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Ahora ya nada importa

Susana Cepeda Islas

En la actualidad, para un gran número de personas, la existencia y los esfuerzos humanos carecen de sentido, lo que provoca una grave enfermedad social que conduce al deterioro colectivo.  Los síntomas son diversos; por mencionar algunos: la vida ya no se valora, las personas se ven dominadas por la apatía, se incrementa la falta de motivación y la desesperanza, y con ellos, surgen los problemas de salud mental y la inevitable anhedonia. Se experimenta una profunda sensación de falta de significado en la vida.

Todos los días recibimos noticias sumamente desagradables en los medios de comunicación y en las redes sociales, donde se reproducen imágenes de escenas de guerra y personas destrozadas como consecuencia de los misiles; inundaciones en las que se observa cómo la corriente feroz arrastra vidas; ataques de individuos que disparan sin ton ni son contra quienes se encuentran en centros comerciales, escuelas o espacios públicos. A ello se suman los constantes anuncios de crisis económicas y políticas. Todo esto altera considerablemente el clima social y genera un profundo desaliento.

Yo no sé usted, pero sinceramente no entiendo en qué mundo vivimos. Por un lado, resulta irónico que el día en que los ciudadanos cansados de la violencia que se vive en el país se manifestaron para exigir paz, fueran agredidos sin distinción de edad o sexo; y, por otro, que posteriormente el gobierno federal convocara a “festejar” los 7 años del triunfo de la llamada 4T. Ese mismo día en el estado de Michoacán un vehículo estalló dejando personas muertas y heridas. Lo más grave es que en ese lugar asesinaron a Carlos Manzo, quien suplicaba apoyo para combatir al narcotráfico. ¿Qué podemos esperar si, para quienes conducen el país, la vida de gente inocente no tiene la menor importancia? Estos hechos causan desaliento, frustración, miedo y estrés, entre otras manifestaciones.

Esta situación me lleva a la pregunta: ¿Por qué ya nada importa? Estudios psicológicos y sociológicos sobre el tema han llegado a la conclusión que es una combinación de factores tanto psicológicos como culturales que provocan apatía social y desmotivación. Vivimos momentos muy complejos y de gran incertidumbre, lo que nos conduce a una pérdida de sentido y una gran ausencia de expectativas, generando ese vacío emocional y la incapacidad de sentir placer.

En mi adolescencia recuerdo las palabras de mis padres: “estudia una carrera para que tengas de qué vivir dignamente” y así lo hicimos. Hoy, estos anhelos ya no se cumplen, La sociedad moderna no ofrece a los jóvenes suficientes oportunidades laborales, menos aún, una mejor calidad de vida. Esto provoca una desvalorización de la cultura del esfuerzo y fomenta el consumismo, la obtención de todo de manera fácil y rápida, así como la falta de conocimiento para enfrentar los retos y desafíos que plantea la vida en sociedad.

Me preocupa la apatía social, pues afecta de manera considerable la calidad de vida de los ciudadanos. Esa falta de interés, motivación y respuesta ante las situaciones que nos afectan a todos. Es necesario despertar de ese letargo, reflexionar y cambiar la actitud ante la realidad que estamos viviendo. Es obligatorio comprender que es hora de proponer y participar activamente, de asumir las responsabilidades que nos corresponden, tomar decisiones, recuperar la fe, y luchar para transformar esta realidad,

Sí, en verdad es posible revertir la apatía social si buscamos estrategias efectivas para salir de ese estado negativo, como realizar trabajo voluntario en alguna asociación, donde el apoyo resulta especialmente valioso en estos momentos. También es importante integrarse a reuniones o grupos de defensa local y fomentar los lazos con los vecinos. Estoy convencida de que, con pequeñas acciones podemos contribuir de manera positiva a la sociedad. Al involucrarnos en los problemas de la comunidad y realizar esfuerzos colectivos, por modestos que parezcan, lograremos construir una sociedad más comprometida y participativa, por ello, cuidemos nuestra participación política y reflexionemos a la hora de emitir nuestro voto electoral. No olvidemos que la conciencia social inicia cuando sufres por lo que no afecta directamente.

No olvidemos los buenos modales

Susana Cepeda Islas

El tiempo domina nuestra vida y tiene implicaciones en todas las acciones que realizamos cotidianamente. Le damos prioridad y, por ello, vivimos con prisa. Algunas de las causas se deben a la presión social o el miedo de no poder cumplir con los compromisos adquiridos. Pensamos que si no cumplimos podemos perder buenas oportunidades y, entonces, no paramos. Creemos que siempre nos hace falta tiempo. El problema es que, al hacer todo de prisa, no procesamos adecuadamente nuestro comportamiento.

Es bueno hacer un alto y reflexionar, pues no deja nada bueno hacer las cosas aprisa. Por ejemplo, nos estamos olvidando de la importancia de tener buenos modales, que se definen como el conjunto de normas de comportamiento y acciones que demuestran cortesía, respeto y, por lo tanto, buena educación hacia las personas, animales o cosas. Estos permiten una convivencia armoniosa, generan un ambiente de confianza. Es fácil comprobar esta afirmación: si acude a cualquier tipo de servicio y lo atiende una persona amigable y respetuosa, se siente bien atendido, aunque no le resuelvan lo solicitado.

El origen de los buenos modales, según los estudiosos del tema, inicia con los antiguos romanos, quienes dieron el nombre de urbanitas para describir la buena educación en la vida cotidiana. Posteriormente, Erasmo de Róterdam escribió un libro sobre las buenas maneras o modales en 1530. Más tarde, el venezolano Manuel Antonio Carreño, músico y pedagogo escribe su famoso Manual de urbanidad y buenas costumbres para uso de la juventud de ambos sexos en 1853, donde explica a detalle el comportamiento que deben tener las personas en sociedad, tanto en lugares públicos como privados, publicación aún vigente en nuestros tiempos.

Cuando me trasladé de la Ciudad de México a Saltillo —ciudad maravillosa— hace ya algunos años, me asombraba la costumbre de los saltillenses de saludar a las personas sin conocerse, ya fuera en la calle, supermercado, sitios de diversión o en cualquier lugar. Fue un choque cultural, pues venía de una ciudad donde la prioridad era sobrevivir a la vorágine, donde gana el más astuto. Es una población con buenos modales; ojalá la juventud no pierda esta hermosa costumbre de dar los buenos días, las buenas tardes o noches a todos.

Los buenos modales se clasifican dependiendo las costumbres de cada entorno; sin embargo, hay buenos modales que son universales, como: saludar al llegar y despedirse al retirarse; pedir las cosas por favor y dar las gracias al recibirlas; ayudar a las personas cuando sea necesario; ser puntuales; escuchar atentamente cuando alguien habla; respetar la privacidad de los demás; argumentar ideas con respeto hacia el interlocutor; y pedir disculpas cuando se comete un error. Considero que, con estas pocas acciones, lograremos un cordial comportamiento ciudadano.

En el ambiente familiar se enseñan y aprenden los buenos modales. Los responsables de hacerlo son los padres. La mejor manera de educar en este sentido es con el ejemplo: si los niños crecen en un ambiente donde se usa un lenguaje cortés y respetuoso serán personas responsables. La escuela es también responsable de difundirlos y ponerlos en práctica, de esta manera se construye una sociedad afable que tanta falta hace en la actualidad.

Querido lector lo invito a no permitir que olvidemos los buenos modales, difundámoslos en todos nuestros ambientes. Debemos tener siempre presente la importancia de ser amables, cordiales y atentos. No dejar en el olvido que se aprende en el hogar, se fomenta en la escuela y se refuerza en la sociedad, de esta forma edificaremos una sociedad donde el pilar sea el respeto.

La tierra bajo mis pies

Susana Cepeda Islas

El estado de Coahuila ha sido y es cuna de grandes artistas internacionales. Por mencionar algunos: Manuel Acuña, poeta; Los hermanos Soler, actores; Magda Guzmán, actriz; Paty Ayala, cantante; Rubén Herrera, pintor y escultor; Nancy Cárdenas, dramaturga, productora teatral, poetiza, periodista, entre otros. La lista de grandes artistas es tan amplia que resulta imposible citarla completa en estas líneas. Todos ellos tienen algo en común: talento, valentía, originalidad, disciplina, dedicación, pasión y una visión que se expresa con autenticidad.

Hace poco tuve la fortuna de conocer a un extraordinario artista coahuilense: Alfredo de Stefano, un fotógrafo destacado internacionalmente, cuyas expresiones artísticas revelan su pasión por el paisaje, en especial por el desierto. Orgullosamente monclovense, egresado de la primera generación de la carrera de Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila. Después de conocer toda su obra, le aseguro querido lector que estará de acuerdo conmigo que es un verdadero maestro.

Le comento un dato curioso sobre cómo lo conocí. Supe de él por la difusión de sus fotografías en Instagram —excelente material, se lo recomiendo ampliamente —. Recordé que, en la Feria Internacional del libro de Coahuila este año, asistí a un homenaje al compositor argentino Astor Piazzolla, interpretado por el pianista Alex Mercado y el bandoneosnista Raúl Vizzi a quien me encontré platicando con un amigo. Le pedí a ese amigo que me tomara una fotografía con este extraordinario músico argentino; resulta que ese amigo no era otro que Alfredo de Stefano.

Además de ser un artista visual y cineasta, después de años de exploración artística y proyectos como Tormenta de Luz, decidió manifestar sus emociones a través de la música. Así, en el 2003 fundó Blues Band Blues banda mexicana de indie rock con influencias de blues y rock alternativo, integrada por Azalea Go, con su privilegiada voz; Héctor García en la guitarra, arreglos y música; Mauricio González en el Saxofón; y Alfredo De Stefano compositor de letra y música, además baterista. La propuesta musical se caracteriza por un sonido crudo, emocional y contemporáneo. Las canciones están interpretadas en español y en formato bilingüe, su narrativa lírica conecta inmediatamente con los escuchas.

Después de un año de trabajo están lanzando su primer Extended Play (EP) titulado La tierra bajo mis pies”, una colección de seis canciones originales que combinan energía interpretativa, poesía narrativa y una identidad sonora intensa y honesta. Las canciones que conforman el EP, las define de Stefano de la siguiente manera: “Lo que el fuego no quema”, canción directa y emocional que habla de lo que permanece más allá de la pérdida. “Llámame por mi nombre”, es un grito de identidad y resistencia desde la voz femenina, con fuerza y actitud. “Macondo is a woman”, reinventa la figura femenina en América Latina como cuerpo mítico y territorio simbólico. “Apagar el mundo”, es una reflexión poética sobre la sobreexposición digital y el deseo de desconexión interior. “Desert Angel”, evocación de un paisaje árido, espiritual y redentor, con una atmósfera introspectiva. Finalmente, la canción “La tierra bajo mis pies”, tema que da título al EP, es un manifiesto íntimo de pertenencia, búsqueda y raíz.

Su música llega a un lugar profundo del alma; se siente en cada molécula del cuerpo y provoca diversas emociones. En algunas interpretaciones es imposible evitar el llanto, porque denuncia el dolor producto de la inseguridad y violencia que vive el país, una situación cada día más complicada, ante la cual no se hace nada por remediarla. ¡Él alza la voz! Es su forma de resistir.

Mi recomendación para disfrutar esta magnífica obra musical es buscar un lugar íntimo y relajado, acompañado de la bebida de su preferencia; siéntese en un sillón cómodo, cierre los ojos y perciba cómo vibran las notas y su letra en todo el cuerpo. Luego reflexione sobre las acciones que usted puede emprender desde su propia trinchera para transformar esta realidad, tal como lo hace Alfredo de Stefano a través de su arte.

El poder de la asertividad

Susana Cepeda Islas

Estamos inmersos en un mundo donde las relaciones humanas son cada día más complicadas, se manifiestan en:  falta de empatía, de comunicación, de expectativas reprimidas, incapacidad para controlar los sentimientos, entre otras. Hace poco me apareció en el celular un video donde una señora acude a un establecimiento para comprar una sopa y se enoja de manera espectacular con la trabajadora porque estaba demasiado caliente, le reclama de manera grosera y es tanta su furia que le avienta a la cara la sopa provocándole graves quemaduras en el rostro, todo por algo estúpido, al no poder controlar su enojo y su frustración explota con la persona menos indicada.

Estas conductas definitivamente son reprobables, por una tontería haces un daño irreversible al prójimo. Desafortunadamente este tipo de comportamientos son cada día más frecuentes en la sociedad. La frustración, ira, la impotencia son producto de no poder satisfacer algún deseo o de alcanzar los propósitos, producto de un encontronazo entre lo idealizado y lo real, ya sea por expectativas poco realistas, falta de recursos, dificultad para adaptarse, presiones sociales, obstáculos inesperados. Emociones que se manifiestan de manera recurrente y de forma inesperada.

La propuesta para evitar sentirnos vulnerables ante estos sentimientos negativos y destructivos es entender el poder de la asertividad, es decir, desarrollar la habilidad para expresar nuestros sentimientos de una manera respetuosa y franca, podemos exigir nuestros derechos sin agredir, buscando un diálogo adecuado, donde se manifieste el entendimiento de ambas posturas por muy antagónicas que sean. Todas las personas tienen deseos, pensamientos, necesidades, ideales, sin embargo, no siempre se comparten con los demás y aun así merecen ser respetados. Decir lo que se piensa y no estar de acuerdo con el colectivo es válido, pero se debe expresar sin agresión.

Ser asertivo significa entender la conducta que nos molesta y evitar ponerse a la defensiva, es más sensato hacer lo necesario para mantener una comunicación constructiva, para entender las opiniones diferentes los desacuerdos o conflictos. No es sencillo comportarse de esta manera, frecuentemente nos arrastra el sentimiento. Escoger esta conducta no quiere decir que nos manipulen, al contrario, es evitar la cólera que lo único que pasa al manifestarse en nosotros, es que decimos palabras que no sentimos con el objetivo de herir a la persona, de intimidarla, de controlarla y menospreciarla, se pierde totalmente el control y nos cegamos.

Ya lo decía Aristóteles que la virtud está en el término medio, que es la búsqueda del punto intermedio entre dos extremos. El equilibrio es relativo en cada persona, es ese justo medio por ejemplo entre cobardía y valentía. La perfección está en el equilibrio y los seres humanos no somos perfectos, siempre nos inclinamos más hacia un lado u otro, no logramos mantenernos en equilibrio, lo meritorio es acercarnos a él y no irnos a los extremos.

Los estudiosos del tema recomiendan lo siguiente para ser asertivos: lo primero es ser honestos, hacernos responsables de nuestras emociones, escuchar con atención, ser empáticos y utilizar un lenguaje apropiado. En fin, se trata de confiar en nuestras habilidades, ser claros al comunicarnos, y aprender a controlar las emociones, de manera directa y firme. Las ventajas de ser asertivos son varias, fortalecen las relaciones humanas, se logra una comunicación clara y con respeto, mejora nuestra salud al reducir el estrés, disminuye la frustración y fortalece la autoestima. La fuerza de la asertividad nos permite ser auténticos, poner límites y expresar de manera adecuada nuestras opiniones. No olvidemos que, al lograrlo, nuestras relaciones serán más sanas y equilibradas.

¿Qué nos pasa?

Susana Cepeda Islas

En esta ocasión quiero compartir con usted apreciado lector, lo que me sorprende actualmente. No me explico que tenebrosas vibras están invadiendo el país que lo trae de cabeza. La ética ya no es indispensable en la convivencia humana, no distinguimos entre lo correcto y lo que no lo es, entre lo que nos beneficia y lo que nos hace daño. Estamos abandonando los principios y valores que nos guían en la vida cotidiana, como la honestidad, el respeto, la empatía entre otros, que nos favorecen y hacen crecer e indudablemente mejoran nuestras relaciones con el prójimo.

La palabra ética proviene del griego ethos que significa carácter, comportamiento. El concepto de ética la definieron los filósofos griegos, el primero fue Sócrates quién hacía referencia a “conócete a ti mismo” y “conócete para obrar correctamente”. Posteriormente Platón afirma que la virtud ayuda a tener una vida plena y armoniosa. Entonces, la ética es una disciplina que estudia la conducta humana.

Nuestras decisiones son éticas si son enfocadas al bien y la moral, esta última está orientada a las normas y valores que nos guían en forma individual y también la establece un grupo social. Los valores los vivimos todos los días, porque nos ayudan en la conducción de nuestro hacer cotidiano.

Al ver los medios de comunicación cada día me convenzo de que nuestra sociedad se está ahogando en los antivalores. Todos los días anuncian una gran cantidad de muertes, nos están enseñando que la vida no tiene ningún valor, se arrebata con gran facilidad, según datos oficiales hay alrededor de entre 82 y 91 homicidios diarios. Imagine la situación por la que pasan las familias que lo sufren. A esto súmele los robos con violencia que sufren los ciudadanos, la cifra oficial es que se registran aproximadamente 561 al día. En estas cifras no se encuentran los desaparecidos, ni los secuestrados. La corrupción es normal en nuestros políticos se premia, pero no se castiga.

La mentira es ahora el protagonista en la conducta de la mayoría de las personas, en el libro Ética para Amador del filósofo español Savater comenta que: “La mentira generalmente es algo malo, porque destruye la confianza en la palabra y causa enemistad entre las personas; pero a veces puede parecer útil o beneficioso mentir para obtener alguna ventaja, o incluso para hacer un favor a alguien”. En efecto ahora se utiliza para sacar ventaja y beneficios. Lo que me asombra es que una parte de la sociedad la está aceptando como una conducta correcta. Lo que no toman en cuenta las personas que acostumbran a mentir es que tiene graves consecuencias, debido a que, con su acumulación, se van formando poco a poco grandes fracturas en la confianza imposibles de reparar y que provocan heridas emocionales difíciles de controlar. Llevando irremediablemente al caos.

¿Qué nos pasa? ¿Por qué nos comportamos sin principios? Estoy convencida que somos un número considerable los que no aceptamos estas conductas, que están destruyendo el tejido social brutalmente. Es un hecho que la sociedad ya no acepta el engaño, porque está sufriendo las consecuencias en carne propia. ¡Tenemos que cerrar esta caja de pandora, para tener armonía en la sociedad! No olvidemos que los valores se enseñan con el ejemplo.

La solución no es provocar más violencia, debemos trabajar todos en la sociedad para contrarrestar esta situación, ¿Cómo? Difundiendo conductas correctas, en el hogar, en las escuelas, en el trabajo, en las calles y castigando las conductas incorrectas. Es necesario poner límites, se debe sancionar, escarmentar, para eso están las leyes, pero cuando no se respetan los sucesos se salen de contexto. Lo exhorto a difundir los valores éticos y a rechazar categóricamente los antivalores, para exigir justicia a quien tiene la responsabilidad de hacerlo, cuidarnos entre nosotros para sentirnos protegidos y vivir en armonía. Ya es hora de darle la cara a la indiferencia social y enfrentar la realidad con hechos efectivos.

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