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CAPITALES: La paradoja eléctrica de América Latina: más renovables, menos certidumbre

Francisco Treviño Aguirre

La generación eléctrica en América Latina y el Caribe (ALC) atraviesa una etapa de aparente consolidación renovable, pero con señales estructurales que merecen una lectura crítica. De acuerdo con el Reporte de la Organización Latinoamericana y del Caribe de Energía (OLACDE), en septiembre de 2025 la región alcanzó una generación total de 156 TWh, cifra que representa la segunda más baja del año, sólo por encima de febrero, y que refleja una combinación de factores estacionales, climáticos y de demanda. Más allá del dato agregado, lo relevante es la composición de dicha generación y las implicaciones estratégicas que conlleva para países como México.

La hidroenergía continúa siendo el pilar del sistema eléctrico regional, con una participación del 45.7%, impulsada por una recuperación hidrológica respecto a meses anteriores. Este comportamiento confirma una realidad conocida pero poco discutida: la transición energética latinoamericana sigue profundamente atada al clima. Si bien el índice de renovabilidad regional alcanzó 65%, este avance no es resultado exclusivo de una mayor penetración tecnológica de energías limpias, sino de una menor generación térmica asociada a una caída en la demanda y a mejores condiciones hídricas. En otras palabras, el avance renovable sigue siendo, en buena medida, coyuntural.

Las fuentes solares y eólicas muestran un crecimiento moderado pero constante. La energía solar representó 4.4% de la generación regional, con un crecimiento mensual del 5%, asociado al ingreso de nuevas instalaciones fotovoltaicas. La eólica, aunque alcanza una participación relevante del 11.4%, presentó una disminución en términos absolutos, evidenciando la volatilidad inherente a estas tecnologías cuando no están respaldadas por almacenamiento o generación firme. Para México, este punto es clave: la expansión renovable sin sistemas de respaldo puede traducirse en estrés operativo para el sistema eléctrico.

En contraste, la generación con gas natural, que representa 24% del total regional, mostró una caída significativa tanto en participación como en volumen absoluto, con 4.6 TWh menos respecto al mes previo. Este ajuste no responde a una sustitución estructural, sino a una recuperación temporal de la hidroelectricidad. En el contexto mexicano, donde más del 60% de la generación eléctrica depende del gas natural, en gran medida importado desde Estados Unidos, confirma que el gas sigue siendo el verdadero estabilizador del sistema, aun cuando el discurso público lo minimice.

El análisis interanual aporta otro matiz relevante. Entre septiembre de 2024 y septiembre de 2025, la generación eléctrica regional creció 3.3%, con la hidroenergía aportando 12.9 TWh adicionales, seguida por el petróleo y el carbón mineral. Este último dato resulta particularmente incómodo: pese a los compromisos climáticos, los combustibles fósiles siguen incrementando su presencia cuando las condiciones del sistema lo exigen. La transición energética real no avanza en línea recta; retrocede cuando la confiabilidad está en juego.

Para México, este reporte ofrece varias lecciones estratégicas. Primero, la alta renovabilidad no equivale automáticamente a seguridad energética. Países con índices cercanos o superiores al 70%, como Brasil, Colombia o Chile, mantienen matrices diversificadas y esquemas de respaldo claros. Segundo, la planeación eléctrica debe reconocer explícitamente el papel del gas natural, no como enemigo de la transición, sino como habilitador de la misma. Y tercero, la expansión de renovables sin inversión paralela en transmisión, almacenamiento y gestión de demanda incrementa el riesgo sistémico.

En el fondo, el reporte de OLACDE pone sobre la mesa una verdad incómoda: América Latina avanza en renovables más por dotación natural que por diseño institucional. México no puede darse ese lujo. La creciente demanda asociada al nearshoring, la electrificación industrial y la movilidad eléctrica exige un sistema robusto, flexible y tecnológicamente neutral. Apostar sólo a la narrativa verde, sin atender la ingeniería del sistema, es una receta para la escasez.

Hoy por hoy, La transición energética en América Latina, y particularmente en México, corre el riesgo de convertirse en un relato políticamente correcto, pero técnicamente frágil. El reporte de OLACDE demuestra que, cuando el clima ayuda, las renovables brillan; cuando no, los combustibles fósiles regresan silenciosamente al centro del sistema. Negar esta realidad no acelera la transición, la debilita. México enfrenta una disyuntiva clara: construir una política energética basada en dogmas, o diseñar un sistema eléctrico resiliente, donde las renovables crezcan con respaldo, el gas natural sea reconocido como aliado estratégico y la confiabilidad deje de ser un tema incómodo. La electricidad no se gobierna con discursos; se sostiene con planeación, inversión y decisiones impopulares.

X:@pacotrevinoag

CAPITALES: Crecimiento sin narrativa: el dilema económico de México en 2026

Francisco Treviño Aguirre

La economía mexicana inicia 2026 atrapada en una paradoja incómoda: los indicadores macroeconómicos resisten, pero el entorno fiscal, político y global aprieta. México no está en recesión, pero tampoco navega con viento a favor. El país avanza, sí, pero lo hace con el freno de mano parcialmente activado.  Desde una perspectiva internacional, México conserva una posición relevante. De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, el país se mantiene entre las principales economías del mundo, consolidando su papel como plataforma manufacturera y exportadora. Sin embargo, ese tamaño económico no se traduce automáticamente en fortaleza estructural. Tener volumen no siempre significa tener músculo.

El crecimiento proyectado para 2026 es moderado, cercano al rango del 1 al 1.5 %. No es una cifra catastrófica, pero sí insuficiente para un país con profundas brechas sociales, rezagos de infraestructura y una presión creciente sobre el gasto público. México crece, pero no despega. Y en economía internacional, no despegar equivale a perder posiciones relativas. El mayor foco de atención no está en la inflación, que parece relativamente controlada, ni en el tipo de cambio, que ha mostrado una resiliencia notable, sino en las finanzas públicas. El costo financiero de la deuda, el envejecimiento del sistema de pensiones y la rigidez del gasto corriente han reducido drásticamente el margen de maniobra del País.

El problema no es endeudarse; todas las economías lo hacen. El problema es endeudarse sin una narrativa clara de crecimiento futuro. Cuando la deuda no financia productividad, innovación o infraestructura estratégica, se convierte en una carga política y económica. México empieza a caminar peligrosamente por esa línea. En términos internacionales, los inversionistas no observan únicamente balances fiscales; observan señales. Y hoy las señales son mixtas: disciplina macro, sí; claridad estratégica de largo plazo, no tanto.

El comercio exterior sigue siendo el pilar de estabilidad. El T-MEC continúa funcionando como un ancla que da certidumbre a exportadores, inversionistas y cadenas de suministro. La relocalización industrial (nearshoring) no se ha ido, pero tampoco avanza al ritmo que muchos anticipaban. ¿Por qué? Porque el capital global ya no solo pregunta dónde producir, sino bajo qué reglas, con qué energía y con qué estabilidad institucional. México compite hoy no solo contra Asia, sino contra su propia capacidad de ejecución interna: permisos, infraestructura eléctrica, seguridad jurídica y coordinación regulatoria. El riesgo no es que el T-MEC desaparezca; el riesgo es que México lo administre en piloto automático, creyendo que la geografía basta para ganar.

Existen anuncios relevantes de inversión privada, especialmente en sectores agroindustriales, manufactura avanzada y logística. Eso confirma que México sigue siendo atractivo. Pero la inversión no fluye por decreto; fluye por confianza. Y la confianza se erosiona cuando el discurso político se desacopla de la lógica económica. En paralelo, el gobierno apuesta por fortalecer el consumo interno mediante campañas de sustitución de importaciones y promoción de lo “Hecho en México”. El mensaje es correcto, pero incompleto. El consumo sin productividad termina generando inflación o dependencia fiscal. Primero se produce competitivamente; luego se consume con orgullo.

A nivel internacional, el mundo se reconfigura: bloques comerciales, tensiones geopolíticas, transición energética y competencia tecnológica. México está bien posicionado, pero no blindado. La ventaja geográfica no es eterna y la paciencia del capital global es limitada. El verdadero desafío de 2026 no es económico en el sentido clásico; es estratégico. México necesita decidir si quiere ser un actor proactivo del nuevo orden económico o un beneficiario pasivo de inercias pasadas.

Hoy por hoy, México no está al borde del colapso, pero tampoco está construyendo el futuro con la contundencia que el momento histórico exige. La economía resiste, los números cuadran, el tipo de cambio se mantiene… pero falta algo más peligroso que una crisis: falta ambición estratégica. El mayor riesgo para México en 2026 no es una recesión externa ni una crisis financiera. Es creer que con estabilidad basta. En un mundo que se redefine a gran velocidad, la estabilidad sin visión es simplemente una forma elegante de estancamiento. Y en economía internacional, quedarse quieto no es neutral: es retroceder.

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CAPITALES: Aranceles al gigante: México redefine su política comercial frente a China y Asia

Francisco Treviño Aguirre

El anuncio de que, a partir del 1 de enero de 2026, México que impondrá gravámenes de entre el 5 % y el 50 % a más de 1,400 productos provenientes de China y otros países asiáticos sin tratados comerciales vigentes, representa un momento crucial en la política comercial del país y de la región. Este cambio, aprobado por el Senado y la Cámara de Diputados con el respaldo de la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum, modifica profundamente décadas de alineamiento mexicano con el libre comercio multilateral y con políticas de apertura económica que colocaron a México como uno de los países con mayor número de tratados de libre comercio en el mundo.

Desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y su evolución al TMEC (USMCA), la estrategia comercial mexicana descansó en la integración a cadenas productivas norteamericanas, la atracción de inversión extranjera directa y un modelo exportador con preferencia por Estados Unidos y Canadá. Sin embargo, en un entorno global caracterizado por tensiones comerciales crecientes y redefiniciones de cadenas de suministro, la lógica de libre comercio ha coexistido con prácticas unilaterales por parte de potencias económicas. La nueva política arancelaria responde a una percepción de “competencia desleal” de productos particularmente chinos, con precios muy bajos respaldados por economías de escala y subsidios estatales. Según autoridades mexicanas, los aranceles buscan proteger industrias nacionales frente a prácticas de dumping y competencia asimétrica, defendiendo empleos locales y sectores estratégicos.

La reforma aprobada modifica la Ley de los Impuestos Generales de Importación y Exportación (LIGIE), estableciendo nuevos gravámenes para productos procedentes de países sin acuerdos comerciales con México. Las tasas que entrarán en vigor desde enero de 2026 oscilan entre el 5 % y el 50 %, afectando principalmente bienes finales como vehículos, autopartes, textiles, calzado, electrodomésticos, plásticos y metales. Sectores productores han acogido la medida con expectativas de mayor protección frente a la competencia externa, mientras expertos advierten sobre posibles efectos inflacionarios para los consumidores internos y disrupciones en cadenas de suministro que dependen de insumos importados.

Desde el punto de vista fiscal, el gobierno mexicano proyecta incrementar la recaudación en miles de millones de pesos y consolidar alrededor de 350 000 empleos protegidos en sectores industriales vulnerables, según declaraciones del secretario de Economía, Marcelo Ebrard. Esta recaudación adicional podría fortalecer el presupuesto federal en momentos de crecimiento moderado de la economía mexicana. No obstante, la carga arancelaria también implica un riesgo de aumento de costos para industrias que dependen de insumos importados, y de traslación de costos al consumidor final, especialmente en bienes duraderos como automóviles o electrodomésticos. Un impacto secundario podría ser la presión inflacionaria en sectores sensibles.

El gobierno chino ha expresado su profunda preocupación por el incremento de aranceles y ha pedido a México “corregir lo antes posible” estas medidas unilaterales, calificándolas de proteccionistas y perjudiciales para los intereses comerciales mutuos. Tanto autoridades como empresas chinas consideran que los nuevos impuestos distorsionan el comercio y pueden desencadenar respuestas recíprocas. Además de China, otros países asiáticos afectados, como Corea del Sur e India, han advertido sobre posibles represalias o revisiones de sus políticas comerciales bilaterales, aunque algunos matizan el impacto afirmando que las tarifas tendrán “efectos limitados” sobre ciertos sectores.

Un elemento central en el debate es el contexto más amplio de las negociaciones comerciales de México con Estados Unidos, particularmente con la revisión del USMCA (TMEC) prevista para 2026. Expertos sugieren que México utiliza esta política arancelaria como palanca de negociación frente a Washington, en momentos en que la administración estadounidense ha impuesto y mantenido aranceles sobre productos mexicanos bajo la presidencia de Donald Trump, en medio de disputas sobre agua, inmigración y déficit comercial. Aunque el gobierno mexicano ha negado que la medida se dirija específicamente contra China o en consonancia con la política estadounidense, la coincidencia de tiempos y los intereses estratégicos compartidos en limitar el acceso chino a cadenas de valor norteamericanas dan una dimensión geopolítica a la reforma arancelaria.

Hoy por hoy, la decisión de México de imponer aranceles a productos chinos y asiáticos reconfigura el debate sobre la política comercial nacional: ¿protección legítima o un capricho proteccionista con costos ocultos? Al apostar por barreras arancelarias, México podría ganar espacios productivos a corto plazo, pero abandona la doctrina de apertura que impulsó décadas de crecimiento exportador. En un mundo donde los bloques comerciales se fragmentan y la rivalidad entre potencias económicas se intensifica, esta jugada puede interpretarse tanto como una defensa necesaria de la industria nacional como un riesgo calculado que alinea a México con políticas que históricamente han encarecido bienes y erosionado relaciones diplomáticas, dejando abierta la pregunta: ¿fortalece México su soberanía comercial o sacrifica estabilidad por beneficios temporales?

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CAPITALES. De mi biblioteca: “Excelencia interior” de Jim Murphy.

Francisco Treviño Aguirre

El libro Excelencia interior de Jim Murphy, entrenador de alto rendimiento, propone una lectura profunda del concepto de éxito en una cultura dominada por la obsesión con los resultados externos. Desde las primeras páginas, Murphy plantea que el verdadero rendimiento extraordinario, ya sea en el deporte, en el ámbito profesional o en la vida personal, no se construye persiguiendo logros visibles, reconocimiento o validación social, sino desarrollando una estructura interna sólida, estable y consciente. Su planteamiento se apoya en décadas de experiencia trabajando con atletas de élite y líderes de alto desempeño, pero se formula como una filosofía de vida aplicable a cualquier persona que busque claridad, equilibrio y consistencia bajo presión.

Murphy parte de un diagnóstico crítico de la cultura contemporánea del éxito, caracterizada por la medición constante, la comparación permanente y la identificación personal con el resultado. En este contexto, ganar, producir o destacar se convierten en condiciones para sentirse valioso, lo que genera ansiedad crónica, miedo al error y una relación frágil con la identidad personal. Sostiene que este enfoque es estructuralmente insostenible: cuando el valor propio depende del resultado, cada fracaso, real o potencial, se experimenta como una amenaza existencial. Incluso el logro pierde sentido, pues una vez alcanzado deja un vacío que exige nuevos objetivos para sostener la autoestima. Frente a este modelo, el libro propone una transformación radical del punto de partida: dejar de vivir desde el resultado y comenzar a vivir desde el proceso interno.

En el núcleo del libro se encuentra la idea del “juego interno”. Para Murphy, toda experiencia humana relevante se decide primero en la mente; no en el entorno, no en las circunstancias, sino en la interpretación que hacemos de ellas. Pensamientos, emociones y reacciones automáticas configuran el verdadero campo de juego. La excelencia, por tanto, no consiste en controlar el mundo exterior, sino en entrenar la capacidad de observar la mente, regular la respuesta emocional y elegir conscientemente cómo actuar. Esta distinción permite separar el desempeño de la identidad: uno puede fallar sin quebrarse, perder sin desvalorizarse y enfrentar presión sin perder claridad.

Un elemento central del planteamiento de Murphy es la relación con el miedo. Lejos de concebirlo como un enemigo que debe eliminarse, lo presenta como una señal inevitable del crecimiento. El miedo aparece cuando algo importa, cuando hay riesgo, cuando se abandona la zona de confort. El problema no es sentirlo, sino dejar que gobierne las decisiones. La excelencia interior implica aprender a convivir con el miedo sin cederle el control, manteniendo la atención en el presente y en la acción correcta, no en escenarios futuros imaginados. En este sentido, el libro insiste en que los pensamientos no son hechos y que las emociones, aunque intensas, no deben dictar la conducta.

El libro no se limita a la reflexión conceptual. Murphy propone prácticas concretas para entrenar la mente y fortalecer la estructura interna. Estas prácticas incluyen el desarrollo de la atención plena, la observación consciente de pensamientos, la regulación emocional en contextos de presión y la construcción de hábitos mentales consistentes. El énfasis no está en “arreglar” la mente, sino en entrenarla, del mismo modo que se entrena el cuerpo o una habilidad técnica. A través de ejercicios de autoobservación y reflexión, el lector aprende a identificar creencias limitantes y narrativas internas que sabotean el desempeño y el bienestar.

Uno de los aportes más relevantes del libro es su reconfiguración del fracaso. Murphy sostiene que el error no define a la persona, sino que ofrece información valiosa para ajustar el rumbo. Cuando la identidad no está atada al resultado, el fracaso deja de ser una amenaza y se convierte en una herramienta de aprendizaje. Esta perspectiva fortalece la resiliencia y permite sostener el esfuerzo a largo plazo sin desgaste emocional excesivo. La excelencia interior, en este sentido, no es intensidad momentánea, sino estabilidad prolongada.

Aunque gran parte de los ejemplos provienen del deporte profesional, la propuesta de Excelencia interior trasciende ese ámbito. El libro se dirige a cualquier persona que enfrente presión, incertidumbre o expectativas elevadas: ejecutivos, emprendedores, estudiantes, líderes, padres o profesionales en contextos altamente demandantes. Su valor reside en ofrecer un marco claro y exigente para vivir con mayor coherencia interna, independientemente de las circunstancias externas.

En resumen, Excelencia interior puede leerse como una crítica profunda a la cultura del rendimiento superficial y, al mismo tiempo, como una guía práctica para reconstruir la relación con el éxito, el esfuerzo y la identidad. Jim Murphy no promete fórmulas rápidas ni motivación pasajera; propone algo más incómodo y más valioso: la disciplina de mirarse por dentro, entrenar la mente y construir una vida en la que el resultado sea consecuencia, no fundamento, de la excelencia.

CAPITALES: Del discurso a la ejecución: las decisiones que definirán el futuro económico de México

Francisco Treviño Aguirre

México atraviesa una coyuntura decisiva dentro del reordenamiento económico global. La aceleración del nearshoring, la fragmentación de las cadenas de suministro y las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y China han modificado profundamente la estructura del comercio internacional. En este contexto, el país se encuentra estratégicamente bien posicionado para captar flujos de inversión y expandir su plataforma exportadora; no obstante, persisten limitaciones estructurales que podrían frenar dicha oportunidad si no se atienden con visión integral. La narrativa dominante celebra el potencial del nearshoring, pero la ejecución real exige infraestructura moderna, certidumbre regulatoria y capacidades empresariales mucho más sofisticadas.

En 2025, México mantiene un crecimiento moderado, cercano al 2.4 %, reflejo de una economía estable pero aún distante de su potencial. Los principales obstáculos continúan siendo la insuficiencia energética en zonas industriales en expansión, la saturación logística, la debilidad institucional en trámites y permisos, y la falta de personal técnico especializado en manufactura avanzada. Aunque organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo estiman que el país podría atraer entre $30,000 y $50,000 millones de dólares adicionales derivados del nearshoring, estas proyecciones dependen de que México logre reducir fricciones operativas y elevar la competitividad sistémica de sus regiones industriales.

El nearshoring se ha posicionado como un motor de optimismo. Su atractivo descansa en tres pilares: la cercanía geográfica con Estados Unidos, la estabilidad regulatoria del T-MEC y la experiencia exportadora de sectores como automotriz, aeroespacial y electrónico. Sin embargo, estos pilares conviven con desafíos que no deben subestimarse: falta de parques industriales equipados, lentitud institucional, deficiencias en infraestructura crítica y una brecha persistente de talento técnico. El país no es aún un destino simple para inversionistas globales, quienes evalúan costos reales de operación, disponibilidad de energía, certidumbre jurídica y capacidad logística. De ahí que la oportunidad sólo se materializará si México evoluciona hacia una estrategia nacional más sofisticada que incluya política industrial moderna, incentivos suficientes, fortalecimiento de cadenas de suministro locales y una coordinación eficaz entre los tres niveles de gobierno.

En paralelo, las empresas mexicanas se encuentran frente a una exigencia inédita: competir no sólo como proveedoras de costo atractivo, sino como actores capaces de integrarse a cadenas globales que demandan trazabilidad, cumplimiento normativo, digitalización y precisión operativa. Para lograrlo, deben avanzar en cuatro frentes fundamentales. El primero es la digitalización, dado que miles de PYMEs aún operan con procesos manuales que limitan escalabilidad y confiabilidad. La automatización y analítica avanzada es ya un requisito básico para competir con manufacturas altamente automatizadas en Norteamérica y Asia. El segundo frente es la definición clara de una propuesta de valor exportadora, que trascienda la venta ocasional al extranjero y construya capacidades de certificación, calidad y respuesta rápida, indispensables para integrarse a cadenas globales de valor.

El tercer aspecto crítico es la disciplina financiera. En un entorno de tasas elevadas, volatilidad cambiaria y costos operativos crecientes, la supervivencia y expansión de las empresas dependerá de su capacidad para gestionar flujo de efectivo, medir rentabilidad por línea de negocio, controlar costos y evaluar rigurosamente cada inversión. El cuarto frente es la reinvención del modelo de negocio, que implica decidir qué rol ocuparán dentro de la nueva arquitectura productiva: proveedor de bajo costo, ensamblador especializado, desarrollador tecnológico o socio integral de soluciones. Esta redefinición estratégica es esencial para que las empresas mexicanas escalen dentro de la oferta manufacturera y no queden atrapadas en segmentos de bajo valor agregado.

A partir de este enfoque, se delinean cuatro líneas de acción prioritarias para 2025–2026. La primera consiste en rediseñar modelos de negocio con visión exportadora, evaluando con realismo ventajas competitivas y aprovechando instrumentos públicos de promoción financiera y comercial. La segunda es la digitalización profunda de procesos críticos, ventas, operaciones, logística, gestión financiera, con el fin de incrementar eficiencia, trazabilidad y capacidad de respuesta. La tercera es la optimización de cadenas de valor locales mediante proveedores certificados, clústeres regionales y mecanismos de transferencia tecnológica que permitan elevar el contenido nacional sin sacrificar eficiencia. La cuarta es fortalecer la disciplina financiera como eje de supervivencia y crecimiento, priorizando rentabilidad sostenible por encima de expansiones aceleradas o poco rigurosas.

Hoy por hoy, México tiene una oportunidad histórica. El reacomodo del comercio global, las tensiones China–EUA., y la redefinición de cadenas logísticas favorecen su posición. Pero el entorno no perdona: solo las empresas con visión, capacidad de ejecución y modelos de negocio bien diseñados podrán capturar valor en esta coyuntura. ¿Serán las empresas mexicanas meros proveedores de bajo costo o actores sofisticados de una economía competitiva e innovadora? La respuesta se está escribiendo hoy con cada decisión de inversión, cada apuesta por la eficiencia, cada paso hacia la digitalización y la profesionalización. El juego está en marcha, y no habrá segundas oportunidades.

X:@pacotrevinoag

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