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Alis aprendió a volar desde una silla

Susana Cepeda Islas

En esta ocasión quiero compartir la historia de una mujer espectacular: Alicia Salguero Gómez, originaria de San Luis Potosi. Es joven, de cabello corto, complexión delgada y ojos grandes, vivarachos, llenos de una energía que contagia al instante. Conversar con ella te hace reflexionar sobre lo maravillosa que puede ser la vida, aun en medio de las circunstancias más adversas. Sus palabras, llenas de sabiduría, me hicieron comprender que todo cuanto nos rodea está en constante transformación; nada permanece inmóvil. También cambia la vida, en un instante sin decir “agua va” se transforma. Basta un segundo solamente para alterar radicalmente la estabilidad y modificar, de tajo, el rumbo de nuestra historia personal. Los cambios llegan en silencio, sin avisos, sin señales.

Alis como la llaman de cariño, llegó a este mundo dispuesta a conquistarlo. Esa intensidad por vivir la llevó a hacerlo con una pasión desmedida y con prisa. Decidió estudiar gastronomía en la ciudad de Puebla, pronto sintió que le quedaba pequeña. La recorrió de punta a punta, sus lugares favoritos eran los bares y las discotecas. Le gustaba bailar, conversar, reír, pasársela al máximo.

Una mañana de febrero de 2006 tomó su automóvil para realizar unos pendientes. Pasó por su amiga Sara para que la acompañara. Durante el trayecto sonó el celular, al intentar tomarlo, éste resbaló hacia el lado del copiloto. Alis se agachó para recogerlo y, en ese instante perdió el control del vehículo. El auto comenzó a dar vueltas hasta quedar completamente destruido. Sara salió ilesa, pero Alis no corrió con la misma suerte. No podía mover las piernas. Fue llevada al hospital y el diagnóstico fue devastador: parapléjica. Las vértebras cervicales seis y siete se habían fracturado.

Gracias al apoyo incondicional de su familia, así como innumerables terapias, consultas médicas, visitas a santeros y plegarias a los santos lograron aminorar los daños físicos. Tiempo después los médicos encontraron que un tornillo mal colocado en una de las operaciones había causado grandes daños en su frágil cuerpo. En este largo recorrido entre hospitales y especialistas, enfrentó otras enfermedades como hidrocefalia, meningitis, septicemia, desnutrición. Desde entonces, la silla de ruedas se convirtió en su compañera inseparable.

A pesar del tortuoso camino, Alis no se raja ante nada, no hace drama, ni se victimiza. Las conferencias que imparte son sobre el tema de la prevención de accidentes y otras donde comparte su historia y sus experiencias, las cuales tienen una gran carga de optimismo. Sin duda, toca corazones. Lee para crecer y está en la constante búsqueda de herramientas y nuevos aprendizajes que hagan menos doloroso su destino.

Aprendió a bañarse sola, a vestirse, cocinar, a ser económicamente independiente. Realiza labor social, viaja, en fin, esta activa a pesar de las circunstancias. En este proceso ha contado con el apoyo incondicional de su familia, maestros, colegas, amigos, doctores, enfermeras, psicólogas, personas que se han cruzado en su vida.  Además, descubrió la natación. Para ella esta actividad “es un desahogo, una fuga, una manera de regresar a mí cuando el mundo me queda grande”. Se animó a competir tanto en alberca como en aguas abiertas. En el agua encuentra libertad, se siente ligera, purificada, lejos de las limitaciones de su discapacidad. También escribió un libro titulado Lo que quiero es vivir, donde relata sus experiencias antes y después del accidente que marcó su vida para siempre.

Alis es una mujer valiente. Superó no sólo el accidente, sino también la muerte de su padre, quien en todo momento no dejó de repetirle de distintas maneras, que no se rindiera. Ella es un verdadero ejemplo de vida. Aprendió a aceptar la realidad sin perder el sentido del humor y buscando soluciones. Como ella misma dice: “Vivir con plenitud y disfrutar los pequeños detalles. Abrazo la vida con amor, dignidad y gratitud”. Alis aprendió a volar desde su silla.

Mi corazón encontró a Saltillo

Susana Cepeda Islas

La vida pasa a gran velocidad. tanto que apenas permite respirar; es como un suspiro que se nos escapa entre los dedos. Hace más de veinte años dejé la ciudad de México para siempre y llegué a Saltillo, una ciudad que me recibió como si siempre hubiera sabido que algún día volvería a casa. Mi primer encuentro con Saltillo ocurrió antes de imaginarlo como destino final. Mi padre nació en Ojinaga, Chihuahua, le llaman la “Perla del Desierto”: tierra árida, de clima extremo, agua salada y gente forjada en el trabajo. Mi padre nunca olvidó su origen. Siendo muy joven partió a la Ciudad de México para estudiar, formó ahí su familia y, sin falta, cada año regresaba a visitar a sus padres. En esos viajes, cuando las vacaciones marcaban el calendario, salíamos rumbo a Chihuahua y hacíamos una pausa en Saltillo. A mis hermanos y a mí nos gustaba detenernos ahí: cenábamos en el Merendero Saltillo y compartíamos gustosos el pan de pulque tibio y delicado. Sin saberlo, esa fue mi primera cita con la ciudad.

Años después, en la Ciudad de México, conocí al hombre que sería mi esposo, nacido en Saltillo, donde su familia echó raíces profundas. Como mi padre, él también mantenía el ritual del regreso. Ya casados, visitábamos la ciudad dos veces al año. Yo venía de una familia poco fiestera: las navidades eran silenciosas, la cena temprana y el sueño inmediato. En mi familia se festejaban la llegada de los Reyes Magos, quienes llegaban de madrugada, dejaban los juguetes junto a los zapatos colocados con ilusión en la ventana.

Mi primera navidad en Saltillo fue una revelación. A las once de la noche se servía la cena y, en cuanto terminaba, mi suegra la guardaba con sigilo. Poco después de la media noche, la casa comenzaba a llenarse: tíos, sobrinos, amigos. Las risas crecían con la noche y, entrada la madrugada, el hambre volvía a llamar. En ese momento la mesa reaparecía y todos comían como si el tiempo no existiera. La fiesta duraba hasta el amanecer y yo entendí que ahí la familia no se contaba por horas, sino por encuentros.

La imagen que guardé de Saltillo en mi memoria fue la belleza de sus cerros abrazando la ciudad, un cielo azul, libre de smog. Luego apareció majestuosa la Catedral de Santiago Apóstol, donde descansa el Santo Cristo de la Capilla que cada 6 de agosto es recordado con los bailes de los matachines en una gran fiesta.  Cada rincón está cargado de historia. Me detuve al encontrarme en sus calles angostas, en los imponentes edificios de la época colonial que parecían resistir el paso del tiempo con dignidad. En el palacio de Gobierno, los murales me hablaron con sus imágenes: pintado en la escalera principal La trilogía de Saltillo, de Jorge González Camarena, y otro mural de Salvador Almaraz, donde plasma la historia de Coahuila, recordándome que una ciudad también se cuenta en colores. 

Saltillo se me reveló en los exquisitos sabores dulces y salados. Aquí la carne tiene carácter, los quesos identidad, los tamales otra voz y en los dulces su sutileza. También se come asado, cortadillo y tortillas de harina que no se parecen a ninguna otra y su inigualable pan de pulque. No cabe la menor duda que la cocina también tiene memoria.

Para mí no fue igual, porque llegué cargando en la espalda la prisa de la Ciudad de México, esa urgencia constante por llegar, por sobrevivir, por regresar a casa con bien. Allá, el miedo camina siempre a tu lado y las distancias lo alargan todo. En Saltillo aprendí a habitar el tiempo, a disfrutar la calma y, finalmente, a vivir. Hoy agradezco profundamente a esta bella ciudad que nos transformó. Mi familia creció, mi esposo y yo avanzamos profesionalmente, hallé una manera diferente de estar y aprendí a disfrutar de sus paisajes que alimentan el alma, espacios cercanos que te invitan a descubrir, una cocina que abraza, amistades sinceras y una vida cultural vasta y generosa. Es un hecho: mi corazón encontró a Saltillo. 

Cuando la arrogancia impide aprender

Susana Cepeda Islas

Hace unos días fui a desayunar a un restaurante. Al momento de pagar en la caja, me llamó la atención que la cajera no sabía cómo realizar el cobro; deduje que era nueva en el lugar. La gerente, al percatarse de la situación, se acercó a ella para darle las instrucciones adecuadas. Observé en el rostro de la joven cajera gran malestar; no miraba a la gerente y, como era de esperarse, se equivocaba constantemente. Al repetir en varias ocasiones el procedimiento y tomarse más tiempo del necesario, le dije que no se preocupara, que yo podía esperar; que, si se tranquilizaba, todo saldría bien. La joven no me contestó y menos aún me miró, estaba enojada. La arrogancia le impedía aprender.

Esta situación me hizo reflexionar sobre las actitudes negativas que tenemos las personas, como lo es la arrogancia: esa condición humana que nos lleva a considerarnos superiores a los demás, despreciando a quienes nos señalan nuestros errores, manifestando una excesiva valoración y una evidente falta de humildad. El Diccionario de la Lengua Española define la palabra arrogancia como altanería; se deriva del latín arrogantia, que significa atribuirse cualidades de manera exagerada. Es decir, las personas prepotentes se creen expertas en todos los temas, aunque no los dominen y, por lo tanto, no escuchan opiniones las descalifican.  

Con frecuencia nos encontramos a este tipo de personas. Las identificas cuando entablas una conversación con ellas, suelen interrumpir constantemente para corregir las opiniones del interlocutor, les es imposible aceptar las críticas y reaccionan de manera agresiva. Los estudiosos del tema aseguran que una persona arrogante posee un orgullo extremo, soberbia y por supuesto un alto grado de altanería, porque se sienten superior a los demás.

¿Qué existe detrás de este comportamiento de exagerar su propio valor? Ni más ni menos que un mecanismo de defensa para ocultar inseguridades: una autoestima frágil, miedo a cometer errores, al fracaso, y, sobre todo, a mostrar su vulnerabilidad. Para combatir esos miedos, se alimentan de aires de superioridad, buscan el protagonismo constante y sienten la necesidad de destacar, incluso a costa de despreciar a los demás.

En cualquier tipo de ambiente social es común encontrarlas. La mejor manera de enfrentarlas es echar mano de la comunicación asertiva: ser claros y firmes, poner límites sin perder la calma y, sin tomar sus actitudes de manera personal. Evitar entrar en competencia resulta clave, al no reaccionar con ira, automáticamente la actitud arrogante pierde fuerza.

Está comprobado que el mejor antídoto es la humildad, considerada como una virtud humana. Actuar con humildad implica comportarse sin presunción, ser sencillos, honestos, actuar con respeto, con modestia, sin la necesidad de sobresalir por encima de los demás.

No hay que olvidar que a las personas arrogantes les cuesta aceptar la igualdad. Les resulta difícil comprender que todos los seres humanos, sin importar su origen, religión, color de piel, preferencia sexual o lugar de nacimiento, compartimos la misma esencia. Tener mayores oportunidades no hace a nadie superior.

Al final, la grandeza de las personas no es imponerse sobre otros, es reconocer nuestras limitaciones, aprender de los demás y actuar con respeto. La humildad no disminuye a nadie; por el contrario, lo engrandece, lo dignifica y acerca con los otros, recordándonos que, en nuestra condición humana, todos estamos en el mismo nivel. El filósofo y obispo San Agustín afirmaba que: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”, la máscara de la superioridad es útil para esconder la debilidad interna.

Historias al calor de la mesa

Susana Cepeda Islas

Hace unos días llegó a mis manos el libro Una anfitriona perfecta. Cuentos para cocinar, de Felipe Garrido y Maruja Nahle, con ilustraciones de Pau Masiques. Como pocas veces me sucede, me alegró profundamente la noticia de tener la fortuna de presentarlo en la Feria Internacional del Libro de Coahuila que se ubica en el Centro Cultural Universitario Campus Arteaga. No es algo que suceda con frecuencia. Esta vez fue distinto. Mi entusiasmo se debió a dos razones:

La primera fue la oportunidad de acercarme a la obra de Felipe Garrido. En una entrevista, señaló que aprendió a ser escritor leyendo. Para él, “la literatura no es una colección de datos, sino una experiencia. No se enseña; se comparte”; y también afirma que “el escritor nunca inventa historias, sino que las descubre a su alrededor", viviendo "habitados por el caos de su persona y por el caos del mundo”. Aficionado a las lecturas de Juan Rulfo, de Arreola, y de Julio Torri, entre otros escritores, logra representar de manera sencilla y con palabras precisas, lo cotidiano. Por ello, sus cuentos son sencillos y, al mismo tiempo, profundamente humanos. Sus cuentos nos hablan de lo cercano, de aquello que muchas veces pasa desapercibido. Coincido con él: en que la palabra escrita sirve para dar vida a las ideas y compartir historias que cobran sentido en quien las lee.

La segunda razón es personal: una de mis grandes pasiones es mi amor por la cocina. Cocinar es una forma de amar. Es reunir, compartir, crear inolvidables momentos. Estoy convencida que lo que une a la familia es la comida, pues, además de alimentar el cuerpo, alimenta el alma. Y este libro lo expresa de manera entrañable.

Admiro el tino de Maruja para seleccionar los cuentos del libro La musa y el garabato de Felipe Garrido, y complementarlos con las recetas provenientes de los recetarios de la abuela de Maruja y de ella misma. Esta tarea que funcionó y fue posible gracias al apoyo de su mamá, Maruja Ortiz.

En el libro se entrelazan la narrativa y la cocina: cada cuento va acompañado de un menú de recetas tradicionales, sencillas de preparar. Para abrir el apetito encontramos platillos como Pato en salsa de mango y tejocote; una sopa de poro y papa, acompañada de una nieve de membrillo, junto con agua con perejil y limón.

La anfitriona es la tía Martucha, a quien describe Fernando como: “es una mujer pequeñita, un poco jorobada. Le gusta usar joyas de fantasía y vestir blusas de seda. Tiene el cabello blanco y crespo, la piel floja, los ojos claros y cansados. Cuando fuma, la memoria se le vuelca; su voz tenue, sin matices, comienza a bordar el recuerdo”.

La acompañan personajes entrañables: Toña, la encargada de preparar los exquisitos platillos y de lavar trastes mientras canturrea; la tía Beba, con sus recuerdos familiares; la tía Celia, de gran apetito; Fermin, el protestón; el Nene, futbolero de corazón; y Martín con su copete rubio. En cada encuentro alrededor de la mesa se comparten silencios, enojos, alegrías, enfermedades, historias, recuerdos, anécdotas, sueños, triunfos, romances y, por supuesto, las manías de la familia. Los diálogos fluyen en ese espacio íntimo que es la mesa, testigo de la vida familiar.

Gracias a la creatividad de Pau. Estos encuentros están acompañados por bellas ilustraciones que iluminan cada escena familiar. Llama la atención la combinación de colores, así como los creativos trazos y líneas que forman figuras sugerentes. Es increíble el juego de figuras como serpientes, dragones, que describen con gran destreza un mundo mágico, con detalles simbólicos, llenos de humor que llevan a un mundo medieval. Las imágenes invitan a abrir el libro, a disfrutarlo, saborearlo e imaginar a sus personajes compartiendo conversaciones alrededor de la mesa. No se pierda la oportunidad de disfrutar este bello libro.

Amar los libros

Susana Cepeda Islas

En toda sociedad es importante fomentar el amor por los libros. Indudablemente, son un refugio que ofrece contención emocional y mental; nos permite vivir múltiples experiencias, conocer lugares y adentrarnos en el mundo de la imaginación. Aportan conocimientos, descubren nuevos horizontes y alejan de la odiosa sensación de soledad. Abaten con gracia el aburrimiento, resultan de gran ayuda en tiempos difíciles y se convierten en grandes y fieles compañeros de vida al propiciar crecimiento espiritual. Y, quizá lo más importante, nos brindan las herramientas para pensar, pues nos invitan a la reflexión.

Amar los libros es amar las distintas expresiones del ser humano. Las reflexiones de algunos escritores entorno a ellos son muy variadas. Para Humberto Eco, constituyen la herramienta perfecta creada por el hombre. Para Isabel Allende, son vehículos de memoria, viajes al pasado y al alma. Gabriel García Márquez consideraba que representan una extensión de la vida, capaz de ayudarnos a comprender la realidad, la historia y la propia identidad. Por su parte, Rosario Castellanos veía en los libros una forma de resistencia y subversión, un espacio de construcción intelectual y personal. Para Carlos Fuentes, los libros son un organismo vivo, un diálogo eterno entre pasado y presente.

En alguna ocasión me han preguntado: ¿Cuál es tu libro favorito? Me cuesta trabajo responder, porque no tengo uno solo; la lista es extensa. Cada uno ha dejado una huella imborrable en mi vida. Me han ofrecido distintos matices sobre un mismo tema y han provocado una amplia gama de emociones: alegría, coraje, llanto, melancolía, sorpresa, incredulidad, miedo, recuerdos e incluso rechazo. En fin, una lista interminable.

Una gran oportunidad para acercarse a ellos son las ferias del libro. Según registros, la ciudad de Madrid España organizó la primera en 1933. En nuestro país, José Vasconcelos impulsó este tipo de encuentros en 1924. En Coahuila, esta tradición inició en 1997. Sus objetivos son promover la lectura y difundir el conocimiento. Son, además, espacios de encuentro entre lectores y autores que facilitan el acceso a la literatura.

El viernes pasado, los coahuilenses recibimos una gran noticia por parte de las autoridades estatales: en rueda de prensa se anunció que la Feria Internacional del Libro Coahuila 2026 se llevará a cabo del 24 de abril al 3 de mayo, con España como país invitado. Lo sobresaliente de este evento es que no solo tendremos la oportunidad de adquirir libros, sino también de asistir a talleres para todas las edades, presentaciones de libros, conocer nuevas propuestas, disfrutar de actividades artísticas y adquirir artesanías. El eje temático en esta ocasión será: futbol, arte y cultura. Se realizará en Saltillo y Torreón.

El público tendrá la oportunidad de interactuar con los círculos de lectura. Estos espacios idóneos para interactuar con otras personas, que se reúnen periódicamente en distintos lugares —casas, cafés, restaurant — para dialogar y compartir diferentes puntos de vista sobre la lectura de un mismo libro, así como vivencias personales, en un ambiente de confianza y respeto.

La cita en Saltillo es en el Centro Cultural Universitario Campos Arteaga. Estamos invitados a apoyar con nuestra presencia y la de nuestras familias; es una excelente oportunidad para que nuestros autores favoritos nos firmes sus libros y, ¿por qué no?, tomarnos una fotografía. Entre páginas y voces se abre un universo infinito que habita en los libros. Acerquémonos a ellos y hagámoslos nuestros aliados, porque amarlos nos abre la puerta a una infinidad de vidas, donde siempre hay algo nuevo que sentir, aprender y soñar.

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