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CAPITALES: Almacenamiento energético: ¿solución estructural o nueva dependencia verde?

Francisco Treviño Aguirre

En el tablero global de la transición energética, pocas tecnologías han escalado con la velocidad, relevancia y expectativa de los sistemas de almacenamiento de energía en baterías, conocidos como BESS (por sus siglas en ingles). A primera instancia, su función parece casi intuitiva: almacenar energía cuando existe un excedente y liberarla cuando la demanda lo exige. Sin embargo, esta aparente simplicidad esconde una transformación estructural del sistema eléctrico, una redefinición del equilibrio energético que durante décadas operó bajo reglas completamente distintas.

El crecimiento acelerado de las energías renovables —principalmente solar y eólica— ha puesto en evidencia una contradicción técnica fundamental: la generación ya no coincide necesariamente con los patrones de consumo. El sol no brilla cuando más se necesita la electricidad, ni el viento sopla conforme al ritmo de la demanda industrial o urbana. Este desfase ha convertido al almacenamiento en un elemento no opcional, sino estratégico. En este nuevo paradigma, los BESS dejan de ser un complemento tecnológico para posicionarse como infraestructura crítica.

Desde el punto de vista técnico, el valor de los BESS radica en su capacidad para aportar flexibilidad a sistemas que históricamente fueron diseñados para operar bajo condiciones de equilibrio inmediato. Su velocidad de respuesta —capaz de pasar de estado de reposo a plena potencia en fracciones de segundo— los convierte en herramientas indispensables para servicios como regulación de frecuencia, soporte de voltaje, reservas operativas e incluso arranque en negro (black start). En otras palabras, no solo almacenan energía: estabilizan el sistema eléctrico en tiempo real.

A nivel global, el despliegue de estos sistemas confirma que no se trata de una tendencia pasajera. La reducción de costos, los avances en electrónica de potencia y la necesidad de integrar mayores porcentajes de energías limpias han detonado una expansión sostenida del mercado. Lo más relevante es que esta adopción ya no se limita a economías desarrolladas. Países emergentes están incorporando BESS para fortalecer redes débiles, habilitar microredes y reducir la dependencia de generación fósil, muchas veces costosa e ineficiente.

En el plano tecnológico, si bien existen múltiples alternativas, las baterías de ion-litio dominan claramente el mercado actual. Dentro de ellas, la química de litio-ferrofosfato (LFP) ha ganado terreno debido a su estabilidad térmica, mayor vida útil y menor dependencia de materiales críticos como el cobalto. No obstante, sería un error asumir que el futuro del almacenamiento está resuelto. Tecnologías como las baterías de sodio, de flujo o incluso soluciones híbridas están avanzando con rapidez, especialmente en aplicaciones de larga duración y reducción de costos por ciclo.

Conviene subrayar que un BESS no es simplemente una “batería de gran escala”. Es un sistema complejo que integra múltiples componentes: celdas electroquímicas, sistemas de gestión de baterías (BMS), convertidores de potencia, plataformas de gestión energética (EMS), sistemas térmicos y capas avanzadas de seguridad. Su verdadero valor no reside únicamente en la química, sino en la inteligencia electrónica y digital que coordina su operación.

Los beneficios son evidentes y cuantificables. Los BESS permiten realizar arbitraje energético, reducir congestión en redes de transmisión, diferir inversiones en infraestructura, disminuir la necesidad de centrales de respaldo a base de gas y mejorar la confiabilidad del suministro. En el ámbito industrial y comercial, representan además una herramienta para optimizar costos eléctricos, reducir cargos por demanda y garantizar calidad energética. En sistemas aislados, su impacto es aún más profundo: pueden redefinir completamente la viabilidad energética de comunidades enteras.

Sin embargo, el entusiasmo tecnológico no debe eclipsar los desafíos estructurales. El primero es la seguridad. A pesar de los avances en diseño, monitoreo y estándares, los incidentes asociados a incendios en sistemas de baterías han dejado una huella relevante en la percepción pública y regulatoria. El segundo desafío es el ciclo de vida: la minería de materiales, la trazabilidad de insumos, el reciclaje y la disposición final continúan siendo áreas en evolución, con implicaciones ambientales y sociales aún no plenamente resueltas.

El tercer punto —y quizás el más crítico— es el económico-regulatorio. En muchos mercados, la viabilidad financiera de los BESS depende más de los marcos regulatorios que de la tecnología en sí. Sin señales de precio claras, esquemas de remuneración adecuados y mercados de servicios auxiliares bien diseñados, el almacenamiento puede ser técnicamente indispensable pero financieramente inviable. En este contexto, la política energética se convierte en un factor determinante.

Hoy por hoy, Los sistemas de almacenamiento en baterías representan, sin duda, una de las piezas más determinantes del nuevo orden energético. Sin ellos, la expansión masiva de energías renovables sería más costosa, más inestable y, en muchos casos, técnicamente inviable. Pero conviene decirlo con claridad: el BESS no es la solución, es el síntoma de un sistema que aún no logra resolver sus contradicciones de fondo. La verdadera discusión no debería centrarse en si necesitamos almacenamiento —eso ya está resuelto—, sino en qué tipo de sistema energético estamos construyendo alrededor de él. Porque existe un riesgo latente: que, en nombre de la transición energética, estemos sustituyendo una dependencia —los combustibles fósiles— por otra igualmente compleja —los minerales críticos, las cadenas de suministro concentradas y los mercados imperfectos.

Capitales: Industria 4.0 vs Industria 5.0: la nueva revolución industrial que definirá el futuro de la manufactura

Francisco Treviño Aguirre

Durante las últimas décadas, el mundo ha experimentado una transformación tecnológica que ha redefinido la forma en que las economías producen bienes y servicios. La denominada Industria 4.0, concepto impulsado inicialmente por Alemania en 2011 como parte de su estrategia industrial nacional, representa la digitalización masiva de la manufactura mediante el uso de tecnologías como el internet de las cosas, inteligencia artificial, robótica avanzada, análisis de datos y sistemas ciberfísicos. Su objetivo central fue construir fábricas inteligentes capaces de operar con altos niveles de automatización y eficiencia, donde máquinas, sensores y plataformas digitales se comunican en tiempo real para optimizar los procesos productivos.

La Industria 4.0 surgió en un contexto de creciente competencia global y presión por reducir costos. Las empresas industriales comenzaron a integrar sensores en maquinaria, analizar grandes volúmenes de datos y utilizar algoritmos predictivos para anticipar fallas, mejorar la logística y optimizar la producción. Esta transformación permitió avances significativos en productividad, calidad y flexibilidad manufacturera. Sectores como el automotriz, el electrónico y el aeroespacial han sido algunos de los principales beneficiarios de esta revolución digital, que ha permitido fabricar productos más complejos con mayor rapidez y menor desperdicio.

Sin embargo, a medida que la automatización avanzó, comenzaron a surgir nuevas preocupaciones. Diversos estudios internacionales señalaron que la automatización masiva podría desplazar empleos en sectores industriales y generar desequilibrios sociales si no se acompaña de políticas adecuadas de capacitación y adaptación laboral. Al mismo tiempo, la creciente digitalización también planteó preguntas sobre el uso ético de los datos, la dependencia tecnológica y la sostenibilidad ambiental de los modelos industriales.

En este contexto emerge el concepto de Industria 5.0, promovido por la Comisión Europea a partir de 2020 como una evolución del paradigma anterior. A diferencia de la Industria 4.0, que prioriza la eficiencia tecnológica, la Industria 5.0 propone un enfoque más amplio que incorpora tres principios fundamentales: centrarse en el ser humano, promover la sostenibilidad y fortalecer la resiliencia industrial.

La idea central de la Industria 5.0 es que la tecnología no debe sustituir al trabajador humano, sino colaborar con él para potenciar sus capacidades. En lugar de fábricas totalmente automatizadas, se promueve la interacción entre humanos y máquinas mediante tecnologías como los robots colaborativos o cobots, diseñados para trabajar junto a los trabajadores en tareas que combinan precisión mecánica con creatividad y juicio humano. Este modelo reconoce que ciertas habilidades humanas —como la innovación, la intuición y la resolución de problemas complejos— siguen siendo insustituibles incluso en la era de la inteligencia artificial.

Otro pilar fundamental de la Industria 5.0 es la sostenibilidad ambiental. Frente a los desafíos del cambio climático y la escasez de recursos naturales, el nuevo paradigma industrial busca integrar principios de economía circular, eficiencia energética y reducción de emisiones en los procesos productivos. Esto implica rediseñar productos para facilitar su reciclaje, utilizar energías renovables en las fábricas y optimizar el uso de materiales a lo largo de toda la cadena de valor.

En términos económicos, la transición hacia la Industria 5.0 también abre la puerta a nuevos modelos de negocio basados en la personalización masiva. Gracias a tecnologías como la impresión 3D, la inteligencia artificial y el análisis de datos, las empresas pueden producir bienes adaptados a las necesidades específicas de cada cliente sin sacrificar eficiencia. Esto representa un cambio importante frente a la lógica tradicional de producción masiva que dominó la industria durante gran parte del siglo XX.

Para países emergentes con una fuerte base manufacturera, como México, la discusión sobre la Industria 4.0 y la Industria 5.0 adquiere una relevancia particular. El país se ha convertido en uno de los principales centros de manufactura industrial en América del Norte gracias a su integración con la economía estadounidense, especialmente en sectores como el automotriz, el electrónico y el aeroespacial. Sin embargo, gran parte de esta producción sigue basándose en modelos industriales tradicionales que dependen principalmente de mano de obra competitiva y no necesariamente de innovación tecnológica.

Hoy por hoy, La transición hacia la Industria 5.0 plantea una pregunta para México: ¿estamos preparados para la próxima revolución industrial o seguimos atrapados en la anterior? Mientras países europeos y asiáticos discuten cómo integrar inteligencia artificial, robótica colaborativa y sostenibilidad en sus modelos productivos, gran parte de la estrategia industrial mexicana continúa basándose en un viejo argumento: ser un país de manufactura barata. El riesgo es evidente. Si México no invierte de manera decidida en innovación, formación tecnológica y desarrollo industrial propio, podría quedarse atrapado en una paradoja peligrosa: ser una potencia manufacturera que produce para el mundo, pero que no controla la tecnología que define el futuro de esa producción.

CAPITALES: De mi biblioteca: “La ola que viene” de Mustafa Suleyman

Francisco Treviño Aguirre

Mustafa Suleyman no es un teórico ni un futurista de gabinete; es un hombre que ha estado en la cocina donde se preparan los algoritmos que hoy dominan la conversación global. En su libro La Ola que viene, el cofundador de DeepMind nos lanza una advertencia que debería estar en la agenda de cualquier consejo de administración: estamos frente a una "ola" tecnológica —impulsada por la Inteligencia Artificial y la biología sintética— que, a diferencia de las anteriores, posee una capacidad de difusión y una escala de impacto que desafían nuestra capacidad de control. No estamos ante una simple herramienta de eficiencia, sino ante un cambio en la arquitectura misma del poder y la producción.

El argumento central del autor es que estas tecnologías son de "propósito general", lo que significa que se filtrarán en cada poro de la economía y la sociedad. Sin embargo, el riesgo no reside solo en la potencia del código, sino en su democratización. Lo que hoy es una ventaja competitiva de las grandes empresas tecnológicas, mañana será un servicio de bajo costo accesible para cualquiera. Esta erosión de las barreras de entrada crea un dilema de seguridad sin precedentes: la misma tecnología que puede diseñar una cura para el cáncer puede, en manos equivocadas o por un error de cálculo, diseñar un patógeno letal o colapsar sistemas financieros mediante ataques automatizados.

Para el líder de negocios actual, este libro obliga a replantear el concepto de responsabilidad corporativa. Ya no basta con preguntar "¿qué podemos hacer con la IA?", sino "¿qué riesgos estamos inyectando en el ecosistema al desplegarla?". El autor introduce el concepto de "CONTENCIÓN" como la única vía de supervivencia. Contener no significa prohibir —lo cual sería ingenuo e imposible en un entorno de competencia geopolítica—, sino construir un marco de gobernanza, auditoría y frenos técnicos que permitan el progreso sin sacrificar la estabilidad. Es, en términos coloquiales, ponerle frenos de potencia a un vehículo que ya corre a 300 kilómetros por hora.

Uno de los puntos que más llama la atención del análisis es la tensión entre la apertura y el control. Suleyman reconoce que la transparencia es un valor democrático, pero advierte que la apertura total en modelos de IA potentes es una receta para el desastre. En este sentido: ¿cómo equilibramos la innovación abierta con la necesidad de vigilancia? El libro sugiere que necesitaremos instituciones nuevas, ágiles y con argumentos legales, capaces de auditar algoritmos con la misma rigurosidad con la que se inspecciona una planta nuclear. Para la empresa privada, esto significa que la "ética de la IA" dejará de ser un ejercicio de relaciones públicas para convertirse en un requisito de cumplimiento legal y operativo.

En el ámbito laboral y económico, el texto elude la catástrofe simplista. No predice el fin del trabajo, pero sí una reconfiguración violenta del valor. La productividad "cognitiva" se convertirá en un “artículo”, y la ventaja competitiva se desplazará hacia la capacidad de orquestar estas herramientas con criterio humano y visión estratégica. El peligro real es la desigualdad: si la captura del valor se queda solo en quienes poseen la infraestructura de los grandes modelos, el contrato social podría fracturarse, alimentando populismos y desestabilización política que, a la larga, son veneno para cualquier mercado sano.

Por último, “La Ola que viene”, es un llamado al realismo pragmático. Suleyman nos dice que la ventana para establecer estas reglas de contención se está cerrando. La velocidad de la tecnología siempre ha superado a la de la ley, pero esta vez la brecha es un abismo. El mensaje para la alta dirección es claro: la gobernanza tecnológica ya no es un tema del departamento de sistemas; es el riesgo existencial número uno. Quien no entienda que la sostenibilidad del negocio hoy depende de la estabilidad del sistema tecnológico global, simplemente no está viendo la ola que tiene enfrente.

En conclusión, estamos ante una obra indispensable que nos baja de la nube del optimismo ciego y nos aterriza en la urgencia de la gestión. La tecnología es el motor, pero la contención es el volante. Sin lo segundo, el choque no es una posibilidad, sino una certeza estadística. Es momento de que los líderes asuman su papel no solo como adoptadores de tecnología, sino como arquitectos de su seguridad. La ola ya rompió; ahora nos toca decidir si aprendemos a navegarla o dejamos que nos arrastre.

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CAPITALES: Alessandra Rojo de la Vega y el arte de gobernar en la era del algoritmo

Francisco Treviño Aguirre

En la política contemporánea ya no basta con administrar; es imprescindible construir relato. Existen gobernantes que ejecutan políticas públicas y existen liderazgos que, además de gestionar, comprenden el poder de la narrativa como instrumento estratégico. Desde que asumió la Alcaldía Cuauhtémoc el 1 de octubre de 2024, Alessandra Rojo de la Vega demostró que entiende esa diferencia con claridad. En la era digital, gobernar sin comunicar estratégicamente equivale a gobernar en silencio. Y el silencio hoy es irrelevancia. Su gestión no puede analizarse únicamente desde la óptica administrativa; debe leerse como un ejercicio sistemático de posicionamiento político.

El proceso electoral que la llevó al cargo estuvo marcado por controversias e impugnaciones que trasladaron la disputa de los tribunales al espacio público. En ese contexto, la narrativa fue tan relevante como el litigio jurídico. La respuesta fue estratégica: comunicación constante, directa y disciplinada a través de sus redes sociales. No permitió que terceros definieran el encuadre de los hechos. Informó, explicó y sostuvo confianza en la vía institucional. Cuando las autoridades ratificaron su triunfo, no solo se cerró un conflicto electoral; se consolidó un liderazgo que enfrentó la adversidad desde la legalidad y no desde la victimización.

En términos de marketing digital, su modelo es particularmente interesante. Mientras otros actores comunican principalmente desde estructuras partidistas o desde el protocolo institucional, Alessandra ha construido una marca personal de alto impacto. En Instagram supera los 800 mil seguidores, una cifra extraordinaria para una autoridad local y significativamente superior a la de otros perfiles políticos capitalinos. En Facebook mantiene una comunidad superior a los 300 mil seguidores con interacción constante. Estos números no son solo métricas; son indicadores de tracción orgánica.

La diferencia no es únicamente cuantitativa, sino estratégica. Alessandra no comunica exclusivamente desde la formalidad del cargo; comunica desde una narrativa emocional, directa y con identidad definida. No se limita a informar actos de gobierno; construye liderazgo, coherencia y conexión. Su contenido no solo se publica, se comparte y genera conversación. Y en marketing político, la conversación es capital simbólico.

Desde el inicio de su gestión, su línea discursiva ha mantenido un eje consistente: orden, seguridad y transformación visible. Cuauhtémoc es el corazón político, económico y mediático de la Ciudad de México. Gobernar implica exposición permanente. En lugar de optar por una administración discreta, decidió asumir esa visibilidad como plataforma. Su estrategia ha sido clara: visibilizar operativos, comunicar avances, respaldar acciones con evidencia visual y traducir datos técnicos en mensajes comprensibles. La seguridad no se presenta únicamente como política pública, sino como eje estructurador del relato de gobierno. Se comunica como recuperación del control territorial y como contraste frente a inercias previas. En términos de posicionamiento, ha convertido la gestión en narrativa estratégica.

Otro elemento relevante ha sido la decisión de institucionalizar mecanismos para combatir la desinformación. En un entorno donde la reputación puede erosionarse en cuestión de horas, optó por una arquitectura preventiva de defensa narrativa. Esta medida revela comprensión del ecosistema digital contemporáneo, donde la disputa por la percepción es permanente. El contraste con otros liderazgos capitalinos es ilustrativo. Clara Brugada comunica desde la lógica de jefatura institucional, con un estilo programático y alineado a la estructura del gobierno central. Alessandra, en cambio, comunica desde una construcción de liderazgo en expansión, donde la alcaldía funciona como escenario de proyección. Una administra la ciudad; la otra convierte su territorio en conversación metropolitana.

Lo que observamos es una transformación simbólica: Cuauhtémoc deja de ser únicamente una demarcación administrativa para convertirse en plataforma estratégica. No es casual que su nombre aparezca cada vez con mayor frecuencia en debates que rebasan el ámbito local; es resultado de consistencia narrativa y disciplina comunicacional.

Si el objetivo es consolidar aún más su posicionamiento, existen movimientos estratégicos recomendables: profundizar en métricas comparativas de seguridad con visualización periódica; fortalecer presencia en LinkedIn para consolidar perfil ejecutivo; desarrollar productos audiovisuales que documenten la transformación territorial con mayor profundidad; y sistematizar la narrativa emocional en reportes estructurados que proyecten visión de largo plazo. El siguiente nivel no es solo visibilidad, sino percepción de liderazgo de mayor alcance.

Hoy por hoy la pregunta estratégica no es si Alessandra Rojo de la Vega gestiona una alcaldía con eficacia. La pregunta es si estamos observando la construcción deliberada de una proyección mayor. Porque cuando una demarcación local comienza a resonar más allá de su perímetro físico, el fenómeno deja de ser estrictamente administrativo y se convierte en posicionamiento.

Y en la política moderna, el posicionamiento es estrategia.

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CAPITALES: De maquila a microchips: el examen que México no puede reprobar

Francisco Treviño Aguirre

México se acostumbró a medir su éxito manufacturero en parques industriales llenos, exportaciones en niveles récord y anuncios constantes de nuevas plantas automotrices. Esa fotografía, aunque positiva, ya no alcanza para explicar el siguiente ciclo industrial. La economía global está entrando en una fase en la que el valor ya no se mide solo en unidades producidas, sino en transistores por milímetro cuadrado. Y en ese mapa, los semiconductores —los chips que sostienen desde teléfonos y automóviles hasta redes eléctricas e inteligencia artificial— se han convertido en el nuevo acero, la nueva petroquímica, la nueva energía estratégica.

La pregunta es inevitable: ¿está México realmente preparado para jugar en esa liga, o el nearshoring lo dejará atrapado en la periferia de la cadena de valor, ensamblando lo que otros diseñan y fabrican? La oportunidad existe y no es menor. Estados Unidos, a través del CHIPS and Science Act, comprometió más de 50 mil millones de dólares para reconstruir su ecosistema de semiconductores, no solo en la fabricación de chips de punta, sino también en pruebas, empaque avanzado y materiales. Esa reconfiguración no puede hacerse en aislamiento: requiere proveedores, capacidad de manufactura complementaria, logística integrada y, sobre todo, ubicaciones cercanas que absorban partes de la cadena con costos competitivos. Ahí es donde entra México.

Cuando se habla de semiconductores, suele pensarse en fábricas hiper tecnificadas, cuartos limpios y máquinas de litografía que cuestan cientos de millones de dólares. Todo eso es cierto, pero es apenas la parte visible. Detrás existe una cadena extendida de diseño, validación, empaquetado, pruebas, materiales especializados, química fina, logística de alta precisión y servicios avanzados. México no va a competir —al menos en el corto plazo— por las plantas de fabricación más avanzadas, las de 3 o 5 nanómetros concentradas hoy en Taiwán, Corea o Estados Unidos. Pero sí puede insertarse con fuerza en segmentos críticos: empaque y prueba, fabricación de componentes menos complejos para los sectores automotriz e industrial, manufactura avanzada de equipos y servicios asociados a la operación de estas plantas.

Eso, de hecho, ya comenzó. En los últimos años, varios estados industriales han iniciado diálogos con empresas de la cadena de semiconductores. Nuevo León, Jalisco, Chihuahua o Baja California combinan electrónica, industria automotriz, talento de ingeniería y cercanía geográfica con Estados Unidos, lo que los convierte en candidatos naturales. Incluso el propio gobierno estadounidense ha empezado a ver a México como parte del perímetro de seguridad de su política de chips, no solo como un vecino comercial. Sin embargo, el verdadero punto de quiebre no está en la voluntad ni en los discursos, sino en la capacidad de ejecución: megawatts disponibles, metros cúbicos de agua, técnicos calificados y permisos con fechas confiables de salida. El ecosistema de semiconductores no se instala donde reciben más incentivos; se instala dónde puede operar sin interrupciones.

Si el país quiere tomarse en serio la agenda de semiconductores, necesitará una coordinación mucho más agresiva entre gobierno, universidades y empresas: programas de formación dual, currículos diseñados con la industria, certificaciones aceleradas, becas ligadas a necesidades regionales concretas y, sí, una conversación honesta sobre la necesidad de atraer talento extranjero especializado en el corto plazo. Sin esa capa, la inversión en semiconductores corre el riesgo de quedarse en anuncios y memorándums de entendimiento, mientras los proyectos de mayor complejidad se posponen indefinidamente o migran a otras latitudes.

Hoy por hoy, México se narra a sí mismo como ganador natural del nearshoring. Pero en la liga de los semiconductores, la narrativa no basta. El país está frente a una decisión incómoda: o ajusta con rapidez su política energética, hídrica, de talento y de Estado de derecho para jugar en la primera división de la economía del silicio, o se resigna a ser el eterno suplente que celebra cada nueva planta de ensamble como si fuera un trofeo. La controversia es clara: si México no acelera reformas y coordinación para construir un ecosistema real de semiconductores, el nearshoring no se “frustra”; se degrada. No perderemos toda la inversión, pero sí aquella que define quién diseña el futuro y quién solo lo atornilla. Y en esa economía, el mayor riesgo no es que las fábricas no lleguen, sino que lo hagan… pero con el valor agregado más importante instalado, una vez más, en otro país.

X:@pacotrevinoag

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