Back to Top

contacto@nuestrarevista.com.mx

headerfacebook headertwitter
 

Cállate, chachalaca

Rubén Aguilar Valenzuela 
En la campaña presidencial de 2006, el candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, pronunciaba, en sus mítines muy concurridos, incendiarios discursos donde se dirigía al presidente Vicente Fox (2000-2006) con el mensaje de "cállate chachalaca".

Lo hacía en reclamo de una frase que en la campaña electoral el presidente utilizaba en sus discursos: "No cambies de caballo a mitad del río". En clara alusión a que los electores votaran al candidato del PAN, Felipe Calderón. Fox había consultado con el jurídico de Presidencia si eso implicaba un delito electoral y le dijeron que no y, que en el peor de los casos, era un tema de interpretación. El entonces IFE hizo un reclamo al presidente.

Como portavoz de la Presidencia, en una de mis conferencias de todos los días hice una declaración que tuvo un gran impacto mediático: "En democracia nadie calla a nadie". Todos entendieron que me refería al candidato. De manera intencional no hice referencia al calificativo de chachalaca. Mi razonamiento era que el candidato estaba en libertad de insultar al presidente, era su decisión, pero no podía atentar contra la democracia pidiendo que éste se callara. Si sólo le hubiera dicho chachalaca o cualquier otro calificativo, nunca habría salido a hacer la declaración que hice en torno al callar. En la democracia todas las voces se deben escuchar. Es un espacio para la deliberación y la crítica.

En La diferencia. Radiografía de un sexenio (Grijalbo, 2007), Jorge G. Castañeda y yo concluimos, a partir del análisis de las encuestas, que el "cállate chachalaca" y el "en democracia nadie calla a nadie" le habían costado a López Obrador seis de los diez puntos que tenía de ventaja sobre su rival Felipe Calderón.

El candidato López Obrador, con su peculiar manera, reclamaba que el presidente, ya en el poder, había intervenido en el proceso electoral de manera consciente y sistemática. Lo hizo sabiendo que violaba la Constitución.
 

Ilustración: Kathia Recio
 
Algunos periodistas —Alejandro Aguirre, entre otros— dan cuenta de una reunión en Palacio Nacional donde, al ver el resultado adverso de las encuestas, el presidente López Obrador preguntó cuál era el costo de meterse a la contienda. El jurídico de Presidencia le contestó que ninguno, ya que el INE sólo se limitaría a reclamar su intervención en el proceso. Fue cuando en una de sus comparecencias mañaneras anunció de manera abierta que iba a participar en el proceso electoral. Así fue.
 
En los meses de la campaña, el INE, en más de 30 ocasiones, advirtió al presidente que no se metiera porque violentaba dos de los artículos de la Constitución, pero nunca hizo caso. Él asume, como todos los gobernantes autoritarios, que está por encima de ella. Entre el candidato López Obrador y el presidente López Obrador hay una diferencia sustantiva. El primero defendía a capa y espada la Constitución y el segundo hace todo para violarla. Esa ha sido la tónica de su mandato.

En términos del resultado electoral, la intromisión del presidente tiene dos lecturas. En diciembre de 2020 las encuestas decían que Morena ganaba la mayoría calificada en la Cámara de Diputados. No ha sido así.

Morena es el presidente. Sin él no significa nada. De cara a los pronósticos previos a la campaña, hay que ver la derrota de Morena, entonces, como una derrota del presidente. Él es quien perdió. La otra lectura es que la intervención del presidente en la contienda electoral impidió una derrota todavía mayor a su partido. Cuando el presidente vio lo que venía asumió que él era Morena y que como tal tenía que actuar. Así aminoró el impacto de la derrota.

La manera de ser y comunicarse del presidente provoca aceptación incondicional y también rechazo radical. No hay lugar al término medio. Él lo sabe y es parte de su estrategia. Lo único que realmente le importa es que como resultado de la misma mantenga la mayoría por mínima que sea.

En los próximos días habrá muchos análisis sobre los resultados electorales y la participación del presidente en la campaña. Su clara y consistente violación a la Constitución marca un antes y un después. ¿Le benefició o le perjudicó? ¿Él provocó la reacción en contra?

El gran derrotado

Rubén Aguilar Valenzuela
El gran derrotado en la pasada elección es el presidente López Obrador. En un solo día pierde sus dos más importantes bastiones.

La mayoría calificada en la Cámara de Diputados y la Ciudad de México, que es el centro político de la República y donde se construyó como personaje nacional.

El presidente hizo todo lo que pudo, para mantener la mayoría calificada en la Cámara Diputados, que ahora está en poder de Morena y sus aliados.

En estos tres años así ha podido hacer las modificaciones que ha querido a la Constitución, aunque después se atoren en el Senado, pero sobre todo en la SCJN.

Para el proyecto del presidente la mayoría calificada era fundamental en sí misma y también por el peso simbólico. Ahora pierde 51 escaños, que pasan a la oposición.

La Alianza va por México (PAN-PRI-PRD) se constituye como una real oposición. En estos tres años ha estado borrada solo observando lo que ocurre.
 
Ahora, el presidente no puede realizar ningún cambio en la Constitución, que tanto necesita como parte de su proyecto de regresión autoritaria.

La oposición puede impedir que se eliminen órganos autónomos del Estado, como el INE, que el presidente había ya anunciado desaparecería.

El control de la Ciudad de México es símbolo del poder y ahora de las 16 alcaldías el presidente pierde 10. Los habitantes de la capital del país rechazaron a los alcaldes de Morena.

La oposición ni en el mejor escenario pensó en ganar tantas alcaldías. Esto pone de manifiesto que en amplias zonas de la Ciudad de México, más de la mitad, hay un claro rechazo a Morena y el actual gobierno.

Esta derrota lo es también para la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, que hasta ahora es la candidata de Morena preferida del presidente, para la elección presidencial del 2024.

Lo es también para Marcelo Ebrard, canciller de la República, el otro candidato, que como jefe de Gobierno construyó la Línea-12 del metro que se derrumbó.

El presidente, con la incapacidad que tiene, para relacionares con las víctimas, no se hizo presente en el lugar, para solidarizarse con ellas y sus familias. Al día de hoy no hay responsables de este desastre.

La población de la capital cobró al presidente, a la jefa de Gobierno y a quien también lo fue su responsabilidad ante esta tragedia que nunca debió ocurrir.

A estas dos contundentes derrotas se debe añadir que los tres partidos nuevos, diseño del presidente en el marco de su estrategia política, no pudieron refrendar su registro y en su nacimiento dejan de existir.
 

¿Cuál es el proyecto que se votó el domingo?

Rubén Aguilar Valenzuela
El resultado electoral del día de ayer habla de una sociedad que se decidió a defender la democracia, la Constitución, las instituciones de la República y la vigencia del Estado de Derecho.

Se expresó en contra de la polarización y división social que impulsa el presidente López Obrador y también en contra de su proyecto de la restauración del presidencialismo autoritario de los años setenta.

No es un voto a favor de las deficiencias terribles del pasado como la corrupción y la frivolidad, y sí porque el sistema democrático amenazado por el presidente se mantenga.

Ha sido un voto a favor del respeto a la Constitución, que una y otra vez desprecia el presidente, por la real división de los poderes y por la existencia de los órganos autónomos.

Y también por la vigencia del federalismo y en contra de la República central que pretende instaurar el presidente donde todos los gobernadores se le sometan.

Es un voto a favor de la unidad y el fin de las campañas de odio organizadas desde Palacio Nacional. Es un voto a favor de la convivencia pacífica en la que todas las voces sean escuchadas.

El pueblo que ayer se expresó con su voto, para quitar poder al presidente y su partido, que es un apéndice de él, quiere un cambio real no de discurso.

Las y los electores fueron capaces de distinguir entre el proyecto de construcción de la democracia que debe seguir avanzando, por imperfecto que sea, y los vicios de los partidos de la oposición.

Estos deben tener muy claro que no se votó por ellos, pero sí por la democracia y el Estado de derecho permanentemente violentados por el presidente. Es un no a su autoritarismo.

La ciudadanía se sintió convocada a poner un alto al discurso y la manera de gobernar del presidente. Fue un voto que va más allá del castigo. Es por la República amenazada por un falso mesías.

De inmediato los partidos que se asumen como oposición deben iniciar su transformación, para convertirse en reales alternativas. Para ser elegidos por sus propuestas y no por un estado de excepción.

Esos partidos renovados, que no dan lugar a la corrupción y la frivolidad, deben ir unidos, ahora con más fuerza, a la elección de 2024.

Desde ya se debe de empezar a trabajar en la coalición, para en la próxima elección poner fin a la pesadilla del gobierno de López Obrador y los riesgos que implica, para la democracia mexicana.

Los resultados de las elecciones dan razones para la esperanza

Rubén Aguilar Valenzuela
En diciembre de 2020 Morena ganaba la mayoría calificada en la Cámara de Diputados y 14 de las 15 gubernaturas. Los resultados de ayer son otros.

El presidente se jugó todo en apoyo a Morena y sus candidatos. En más de 30 ocasiones en sus comparecencias mañaneras violó la Constitución y no hizo caso a los señalamientos del INE.

Los resultados pueden interpretarse como una derrota del presidente, pero también como una victoria. Si no se mete al proceso electoral su partido hubiera perdido más posiciones.

El resultado revela que un sector de la población que en 2018 votó por el presidente, porque lo consideraba una alternativa, o en castigo a los otros partidos ahora cambió su voto.

Muestra a una sociedad consciente que defiende la democracia y la vigencia del Estado de Derecho que en estos tres años el presidente ha violentado de manera sistemática.

A una sociedad que no quiere la polarización social que impulsa el presidente y tampoco su proyecto de la restauración del presidencialismo autoritario del pasado priísta.

Es un voto a favor de la unidad y el fin de las campañas de odio organizadas desde Palacio Nacional. Es un voto a favor de la convivencia pacífica donde todas las voces son escuchadas.

La oposición debe tener claro que la ciudadanía está harta de la corrupción y la frivolidad de algunos de los gobiernos anteriores.

Los votó no por lo que son sino como reacción ante el ataque que ahora vive la República y sus instituciones. Sigue esperando que cambien y se deslinden de un pasado que nunca más debe volver.

Ayer la ciudadanía se expresó con su voto, para restar poder al presidente en su proceso de centralización del mismo y también en contra de Morena, que es un apéndice de él.

Da esperanza que el electorado fuera capaz de distinguir entre el proyecto de construcción de la democracia que debe seguir avanzando y los límites de los partidos de la oposición.

Fue un voto consciente que va más allá del castigo. Es en defensa de la República amenazada, por la manera de actuar del presidente.

Llama también a la esperanza que la ciudadanía, a través de su voto consciente y razonado, muestra que es capaz de defenderse del impacto constante de la propaganda política.

Del intento de manipulación de cada mañana en su comparecencia diaria donde el presidente miente y altera, en su beneficio, la realidad.

El voto de ayer es expresión de la madurez democrática de amplios sectores de la sociedad que emitió un voto razonado que trasciende la propaganda y el intento de cooptación a través de las dádivas dadas a nombre del presidente.

Entre el hombre y el lobo

Rubén Aguilar Valenzuela

 En 1927 se publica la primera edición de El lobo estepario de Herman Hesse (Alemania, 1887 – Suiza, 1962). La novela se articula a partir de la tensión entre la personalidad humana y animal del personaje central, que es Harry Haller.

A lo largo de la obra se va a analizar la vida, pero sobre todo su mentalidad y forma de actuar de Haller. Se hace desde distintas perspectivas.

En el texto el límite entre la ficción y la realidad se vuelve borrosa. No hay una clara línea divisora. Se pasa de los sueños a la realidad.

El lobo estepario es la metáfora de alguien que vive entre dos naturalezas que son contradictorias: la del lobo y la del ser humano.

Al hombre le corresponden el mundo del pensamiento, de las actitudes nobles y la realización de las buenas obras. Al lobo el odio y la violencia. El hombre es lo divino y el lobo lo diabólico.

Haller vive en la periferia y no pertenecen al mundo en que habita. Es inteligente, culto y su mente se dedica solo a la reflexión. Ese es su verdadero mundo.

Sufre profundas depresiones la mayor parte del tiempo y ese estado es, de pronto, interrumpido por momentos de éxtasis en los que siente estar en contacto con la divinidad.

A la depresión sigue la culpa y el deseo de ser castigado. Surge el masoquista. La posibilidad de la muerte es la culminación del dolor. Es lo que merece y quiere.

La libertad y la independencia son los valores más preciados del lobo. No puede ser domado. Es una libertad que no tiene propósito y no aporta a la sociedad.

Haller mantiene una relación de amor y odio con la burguesía. Repudia su mediocridad y conformismo, pero se siente atraído por la seguridad y comodidad.

El burgués es por naturaleza débil y fácil de gobernar. Por eso ha sustituido el poder por el régimen de mayorías, la fuerza por la ley, la responsabilidad por el sistema de votación.

En la novela se plantea que la identidad de la persona como una unidad es una ilusión. Tiene muchas facetas y no solo la del hombre y animal. La divina y la diabólica.

La obra en 1974 fue llevada al cine por el director americano Fred Haines. El protagonista fue el extraordinario actor clásico suizo Max von Sydow.

El lobo estepario
Herman Hesse
Compañía General de Ediciones
México, 1970
pp. 266

 

Versión original: Der Steppenwolf, 1927. Traducción de alemán al español de Manuel Manzanares.  

Página 158 de 218