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¿Quién hizo el guion de Ciudadano Kane?

Rubén Aguilar Valenzuela
El director David Fincher en Mank (Estados Unidos, 2020) cuenta la historia real de Herman J. Mankiewicz (Gary Oldman), que escribió el guion de Ciudadano Kane (1941) de Orson Welles (Tom Burke) considerada como una de las mejores películas de todos los tiempos.
 
De Jack Fincher, es el guion que es un logro póstumo al padre del director. La escribió en 1997, pero nunca encontró quien se interesara en filmarlo. Es la historia de la creación del guion de Ciudadano Kane.
 
En 1940 Welles encargó el guion, para firmarlo él, a Mankiewicz que no apareció en los créditos. En 1941 ganó el Oscar como Mejor guion. Luchó por años, para que se le reconociera su autoría, que valoraba como su mejor obra.
 
Para entonces Mankiewicz ya era reconocido como uno de los mejores guionistas de Hollywood y ya había colaborado, entre otros, en los guiones de Un hombre de mundo (1931), Cena a las ocho (1933) y El mago de Oz (1939).
 
La película y el guion de Ciudadano Kane se inspira en la figura del magnate de la prensa amarillista William Randolph Hearst (Charles Dance) que aparece como Charles Foster Kane.
 
El director recrea el Hollywood de los años 30 y 40, la era dorada del cine, y se acerca a los hombres que están detrás de la industria como Louis B. Mayer (Arliss Howard), presidente de la Metro-Goldwyn-Mayer y Irving G. Thalberg (Ferdinand Kingsley) su vicepresidente y jefe de producción.
 
Y también David O. Selznick (Toby Leonard Moore), productor de Lo que el viento se llevó (1939) y Rebeca (1940), que sustituye a Thalberg en MGM y trabajó en Paramount y en RKO, distribuidora de Ciudadano Kane, antes de volverse independiente.
 
Aparece también la actriz Marion Davies (Amanda Seyfried), de Amores en Hollywood amante de Hearst hasta su muerte en 1951.
 
Todas las actuaciones, en particular la de Gary Odman, son muy buenas. En 2017 ganó el Oscar a Mejor actuación (El instante más oscuro). La fotografía recuerda a la de Ciudadano Kane.
 
La película en blanco y negro es un homenaje al Hollywood de la edad de oro. Se hace presente la genialidad, la ambición, el cinismo, la frivolidad y todo tipo de extravagancias.
 
El Hollywood que, a través del cine, que se ve en todo el mundo, crea estereotipos culturales y se convierte en la mejor propaganda de Estados Unidos.
 
La película está muy bien construida y la historia narrada de una manera que interesa al tiempo que ofrece una mirada sobre el Hollywood de los años 30 y 40. Me gustó mucho.
 
En 2021 la película ganó el Oscar como Mejor fotografía y el Oscar, el BAFTA, el Premio Satellite como Mejor diseño de producción. Como Mejor actriz secundaria Amanda Setfried ganó el Premio Satellite. En los Oscar se esperaba que ganara más premios.
 
Mank
Título original: Mank
Producción: Estados Unidos, 2020  

Dirección: David Fincher
Guion: Jack Fincher
Fotografía: Erik Messerschmidt
Música: Trent Reznor
Actuación: Gary Ildman; Amanda Seyfried; Charles Dance; Tom Burke; Llly Collins; Tuppence Middleton...

Évariste Ndayishimiye, el populista burundés

Rubén Aguilar Valenzuela

Évariste Ndayishimiye (1968) es un militar y político de la República de Burundi en África. Entre 2016 y 2020, fue secretario general del partido gobernante el Consejo Nacional para la Defensa de la Democracia-Fuerzas de Defensa de la Democracia (CNDD-FDD).
 
En 2020 se lanza como candidato a la presidencia cuando ocurre la muerte inesperada del presidente Pierre Nkurunziza (55). Es elegido en la primera vuelta con el 70 % de los votos y el Tribunal Constitucional de Burundi ordena tome de inmediato posesión, lo que ocurre en junio de 2020 con la protesta de la oposición.
 
Ndayishimiye es un ferviente católico de la etnia hutu y de estudiante escapó a la limpieza étnica de los tutsis en la Guerra Civil (1993-2005). Se une a la oposición armada de las Fuerzas de Defensa para la Democracia (FDD).
 
Fue comandante en diferentes regiones y escala todos los niveles militares. Después de la firma de la paz en 2005 se le nombra jefe de gabinete adjunto de las nuevas Fuerzas de Defensa Nacional (FDN) con el rango de general.
 
Entre 2006 y 2007, fue Ministro del Interior y Seguridad Pública, luego jefe del gabinete militar de la presidencia y después jefe del gabinete civil del presidente Pierre Nkurunziza. En agosto de 2016, fue elegido secretario general de la CNDD-FDD.
 
En su primer discurso como candidato dijo haber recibido "signos" del "Dios poderoso" cuando una paloma se posó sobre la cabeza de su esposa.
 
Sus discursos siempre hacen referencias a Dios y habla sobre la protección divina y la acción de la divina providencia. En mayo de 2020, como candidato, sobre el Covid-19 aseguró: "No tengan miedo. Dios ama a Burundi y si hay personas contagiadas, es porque Dios manifiesta su poder en Burundi".
 
Y también que los dirigentes de Burundi confían que el "poder de Dios" siga manifestándose y se haga presente la "protección divina".
 
A Ndayishimiye se le conoce como "Neva", el nombre que usó en la guerra. Se le ve como un hombre sencillo, que vive de manera distinta a lo ostentoso de los integrantes del gobierno y los altos mandos del Ejército.
 
La mayoría de la cúpula militar, todos acusados de corrupción, acumulan riquezas y viven en grandes mansiones, pero él con su familia habita una modesta casa en Kajaga, un barrio acomodado de Buyumbura, a las orillas del lago Tanganica.
 
Su antecesor fue acusado por la comunidad internacional por represión y violación de los derechos humanos y a él se le pide que ponga fin a esta etapa. En sus primeros discursos ha invitado que regresen las decenas de miles de refugiados.
 
Ha anunciado, en contra de lo que hizo Nkurunziza que permaneció 14 años en el poder, que "estamos listos para restablecer relaciones con países que desean una cooperación constructiva. Los inversores extranjeros son bienvenidos".
 
Ha prometido también respetar la libertad de expresión porque este no es solo un derecho que tienen los políticos. La prensa de su país dice que sabe dialogar y llegar a acuerdos. Hay muchas expectativas sobre su mandato y su estilo de gobierno que se ubica dentro del populismo africano

Los organismos autónomos no deben dejar de existir

Rubén Aguilar Valenzuela
Desde el primer día de su gobierno el presidente López Obrador se ha dedicado a restaurar el régimen del presidencialismo autoritario anterior a la reforma política de 1977.
 
Es el propio de los tiempos de Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), Luis Echeverría (1970-1976) y José López Portillo (1976-1982). Es cuando el Poder Ejecutivo, a la cabeza del presidente, tenía sometido al Poder Legislativo y al Poder Judicial.
 
Ahora el presidente tiene el control del Poder Legislativo a través de la mayoría absoluta de Morena en la Cámara de Diputados y mayoría simple en la Cámara de Senadores.
 
Así fue con el PRI hasta que en 1997 perdió la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. A partir de esa fecha ningún partido tuvo nunca más la mayoría absoluta hasta la elección de 2018 con Morena.
 
El presidente poco a poco se va haciendo del control de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) y de los once magistrados que la integran le ha tocado nombrar a tres de ellos y Arturo Zaldívar, el magistrado que preside la corte, se manifiesta afín al presidente.
 
En 1976, en el esplendor de la presidencia autoritaria, el joven López Obrador ingresó al PRI. Ahí se formó como político. Y a lo largo de 14 años asumió las maneras, la concepción política y la cultura de ese partido. Ante la sólida formación de ese instituto hay un dicho que dice: "Lo priista nunca se quita".
 
Cuando se ve lo que el presidente está haciendo no puede dejarse de hacer el comparativo con esos gobiernos, en particular de Echeverría. Con la variante, no menor, de la comparecencia mañanera.
 
En el modelo de la presidencia autoritaria, imperial la ha calificado Enrique Krauze, los órganos autónomos del Estado no deben de existir. Son instituciones fundamentales en las sociedades democráticas, pero al presidente le sobran.
 
Le molestan porque acotan su poder que es una función sustantiva de estos organismos. En su proyecto de acabarlos ya ha suprimido algunos, otros los ha acotado en sus atribuciones y a otros los controla con incondicionales que él ha puesto a su cabeza.
 
Ahora su ataque mayor lo concentra en el Instituto Nacional Electoral (INE), que quisiera estuviera bajo control de alguna instancia del gobierno como en los tiempos del PRI cuando las elecciones se organizaban en la Secretaria de Gobernación. Ahí, en independencia del resultado de la votación, se decía quien ganaba y perdía.
 
En esa misma línea está la molestia que le causan las organizaciones de la sociedad civil, autónomas e independientes del gobierno, a las cuales les ha declarado la guerra. Para él, como en los tiempos del más viejo PRI, todo debe estar bajo control del presidente.
 
López Obrador, al aproximarse las elecciones del 6 de junio, ha radicalizado sus discursos en contra del INE, al que no controla, en lugar de defenderlo en su calidad de jefe del Estado mexicano. Y agrede y descalifica a todo el que no piensa como él.
 
¿Es posible que el presidente lleve a cabo su proyecto de restauración? En estos dos y medio años de gobierno ha dado pasos decisivos en esa dirección. ¿Es posible poner alto a esta pretensión? Es algo que está en manos de los electores y son ellos los que van a decidir si quieren que se restaure o no la presidencia autoritaria e imperial.

La solidaridad es conservadora

Rubén Aguilar Valenzuela
En todos los países del mundo los gobernantes ante las tragedias dan la cara y se presentan en el sitio donde éstas ocurren, para manifestar su dolor por la pérdida de vidas y su solidaridad con las familias de las víctimas.

Asumen los riesgos de las posibles protestas y reclamos, pero en su condición de jefes de gobierno o de Estado, acuden al sitio. Es parte de su responsabilidad política hacerse presentes. No se esconden. No hacerlo implica altos costos políticos.

Hay, con todo, una excepción y es la del presidente de México, López Obrador que para no hacerse presente en la tragedia de la línea 12 del metro, pero tampoco en la de Tlahuelilpan y en cualquier otra que pueda ocurrir en su mandato, afirma: "No es mi estilo".

En su particular visión se trata de un tema de "estilo" y no de empatía con los otros y del compromiso solidario como gobernante. Es, en todo caso, una visión que revela al hombre y al gobernante insensible, que evade el problema y no se compromete cuando más se le necesita. Su presencia es símbolo. Representa a la Nación.

En su estilo está, pues, el no solidarizarse con las víctimas y sus familias y verlo solo como algo de carácter burocrático, como lo dijo en la comparecencia mañanera del 7 de mayo: "Estoy al pendiente solidarizándome con las víctimas, me duele mucho, pero esto no es de ir a tomarse fotos". Es de no presentarse en el lugar.

Para él todo los gobernantes en el mundo y de México que acudan al sitio de la tragedia, no importa sus posiciones políticas, muestra "un estilo demagógico, hipócrita. Eso tiene que ver con el conservadurismo". Así, en su muy peculiar visión del mundo, que el gobernante se presente en el lugar de la tragedia es hipocresía y la solidaridad conservadora.

Si el presidente no quiere hacerse presente en el lugar de los hechos, porque en su concepción "eso tiene que ver con lo espectacular y lo que se hacía antes" bien podría acudir a los hospitales donde están las víctimas o ponerse de alguna manera, hay muchas, en contacto con sus familias. Eso tampoco lo hace.

Diversos analistas han escrito sobre la incapacidad que tiene el presidente de enfrenar en directo el dolor de las víctimas. Huye a su encuentro. No acepta reunirse, por ejemplo, con las madres de los desparecidos y con los colectivos feministas que representan a las víctimas del feminicidio. ¿Qué explica su actuación? ¿Es un problema de personalidad? ¿Es una particular valoración política? 

Un presidente de piel suavecita

Rubén Aguilar Valenzuela
El presidente López Obrador está muy lejos de ser el mandatario más criticado por los medios en la historia mexicana del siglo XX y XXI como le gusta decir. En la narrativa de construcción de su imagen como víctima y mártir vuelve una y otra vez a lo mismo.
 
En la mañanera del 4 de mayo de 2021 afirmó que, después del presidente Francisco I. Madero, nunca ningún otro mandatario había sido tan atacado por los medios como él. Y calificó a la prensa como tendenciosa, golpeadora, mentirosa y defensora de grupos corruptos.     
 
Y ya en un tono muy violento dijo: "Lamento que los medios de información en el país estén tan obcecados en atacar al gobierno que represento". Añadió: "Tenemos la prensa más injusta, la más distante, la más lejana al pueblo y la más cercana a los grupos de poder conservadores. Es un tiempo de oscuridad para los medios de información".  
 
Como candidato actuó muy bien el papel de víctima y mártir; en buena medida, construyó su carrera política a partir de esa imagen y, ya en la presidencia, continúa representándolo. Es de las cosas que mejor sabe hacer. Son ya muchos años de interpretar a ese personaje. 
 
Los datos duros muestran que el presidente no es el más criticado. Sólo un ejemplo: el 25 de septiembre de 2020, para probar cómo se le criticaba, el presidente presentó en la mañanera de ese día la cobertura, del día anterior, de cinco medios de la Ciudad de México.
 
El despacho Spin —que todos los días analiza las comparecencias del presidente— hizo un comparativo, de ese mismo día y en los mismos medios, con en el segundo año de gobierno del presidente Peña Nieto. Para éste la opinión negativa fue del 75 % contra el 66 % de López Obrador.


Ilustración: Patricio Betteo
 
Los datos duros en estos dos años y medio de gobierno muestran que López Obrador no es el presidente más atacado, pero sí, y con mucho, el más sensible, el de piel más suave ante la crítica de los periodistas y medios. En ninguna ocasión se muestra abierto a la crítica. No importa la contundencia de la evidencia.  
 
En su visión del mundo, en su radical narcisismo, él es perfecto y nadie tiene el derecho y la calidad moral para criticarlo; tampoco al gobierno que dirige, que es extensión de sí mismo. Ve toda crítica como un ataque a su persona y su proyecto. El buen periodismo —que lo entiende como propaganda— es el que lo alaba y reconoce lo que hace.
 
Un elemento central de los medios en la sociedades democráticas es analizar la gestión del gobernante y su gobierno, y criticar, con datos duros, su desempeño. Actúan como instancias independientes que develan las fallas y los errores del poder. Informan a la sociedad lo que realmente ocurre y no lo que de manera propagandística dice y quiere oír el poder.
 
Como candidato el ahora presidente fue muy crítico de los gobernantes en turno y también de su gestión. Los medios recogieron esa crítica porque consideraron que lo que denunciaba era relevante. Ya en el poder cambió su manera de pensar: ahora no acepta que la prensa cumple con su función y la descalifica todo el tiempo por no serle afín.
 
A ningún gobernante, en ningún lugar del mundo, le gusta la crítica de los medios. Entre otras cosas porque muestra lo que no quieren que se vea: sus fallas y errores. Y, de la misma manera, en todas las sociedades democráticas los gobernantes —que deben tener piel dura— aguantan la crítica y respetan la libertad de expresión.
 
El presidente, en cambio, se dedica todas las mañanas a violentar la libertad de expresión al atacar, sin razón, a periodistas y medios que se atreven a criticarlo. Los califica de oposición. El presidente miente. Lo que hacen los medios es cumplir con su misión social que, entre otras cosas, es criticar,  cuando hay elementos objetivos, al poder. 
 
En la medida que pasan los días, el presidente se vuelve más intolerante con los periodistas y con los medios. Reacciona siempre con violencia a las preguntas que en la mañanera lo cuestionan a él y a su gobierno, y aprovecha ese espacio para pasar a la guillotina a todo aquel periodista o medio que se atreve a decir la verdad. Él no la quiere oír: la verdad es un delito. Tiene la piel suavecita.
 

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