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CAPITALES: ¿Tu memoria te engaña? El inquietante misterio del efecto Mandela

Francisco Treviño Aguirre

​​El cerebro humano es una compleja máquina que no solo almacena información, sino que también, en ocasiones, la distorsiona. Entre estos fascinantes fenómenos se encuentra el llamado "efecto Mandela", una extraña distorsión colectiva de recuerdos que ha capturado la imaginación de millones alrededor del mundo. El término "efecto Mandela" fue acuñado por la investigadora paranormal Fiona Broome en 2010. Broome descubrió que ella y muchas otras personas compartían un falso recuerdo colectivo: creían firmemente que Nelson Mandela había fallecido en prisión durante la década de 1980. La sorpresa fue mayúscula al comprobar que Mandela, líder sudafricano, no solo había sobrevivido a su encarcelamiento, sino que se convirtió en presidente y murió en diciembre de 2013.

El fenómeno radica precisamente en esta peculiaridad: grandes grupos de personas recordando claramente eventos o detalles históricos que nunca sucedieron o que sucedieron de forma muy diferente a como se recuerdan. ¿Pero cómo ocurre algo así? ¿Cómo es posible que miles, o incluso millones, coincidan en recuerdos erróneos con tanta convicción? Una explicación reside en la naturaleza reconstructiva de nuestra memoria. Cada vez que recuperamos un recuerdo, no lo sacamos de un archivo intacto, sino que lo rearmamos, pieza por pieza, influenciado por emociones, experiencias posteriores y hasta información externa. La exposición repetida a datos incorrectos o malinterpretados puede reforzar estos recuerdos falsos, generando una certeza tan poderosa que es difícil de cuestionar.

Detectar el efecto Mandela es relativamente sencillo, aunque desconcertante. Normalmente emerge durante conversaciones casuales donde una discrepancia histórica o cultural provoca asombro generalizado. Luego, al verificar los hechos, la sorpresa es total al constatar que el recuerdo colectivo está equivocado. Entre los ejemplos más palpables está el famoso caso de la frase de la película "Star Wars". ¿Cuántos recuerdan claramente a Darth Vader diciendo "Luke, yo soy tu padre"? Pues bien, la línea correcta en realidad es "No, yo soy tu padre". La diferencia parece mínima, pero es profunda en el recuerdo colectivo.

Mencionemos otros ejemplos: Una gran cantidad de personas recuerda claramente que Pikachu, el famoso personaje de Pokémon, tiene la punta de la cola de color negro. En realidad, jamás tuvo esa característica, pues la cola es completamente amarilla. Un ejemplo más, muchos aseguran que la figura icónica del hombre de Monopoly, conocido como Rich Uncle Pennybags, utiliza un monóculo. Sin embargo, este personaje nunca ha llevado este accesorio. Este último ejemplo es el más sorprendente: la popular canción de la banda de rock Queen, "We Are The Champions", se recuerda frecuentemente finalizando con la frase épica "...of the world". Pero, ¡oh sorpresa!, la grabación original termina simplemente en "We are the champions", sin agregar el "of the world" final.

La explicación más polémica del fenómeno, y que genera debates encendidos, está relacionada con teorías cuánticas y universos paralelos. Algunos entusiastas del efecto Mandela argumentan que estos recuerdos incorrectos son vestigios de realidades alternativas o dimensiones paralelas que se entrecruzan ocasionalmente con la nuestra. Si bien es científicamente improbable, esta teoría ofrece un terreno fértil para la imaginación y la especulación. A nivel psicológico, el efecto Mandela también podría reflejar el poder de la sugestión social. La influencia de los medios masivos, la repetición incorrecta en películas, comerciales y otras formas de cultura popular podría crear o reforzar estos recuerdos compartidos erróneos.

Pero más allá de la explicación que se prefiera, el efecto Mandela nos revela una verdad inquietante sobre la fragilidad de nuestra memoria y la facilidad con la que nuestra mente acepta como verdadero algo que puede no serlo. En una era digital saturada de información, donde la verdad se desdibuja entre fake news y realidades manipuladas, el efecto Mandela es más que una curiosidad; es un llamado de atención sobre nuestra propia vulnerabilidad cognitiva.

Hoy por hoy, quizás la verdadera paradoja del efecto Mandela es que revela lo fácil que somos manipulados, lo poco fiables que son nuestros recuerdos y, en última instancia, lo dispuestos que estamos a aceptar realidades falsas mientras estas nos parezcan cómodas o familiares. La pregunta incómoda que deberíamos plantearnos es si realmente deseamos saber la verdad o si preferimos vivir en nuestras reconfortantes mentiras colectivas.

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CAPITALES: Cuando el progreso energético choca con la riqueza natural de México

Francisco Treviño Aguirre

El Proyecto Saguaro, también conocido como Saguaro Energía, encarna la tensión latente entre la promesa de desarrollo económico y la preservación ambiental de uno de los ecosistemas marinos más ricos del planeta. Propuesto por la empresa Mexico Pacific Limited, con sede en Texas, el proyecto busca construir una terminal de licuefacción de gas natural en Puerto Libertad, Sonora, con capacidad inicial para exportar 15 millones de toneladas anuales de gas natural licuado (GNL). el proyecto contempla la construcción de un gasoducto de 800 kilómetros y una terminal de gas natural licuado de dimensiones equivalentes a 70 veces el Estadio Azteca.

Los promotores del proyecto argumentan que Saguaro posicionará a México como el cuarto mayor exportador de gas natural licuado del mundo, gracias a su estratégica ubicación en la costa del Pacífico, que permitiría reducir los tiempos y costos de transporte hacia Asia, evitando el Canal de Panamá. También se presume que generará miles de empleos y una inversión extranjera directa estimada en más de 15 mil millones de dólares, apoyada por contratos con gigantes como Shell y ExxonMobil

Pero, como todo megaproyecto de esta escala, la pregunta fundamental no es cuánto promete en números, sino qué exige en sacrificios. Y aquí empiezan las grietas. El primer gran foco rojo es ambiental: el Golfo de California, considerado “el Acuario del Mundo”, alberga más de 12,000 especies, incluyendo 43 especies de cetáceos. El tráfico constante de buques de 300 metros, sumado a la contaminación acústica y el riesgo de colisiones, pone en jaque la integridad de uno de los ecosistemas marinos más importantes del planeta. Para los especialistas, permitir un complejo industrial de esta magnitud en una zona tan sensible es, simplemente, una irresponsabilidad ecológica.

Además, los efectos climáticos no son menores. El proyecto generaría aproximadamente 73 millones de toneladas de dióxido de carbono al año, lo que equivale a las emisiones conjuntas de países como Suecia y Portugal. A esto se suma el metano, gas con un potencial de calentamiento 80 veces superior al CO₂ en un periodo de 20 años, que se filtraría inevitablemente durante el proceso de extracción, transporte y licuefacción. No se trata solo de una contradicción frente a los compromisos asumidos por México en el Acuerdo de París, sino de una verdadera amenaza para los esfuerzos globales contra el cambio climático. Y justo ahí nace la polémica. Porque el trazo del gasoducto toca zonas protegidas, áreas con alto valor ecológico y regiones habitadas por pueblos originarios. La empresa ha dicho que cuenta con estudios de impacto ambiental y asegura que el proyecto será “sustentable,” pero especialistas en conservación marina cuestionan la profundidad y alcance de esas evaluaciones.

A nivel político, la controversia ha escalado. Legisladores del Partido Verde, del PRI y de Movimiento Ciudadano han exigido la suspensión del proyecto, señalando su incompatibilidad con los compromisos ecológicos del país. La campaña ciudadana “Ballenas o Gas”, que ya ha reunido más de 200,000 firmas, ha tomado fuerza en redes sociales y espacios públicos. Greenpeace, el NRDC y otras organizaciones han solicitado la intervención de organismos internacionales como la UNESCO, advirtiendo que el Golfo de California podría perder su estatus de Patrimonio Natural de la Humanidad si se aprueba el proyecto.

Desde una óptica económica, es cierto que México necesita fortalecer su infraestructura energética y diversificar sus exportaciones. Sin embargo, el dilema radica en el tipo de desarrollo que se busca. Apostar por combustibles fósiles en plena crisis climática internacional, cuando el mundo camina, aunque lentamente, hacia energías limpias, resulta contradictorio. Más aún cuando los beneficios son difusos y los costos ambientales son irreversibles. Lo más delicado, sin embargo, es el mensaje que se transmite. México tiene ante sí la posibilidad de demostrar que el desarrollo económico no tiene por qué ir reñido con la conservación ambiental. Pero si sigue adelante con un proyecto que pone en riesgo un ecosistema único en el planeta, lo que estará diciendo, con todas sus letras, es que, en su modelo de progreso, el medio ambiente sigue siendo un obstáculo, no un activo.

Hoy por hoy, si México avanza con este proyecto, lo hará con plena conciencia de que está sacrificando un tesoro natural por rentabilidad de corto plazo. Pero si lo detiene, podría sentar un precedente ejemplar en favor de un desarrollo congruente, justo y responsable. Y ese es el verdadero dilema. No se trata de estar a favor o en contra de la inversión, sino de exigir que cada proyecto, por ambicioso que sea, cumpla con los más altos estándares ambientales, sociales y éticos. Porque no hay cifra en dólares que justifique la pérdida de un patrimonio natural como el Golfo de California. Y porque, al final, ningún desarrollo que destruye lo que pretende proteger puede llamarse verdaderamente progreso.

X: @pacotrevinoa

CAPITALES: La nueva guerra comercial: implicaciones para México en el escenario global

Francisco Treviño Aguirre

​​En el transcurso de este año 2025, la dinámica comercial entre Estados Unidos, México y Canadá ha entrado en una etapa crítica marcada por fricciones sin precedentes. La administración encabezada por Donald Trump, optó por imponer aranceles del 25% sobre todas las importaciones provenientes de sus dos principales socios regionales, reservando una tasa menor del 10% únicamente para productos energéticos canadienses. Esta decisión, sustentada en preocupaciones relacionadas con la inmigración ilegal y el combate al tráfico de fentanilo, generó una reacción inmediata y contundente.

Canadá respondió implementando tarifas equivalentes sobre bienes estadounidenses por un valor aproximado de 155 mil millones de dólares, mientras que México eligió un camino más moderado, buscando negociar prórrogas en la aplicación de los nuevos gravámenes y desplegando tropas en la frontera norte como gesto de cooperación en materia de seguridad. Esta nueva configuración de tensiones no tardó en impactar el intercambio comercial: en los primeros tres meses del año, las exportaciones estadounidenses hacia México sumaron poco más de 84 mil millones de dólares, frente a importaciones superiores a 131 mil millones, lo que generó un déficit de más de 47 mil millones para Estados Unidos. De manera similar, Canadá reportó una contracción del 6.6% en sus exportaciones y una caída del 2.9% en sus compras desde el vecino del sur.

La vulnerabilidad de la economía mexicana ante este escenario es evidente. Con el 75% de sus exportaciones dirigidas al mercado estadounidense, sectores estratégicos como el automotriz y el agroindustrial se ven particularmente expuestos. Las nuevas medidas podrían reducir las ventas al exterior en un 12% y empujar al país hacia una contracción del PIB de hasta el 4%. En paralelo, Canadá, cuya economía depende en gran medida del comercio con su vecino del sur, ha registrado una caída en la inversión y un repunte inflacionario, con cifras que superan el 3% anual.

El impacto no se limita a los gobiernos ni a los sectores productivos: el consumidor estadounidense también está enfrentando las consecuencias. El encarecimiento de productos básicos y manufacturados como alimentos frescos, automóviles y dispositivos electrónicos está alterando el comportamiento de consumo. La incertidumbre general ha erosionado la confianza del mercado, alimentando la volatilidad financiera y sembrando dudas sobre la viabilidad del TMEC. Con su revisión prevista para 2026, las tensiones actuales podrían complicar las negociaciones y poner en entredicho el proyecto de integración económica regional.

Frente a este panorama, México se enfrenta al desafío de replantear su estrategia económica. Diversificar sus destinos de exportación y fortalecer el mercado interno se vuelve no solo deseable, sino urgente. Apostar por la infraestructura, la educación y la innovación tecnológica puede brindar al país una base más sólida y autónoma, menos expuesta a los vaivenes políticos y comerciales del exterior. Esta coyuntura crítica, más allá de los riesgos evidentes, también representa una oportunidad histórica para redefinir el rol de México en la economía globa.

Hoy por hoy, La actual guerra comercial entre México, Estados Unidos y Canadá ha puesto en evidencia la fragilidad de la integración económica regional y la falta de una estrategia firme por parte de México. Mientras Washington endurece su postura bajo argumentos electorales y Ottawa responde con represalias calculadas, México parece atrapado entre la cautela y la improvisación, sin un plan claro más allá de la contención diplomática. El país enfrenta un dilema: reaccionar pasivamente o asumir un rol más proactivo que defienda sus intereses sin sacrificar su estabilidad.

Lo preocupante es que este conflicto llega justo cuando el nearshoring ofrecía a México una ventana de oportunidad única para fortalecer su posición en la economía global. En lugar de capitalizar ese momento, nos hemos visto arrastrados a una disputa que encarece productos, golpea exportaciones y disuade inversiones. La pregunta no es si esta guerra es pasajera, sino si México aprenderá a anticipar los cambios del entorno global o seguirá siendo el actor secundario de una obra que otros escriben.

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CAPITALES: De mi biblioteca: “Todo mundo miente” de Seth

Francisco Treviño Aguirre

Esta obra plantea una tesis contundente y profundamente reveladora: las personas mienten constantemente, excepto cuando se expresan en la intimidad del motor de búsqueda de Google. Esta premisa, respaldada por el análisis masivo de datos anónimos, cuestiona la validez de los métodos tradicionales de recolección de información y propone una forma alternativa de entender el comportamiento humano basada en lo que la gente busca, no en lo que declara. A través de un enfoque empírico y multidisciplinario, el autor demuestra que nuestras búsquedas en internet ofrecen una visión más auténtica, cruda y precisa de nuestras emociones, prejuicios, deseos y temores. Google, convertido en confidente silencioso, se ha transformado en una herramienta más poderosa que cualquier encuesta para develar la psique colectiva.

Stephens-Davidowitz argumenta que el verdadero rostro del ser humano se revela en el anonimato del buscador. A diferencia de las encuestas, donde las respuestas están condicionadas por la deseabilidad social, los patrones de búsqueda reflejan pensamientos íntimos que rara vez se expresan públicamente. Esta revelación se traduce en un cambio metodológico de gran calado: el abandono parcial de técnicas tradicionales (entrevistas, focus groups) y la incorporación del análisis de big data como herramienta para comprender comportamientos sociales reales. Los motores de búsqueda recopilan información que no está filtrada por el juicio externo, lo que los convierte en una fuente única y reveladora.

Uno de los ejemplos más contundentes que expone el autor es el caso de la campaña de Barack Obama en 2008. Mientras las encuestas tradicionales auguraban una sociedad estadounidense dispuesta a superar el racismo, los datos de Google revelaron lo contrario: aumentaron significativamente las búsquedas de contenido racista en estados clave. Este fenómeno permitió anticipar con mayor precisión los resultados electorales desfavorables en ciertos territorios, poniendo en evidencia el contraste entre la narrativa pública y los sentimientos reales de la ciudadanía. El análisis de datos anónimos expuso una hipocresía social que las encuestas no detectaron.

El autor introduce el concepto de una “sociedad paralela” que se expresa en Google, donde ideologías extremistas, discursos de odio y teorías conspirativas encuentran eco. Este universo oculto ayuda a comprender fenómenos políticos como el ascenso de Donald Trump en 2016, cuando, a pesar del rechazo mediático, sus menciones en búsquedas digitales revelaban una popularidad silenciosa pero efectiva. Estas conductas no necesariamente se traducían en apoyo explícito, pero sí en un interés activo que, finalmente, se materializó en votos. El caso ilustra cómo el análisis de datos puede superar a los métodos tradicionales en la predicción de comportamientos electorales.

Un aporte fundamental del libro es su aproximación a la salud mental a través de las búsquedas. Temas como depresión, ansiedad, suicidio o soledad aparecen con frecuencia creciente, especialmente en ciertos momentos de la semana como los domingos por la noche. Estos picos reflejan emociones reprimidas que las estadísticas oficiales muchas veces omiten o subestiman. Según el autor, los motores de búsqueda actúan como una especie de terapeuta digital que recibe confesiones que no llegan a los consultorios. A pesar de ello, los sistemas de salud pública no han incorporado esta fuente de datos en sus estrategias diagnósticas y preventivas.

El autor también aborda el delicado tema de la ética en el uso de macrodatos. Aunque la mayoría de los estudios son anónimos y científicos, el riesgo de que las grandes corporaciones tecnológicas utilicen esta información para manipular decisiones comerciales o políticas es muy real. Advierte sobre una línea borrosa entre el análisis legítimo de datos y la vigilancia encubierta. El conocimiento profundo de las debilidades humanas puede ser utilizado con fines cuestionables si no existe regulación y transparencia. La solución, según el autor, no es renunciar a los datos, sino utilizarlos con responsabilidad para mejorar el diseño de políticas públicas y diagnósticos sociales.

El mensaje final del libro es claro: ya no basta con preguntar lo que las personas piensan; hay que observar lo que realmente hacen. Los datos masivos, bien gestionados, permiten superar sesgos como el deseo de agradar o el temor al juicio, y constituyen una radiografía honesta de la mente colectiva. Este enfoque no busca sustituir a las ciencias sociales, sino complementarlas. El big data puede y debe integrarse a la sociología, la psicología y la economía para construir una comprensión más profunda, honesta y útil del ser humano.

En resumen, Todo mundo miente es una obra provocadora que sacude las certezas de la investigación social tradicional. Con base en evidencia empírica obtenida del comportamiento digital, Seth Stephens-Davidowitz propone una nueva manera de interpretar la verdad humana: aquella que se manifiesta no en lo que decimos, sino en lo que buscamos en privado. La lectura de este libro no solo representa una invitación a revisar nuestros métodos de análisis, sino también un llamado a la honestidad colectiva. Si entendemos cómo realmente nos comportamos cuando nadie nos observa, estaremos en mejores condiciones de diseñar políticas, productos y entornos sociales que respondan a nuestras verdaderas necesidades.

Este enfoque puede ser incómodo, pero también representa una de las herramientas más potentes para construir sociedades más empáticas, inteligentes y congruentes con la propia humanidad.

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CAPITALES: Los nuevos imperios del poder económico global

Francisco Treviño Aguirre

​​ En el año 2025, el poder económico no reside en los gobiernos ni en los organismos multilaterales, sino en un grupo selecto de corporaciones tecnológicas y energéticas cuya influencia trasciende sectores, geografías y regulaciones. Apple, Microsoft, Nvidia, Amazon, Alphabet, Saudi Aramco y TSMC concentran una porción significativa de la riqueza global, modelan el desarrollo tecnológico y definen, en gran medida, la estructura del mercado y la vida digital de miles de millones de personas.

Apple, con una capitalización de mercado cercana a los 3.4 billones de dólares, ha construido un ecosistema cerrado basado en la integración vertical y una fidelidad de marca casi religiosa. Su enfoque premium y su control sobre hardware, software y servicios le permiten sostener márgenes extraordinarios y dictar tendencias a escala global. Pero este mismo control ha generado críticas sobre sus prácticas de exclusión de terceros y la falta de interoperabilidad.

Microsoft, con un valor bursátil superior a los 3 billones, ha consolidado su liderazgo gracias a su plataforma en la nube Azure, sus herramientas empresariales y su apuesta estratégica por la inteligencia artificial. Su integración de inteligencia artificial en Office, su alianza con OpenAI y su presencia transversal en sectores clave han reforzado su posición dominante. No obstante, enfrenta cuestionamientos por su rol en la concentración del poder digital y la estandarización forzada de sus plataformas.

Nvidia, cuya capitalización ya supera los 3.2 billones, ha dejado de ser una compañía de tarjetas gráficas para convertirse en el pilar de la infraestructura computacional de la inteligencia artificial. Sus chips son esenciales para centros de datos, vehículos autónomos y redes neuronales. Su crecimiento meteórico la ha colocado en el centro de una industria crítica, con el riesgo implícito de convertirse en un proveedor insustituible.

Amazon, valorada en 2.4 billones, no solo domina el comercio electrónico, sino que sostiene gran parte de la infraestructura digital a través de Amazon Web Services (AWS). Su modelo de negocio, basado en la eficiencia operativa y la experiencia del cliente, ha transformado industrias enteras. Sin embargo, las denuncias por prácticas laborales cuestionables y estrategias contra competidores menores persisten como sombras sobre su éxito.

Alphabet, matriz de Google, con un valor de 2.3 billones, controla el acceso a la información a través de sus motores de búsqueda, domina la publicidad digital y expande su influencia en campos como vehículos autónomos, biotecnología e inteligencia artificial. Su poder algorítmico levanta serias preocupaciones sobre censura, manipulación de contenidos y la fragilidad del pluralismo informativo.

En paralelo, Saudi Aramco, con una valoración cercana a 1.7 billones, continúa siendo un actor geopolítico de primer orden gracias a su capacidad de producción energética. Pese al auge de las energías limpias, el petróleo sigue siendo un recurso estratégico, y Aramco, su mayor productor, conserva una influencia global directa en los precios y las dinámicas de suministro.

Finalmente, TSMC, el mayor fabricante de semiconductores del mundo, con una capitalización que supera el billón de dólares, se ha vuelto una pieza crítica de la cadena de valor tecnológica. Produce los chips más avanzados para Apple, Nvidia y otros líderes de la industria, concentrando una capacidad productiva que, de interrumpirse, podría paralizar sectores enteros de la economía global.

Los marcos regulatorios existentes, diseñados para un capitalismo industrial del siglo XX, son ineficaces ante la escala y velocidad de la economía digital. Las multas, investigaciones y órdenes judiciales que enfrentan, tanto en Estados Unidos como en Europa y Asia suelen llegar tarde y tener poco impacto real en su modelo de negocio. Además, el riesgo ya no es solo económico, sino también social y político. Empresas como Google y Meta no solo distribuyen contenido: lo jerarquizan. Amazon no solo vende productos: decide qué marcas serán visibles. Apple no solo fabrica teléfonos: define los límites del software que los usuarios pueden instalar. Esta privatización del espacio público digital plantea una seria disyuntiva entre libertad de mercado y control corporativo.

Hoy por hoy, celebrar la innovación y la riqueza generada por estas empresas no debe cegarnos ante los riesgos que conlleva su dominio. El nuevo orden económico global se construye en torno a plataformas que operan como cuasi monopolios, cuyas decisiones privadas tienen consecuencias sociales. En la práctica, estamos presenciando una transición hacia un modelo donde las reglas del juego ya no las define el mercado, sino las condiciones impuestas por un grupo de corporaciones.

El verdadero desafío no es solo quién lidera la economía, sino cómo asegurar que ese liderazgo no socave la competencia, la diversidad y la soberanía tecnológica. Porque si bien la innovación ha sido el motor de estas empresas, su permanencia podría depender más del poder de exclusión que de la disrupción. Y en ese escenario, el capitalismo deja de ser libre para ser administrado por algoritmos.

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