2018, el candidato presidencial López Obrador jaló el voto a favor de todos los candidatos de su partido. Los electores tendieron a votar por el mismo logo.

Es una realidad, como lo señala Buendía, que los candidatos a gobernador, alcaldes y también a diputados locales son tanto o más conocidos que el presidente en sus regiones y localidades.

Esto juega en favor de la oposición y en contra de Morena. La valoración positiva del presidente, que se mantiene en torno al 60 %, no necesariamente va a jalar a los candidatos de su partido en esta elección intermedia.

El presidente desde la mañanera con el aval del TEPJF, que decidió que en esta elección puede, sin más, violar los artículos 41 y 134 de la Constitución, se va a meter de lleno a la campaña.

Lo hará, con todo, desde el especio federal o nacional, pero no local. Dese el púlpito donde todas las mañanas ofrece su sermón de propaganda va a insultar, con la misma cantaleta de siempre, a los partidos de oposición y exaltar al suyo.

La pregunta sigue siendo si eso le va a permitir influir en la elección del presidente municipal de Naco, Sonora, o en el distrito de un diputado local en Yucatán o Colima. Está por verse.

Lo que sí está probado en México, también en otros países, es que para la oposición sus buenos resultados dependen de tres elementos: un buen candidato, apego al territorio y el discurso que quieren oír los electores.

Los candidatos a gobernador, presidentes municipales, diputados federales y locales deben ignorar el discurso presidencial. Nunca deben caer en la provocación diga lo que éste diga.

Su ventaja competitiva está en el territorio. Ahí los conocen y los han visto. Su discurso solo debe tratar temas locales. En una elección intermedia eso es lo que interesa al electorado. Los temas nacionales quedan relegados.

El muro del miedo

Rubén Aguilar Valenzuela 
El muro que rodea Palacio Nacional, residencia del presidente López Obrador, es el muro del miedo, del miedo que le tiene a las mujeres libres y conscientes.

A éstas las califica de derecha, neoliberales, conservadoras, violentas, subversivas y vándalas. El feminismo es un movimiento progresista que trasciende las categorías de derecha e izquierda.

El presidente en su concepción machista y patriarcal las mujeres deben ser sumisas y obedientes. No deben de denunciar a los hombres que las acosan y violan. Ellas deben aguantar.

Esta posición una y otra vez la ha hecho pública en sus comparecencias mañaneras cuando defiende a un violador como el candidato de Morena a la gubernatura de Guerrero y descalifica a las mujeres que lo acusan.

Lo hace también patente cuando se niega al diálogo abierto con las feministas o califica sus posiciones de "extranjeras". Que no corresponden a la idiosincrasia nacional.

En su concepción, ya lo ha dicho en público, el papel de las mujeres es estar en la casa al cuidado de los niños, de los enfermos y los ancianos. Ese es su papel.

Las posiciones francamente reaccionarias, trogloditas del presidente, con relación a las mujeres pueden tener origen en sus creencias religiosas.

Mantiene relación estrecha con un grupo de pastores evangélicos pentecostales, en particular Arturo Farela, que son notablemente reaccionarios en muchos temas, entre ellos el del papel de la mujer en la sociedad.

El presidente en más de una ocasión con sus dichos y actitudes ha manifestado su misoginia. Su conservadurismo cultural y religioso en el tema de las mujeres le imposibilita comprender la lucha del movimiento feminista en el mundo y en México.

La periodista Lydia Cacho sintetiza bien la cerrazón del presidente cuando tuitea que "la valla de AMLO es la representación física de su negación sobre la impunidad machista". Así es. Sin más.

Y la también periodista Peniley Ramírez afirma en un tuit que "un hombre en un Palacio se protege de las mujeres a quienes gobierna. No las escucha, no busca entenderlas. Se protege como se protegen los reyes del vulgo, como se protege la élite del pueblo". Lo describe de cuerpo entero.

Y la académica del CIDE-Aguascalientes Catalina Pérez Correa afirma también en un tuit que "ojalá se pudiera amurallar la misoginia y la violencia de género que se expresa constantemente desde Palacio Nacional. Esa sí que ya no salga". El misógino vive en palacio.

El presidente tiene miedo a las mujeres conscientes y libres y por eso se encierra con un muro de acero en su palacio. En el palacio que por 300 años vivieron los virreyes de la Nueva España a los que cada día que pasa se les parece más.

Biden y el Triángulo del Norte

Rubén Aguilar Valenzuela
El presidente López Obrador, una vez en el gobierno, prometió una política de grandes apoyos económicos a favor de los países que integran el Triángulo del Norte: Guatemala, El Salvador y Honduras.

A poco más de dos años de gobierno esto no ha sido una realidad, como lo he podido discutir con una de las cancillerías, que me piden no citarla, pero sí registran que ha cambiado la política migratoria de Mexico a la que ven como una agresión.

Biden, el nuevo presidente de Estados Unidos, a los pocos días de asumir su responsabilidad ha comprometido una nueva política, para los países del Triángulo del Norte. Conoce bien la región. Ha estado en ella en diversas ocasiones.

Daniel F. Rinde, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CEEI), la analiza (El Economista, 14.01.21). La gran mayoría de los migrantes sin papeles que ingresan a Estados Unidos vienen de esos países. Es una migración que se origina en los malos gobiernos, la inseguridad y la falta de empleo.

La evidencia señala, dice el analista, que la migración se reduce cuando el PIB per capita de un país alcanza los 8,000 dólares anuales. El de Guatemala y El Salvador es de 4,000 dólares anuales y el de Honduras de 2,500 dólares anuales.

En 2019, la administración Trump congeló la ayuda de 450 millones de dólares, para obligar a los países del Triángulo del Norte a frenar la migración hacia Estados Unidos. Eso ocasionó la cancelación de todos los programas de desarrollo con fondos del gobierno estadounidense.

El analista del CEEI dice que Biden se enfrenta a la corrupción y la mala gestión de los actuales gobiernos del Triángulo del Norte. A esto se añaden los problemas económicos y de seguridad de los tres países, que se han exacerbado por el Covid-19 y los daños causados por los huracanes Lola y Ela.

En versión de Rinde los problemas de los países del Triángulo del Norte tienen solución y cita como México a partir de 2005, cuando el per capita supera los 8,000 dólares anuales, deja de expulsar migrantes en los términos de los años anteriores.

El compromiso de Biden es invertir 4,000 millones de dólares en los próximos cuatro años, mil millones por año, en los países el Triángulo del Norte, con tres propósitos: Fortalecer el Estado de derecho, combatir la corrupción e impulsar el crecimiento económico.

Para el investigador del CEEI, la iniciativa de Biden requiere una estrecha asociación y coordinación con el BID, que tiene gran experiencia en la región y un gran poder de convocatoria.

Propone también que Biden comprometa el apoyo de México, Colombia, Canadá, Taiwán, España, la Unión Europea y al Banco Mundial. Con realismo plantea que no hay una solución mágica a la dimensión de los problemas de los países del Triángulo del Norte.

La posibilidad de superarlos exige una gran voluntad política de los gobiernos de la región, de la participación de la sociedad organizada de esos países y un mayor compromiso del gobierno de Estados Unidos. Habrá que ver si el anuncio de Biden se hace realidad.

Página 159 de 212