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Nunca rendirse

Susana Cepeda Islas

La vida es como un juego de sube y baja: a veces estás en lo alto y otras tienes que descender. Cuando estás arriba, no haces el menor esfuerzo, sientes que flotas, te sientes libre. En cambio, cuando estás abajo, debes hacer un gran esfuerzo para sostener a quien se encuentra en lo alto. ¿En dónde está escrito que la vida debe ser cómoda, tranquila, llena de satisfacciones y alegría, libre de enfermedades, sin contratiempos financieros, en permanente paz? Esa es una idea que esta sociedad nos ha ofrecido como si fuera una promesa. No nos enseñan a no rendirnos ante la adversidad.

Rendirse implica no oponer resistencia a lo que es, aceptar las experiencias internas, la vida y a los demás tal como son. Sin embargo, cuando nos rendimos en un sentido negativo, claudicamos: nos damos por vencidos, dejamos de luchar, nos sentimos derrotados. Nos sometemos al dominio de algo o de alguien. El problema surge cuando aplicamos este verbo de manera nociva, pues inevitablemente se deteriora nuestra salud mental y emocional, dando paso al pesimismo, al miedo y a la falta de esperanza.

Los estoicos seguidores de la escuela filosófica fundada por Zenón de Citio se basaban en el dominio de las emociones, la razón y la virtud para alcanzar la felicidad. Proponen aceptar el destino y desarrollar la habilidad para distinguir entre lo que podemos controlar, lo que depende de nosotros y aquello que no está bajo nuestro control.

Para los budistas, el principal propósito es alcanzar la iluminación espiritual o nirvana, es decir, dejar de sufrir. Esto se logra a través de la sabiduría y la compasión eliminando el apego, que consiste en no atarse a personas, cosas, ideas o experiencias impermanentes. Otro elemento es el deseo, entendido como el anhelo ansioso o la codicia: cuando se cumple un deseo, surge otro, y cuando no se realiza, genera frustración en un ciclo interminable. Finalmente, la ignorancia, que es la percepción errónea y profunda de la realidad, también es causa del sufrimiento.

Para no vivir estresados ni quedar estacionados en el sufrimiento, es necesario aprender a ser resilientes. El diccionario de la Real Academia Española define la palabra resiliencia como aquella capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. Es, en esencia, la capacidad que desarrollamos para recuperar nuestro estado inicial cuando pasa la perturbación. En la vida es imposible no encontrar obstáculos. Siempre aparecen un impedimento, dificultad o inconveniente que nos sacan de balance y nos dificulta avanzar hacia lo que nos proponemos. Estas situaciones forman parte del camino y no una señal de fracaso o derrota, sino una invitación a fortalecernos.

Ante la adversidad, los psicólogos recomiendan mantener una mente positiva, tomar distancia del problema y no dejarse llevar por lo sucedido. Hay que recordar que todo ocurre por alguna razón ayuda a recuperar la calma. También es fundamental enfrentar la situación con valentía, explorar distintas situaciones y buscar apoyo de personas especializadas que puedan orientarnos para encontrar el mejor camino y superar lo vivido.

Estoy convencida que la adversidad fortalece.  Cada dificultad es un aprendizaje que impulsa el crecimiento personal y nos prepara para afrontar nuevas experiencias. Incluso en los momentos difíciles, es importante no perder la esperanza. No rendirse es aceptar que habrá subidas y bajadas, luz y sombra, esfuerzo y descanso, porque la vida no se trata de mantenerse arriba, sino entender que cada vez que bajamos, a impulsarnos con sabiduría y seguir adelante porque como dice el refrán popular. “Ante los golpes de la vida, se presenta la elección de romperse como el cristal o forjarse como el hierro”.

El pan guarda la memoria

Susana Cepeda Islas

En esta época de frío es inevitable el antojo de un pan acompañado de alguna bebida caliente, como café, atole, chocolate o té, en fin, cualquiera de ellas —o la que prefiera — resulta una excelente elección. Se cree, aunque no existe certeza absoluta, que gracias al descubrimiento del fuego y al desarrollo de la agricultura, a alguien se le ocurrió la maravillosa idea de mezclar plantas de cereales silvestres con otros ingredientes, como el agua, logrando así obtener el primer pan. Con el paso del tiempo, y debido al perfeccionamiento de las técnicas y, por supuesto, a los distintos tipos de hornos, se consiguió un producto cada vez mejor, hasta convertirse en uno de los alimentos básicos de la humanidad.

El pan que hoy conocemos llegó de Europa y se fusionó de manera extraordinaria con las tradiciones de nuestro país. De elaborarse inicialmente de forma casera a industrializarse, actualmente encontramos una gran variedad de ellos, tanto dulces como salados: la baguette francesa, el pan pita, el bolillo, chapata, entre muchos otros. Para los griegos, el pan formaba parte de un ritual de origen divino. El dios Pan, protector de los pastores, los rebaños, la naturaleza y la fertilidad, es representado como mitad hombre y mitad cabra —cuernos, patas y barba —, refleja múltiples facetas tanto de la naturaleza como de la psique humana; por ello, es descrito en muy variadas fuentes y con linajes distintos.

En la Biblia, el pan simboliza la provisión divina: aquello que nos fortalece física y espiritualmente. Además, representa el sacrificio de Jesús, la fidelidad de Dios, la comunión con Él y el alimento para la vida eterna. En nuestro país, el pan forma parte esencial de las tradiciones; representa identidad, unión familiar, fe y el recuerdo más preciado de nuestros seres queridos. Es una ofrenda presente en diversas festividades, como el Día de Muertos o la celebración de los Reyes Magos; es cierto: el pan guarda la memoria.

La ciudad de Saltillo no es la excepción. Desde que vivo aquí, me sorprende la exquisitez única del pan de pulque, elemento de identificación, tradición y herencia tlaxcalteca de aproximadamente 400 años. Me encanta escuchar las historias de mis parientes y amigos de mi edad —más de 60 años —, quienes narran con gran orgullo cómo, de niños, sus madres los mandaban a comprar el pan en el centro de la ciudad. Fue así como ahí empecé a identificar las calles donde se ubicaban las panaderías emblemáticas, como las de Muzquiz o Manuel Acuña.

Lamentablemente, la panadería La Chontalpa ya desapareció, pero aún sobreviven establecimientos como El Merendero, con más de 150 años de historia y famoso por su pan de pulque. Se cuenta que este lugar era frecuentado por Benito Juárez, a quien le gustaba especialmente las empanadas de nuez. También permanece El Radio fundada en 1920 por don Juan Guzmán, donde se elaboran más de 40 distintos tipos de pan, así como la Panadería la Crema, con una larga tradición de más de 35 años, caracterizada por haber desarrollado técnicas de fermentación prolongada que otorgan un sabor especial a sus productos.

En la cocina mexicana, la elaboración del pan encierra mágicas técnicas y habilidades desarrolladas a lo largo de la historia; por ello, es indudable que se trate de un símbolo de identidad, un legado que ha sido transmitido de generación en generación, que representa abundancia, buena voluntad y prosperidad. Le recomiendo, entonces, olvidarse por un momento de la dieta: vaya a la panadería, cómprese una Concha, rellénela con nata o, mejor con cajeta, y disfrute plenamente su sabor.

En busca del silencio

Susana Cepeda Islas

Vivimos en un mundo dominado por la tecnología, lo que provoca un mundo ruidoso. Si reflexionamos un poco al respecto, los sonidos están por todas partes invaden, sin pedir permiso, nuestro espacio. Es innegable que la contaminación acústica nos altera seriamente, provocando complicados daños en la salud y en las emociones. Pocas veces reflexioné sobre este tema tan importante para nuestras vidas. El detonante fue una extraordinaria exposición de la obra artística de Brenda Cristán, titulada Silencios, que fue presentada en el museo “Rubén Herrera” el 13 de enero de este año. Por cierto, es la primera vez que voy a ese lugar y es espectacular.

Tuve la fortuna de conocer a Brenda hace varios años; fue maestra de yoga de mi nieta y ahora, es mi maestra. El yoga es una disciplina que amamos. Al practicarlo, el silencio es crucial para calmar la mente, que es siempre ruidosa y nos distrae de lo importante. Ella me ha enseñado que, con la disciplina del yoga, se llega a la claridad mental y se gana el premio mayor: la presencia plena junto con la conciencia de la respiración y del cuerpo; así se consigue escuchar la voz interior. También compartimos el amor por el bordado y la lectura.

Brenda Paola Cristán García es arqueóloga, maestra de yoga y artista visual. Una mujer con una gran sensibilidad, comprometida con el cuidado de la naturaleza, lo que la convierte en una verdadera guardiana del ambiente. Manifiesta su amor por el mar, las plantas y los animales. Parte de su creatividad se revela como bordadora artística, expresa su arte mediante el uso de elementos como las tijeras, el hilo y la aguja. Utilizando una gran variedad de puntadas tradicionales —como satén, cadeneta, nudo francés — crea obras únicas. Su creatividad se expresa en todo tipo de telas, lanas, abalorios, lentejuelas, pedrería, plumas, ramas de plantas y cualquier objeto que ayude a culminar su obra.

Brenda me comentó que: “Llevo más de doce años bordando, todo comenzó acompañando a mi mamá a un taller de patchwork y ahí me conecté inmediatamente con el textil. Me encantó la versatilidad de trabajar con el hilo y la aguja. Me parece que todo lo que se hace con las manos está conectado con el corazón, con la emoción”. Esta experiencia se refleja en su obra: una pieza textil de más de 12 metros de largo fragmentada en 8 tramos. Utilizó un paño de lana en el que, al observarlo detenidamente, sobresalen pedazos de paja. Eligió el color gris por considerarlo color neutro y suave; el hilo rojo resalta en la obra rompe y altera, como sucede en la vida. La elaboración comenzó en el mes de enero del 2025, imaginemos el número de horas que le dedicó.   

En su obra recupera su capacidad autobiográfica y expresiva, nos invita a buscar espacios de paz. En cada tramo se manifiesta su intuición; se observa el cuidado con el que sus manos, cargadas de emociones fueron rellenando los contornos de las figuras de múltiples formas, hechas con gran destreza.  En cada puntada se percibe la dificultad de elaborar bordados densos. Brenda nos habla a través de su obra y nos enseña que, si nos acostumbramos a practicar el silencio en la vida cotidiana, se produce la magia al encontrarse con la calma, a desconectarnos de lo inútil y de escuchar el cuerpo.

Al igual que muchos filósofos, psicólogos, escritores, músicos, Brenda también explora el poder transformador del silencio. No recuerdo donde leí que: "El silencio es el espacio donde se cultiva la excelencia". Desafortunadamente, no lo entendemos así; la mayor parte de las personas le tienen miedo. No olvidemos que el silencio es sanador.

El placer de la música

Susana Cepeda Islas

La música ha estado presente en la humanidad desde sus orígenes. En la Prehistoria se vinculaba con la caza, la guerra y las danzas; posteriormente, atravesó las distintas etapas históricas —Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea— acompañando la evolución social y cultural del ser humano. No cabe duda de que la música es un medio de expresión con la capacidad de comunicar emociones, pensamientos y experiencias. Sus manifestaciones varían según el contexto social, pues forma parte de la identidad colectiva, refleja los valores, las tendencias y los desafíos de cada época.

La música puede producir bienestar o, en algunos casos, lo contrario; todo depende de los patrones rítmicos y melódicos. Tiene el poder de evocar los recuerdos y de conectar las neuronas, estimulando las emociones que pueden potenciar tanto la felicidad como la melancolía. Sin embargo, cuando la escuchamos y nos produce placer, se convierte en una experiencia única para cada persona, ya que activa el cerebro y libera dopamina, un neurotransmisor cerebral responsable del movimiento, la motivación, el placer y la recompensa.

A lo largo de nuestra vida, la música esta siempre presente. Nos acompaña en las actividades cotidianas: durante la jornada laboral, para favorecer la concentración al estudiar, para aligerar las tareas domésticas, en eventos sociales, al trasladarnos —ya sea en un vehículo o caminando—, al hacer ejercicio, para relajarnos, descansar o conciliar el sueño. También habita en nuestros diferentes estados de ánimo: cuando estamos eufóricos, tristes, decepcionados o nostálgicos, la música vive en nosotros.

Se le considera un arte porque posee la virtud de organizar de manera sensible y lógica una combinación coherente de sonidos y silencios, a partir de los principios fundamentales de la melodía, armonía y el ritmo. Estos elementos se integran con los de la voz humana junto con los instrumentos musicales, dando lugar a expresiones sonoras cargadas de significado.

En el ámbito de la salud, la música se utiliza como herramienta terapéutica; de ahí surge la musicoterapia, que contribuye a reducir considerablemente la ansiedad, la presión arterial y mejora el estado de ánimo. Asimismo, la música tiene la capacidad de abordar problemáticas sociales y políticas, transmitiendo mensajes que promueven la conciencia social y por ende la justicia. Crea vínculos entre las generaciones, permitiendo compartir experiencias y recuerdos a través de canciones que son representativas en cada etapa de la vida. En la actualidad, además, se ve influida por el avance tecnológico, lo que ha dado origen a nuevos géneros, estilos y formas de creación.

La educación musical es crucial para las personas de cualquier edad, especialmente durante la infancia, ya que favorece la apreciación de la armonía, el ritmo, la creación y el análisis musical, impulsando el desarrollo cognitivo, emocional y social. Por ello, debería ser obligatoria en todos los niveles educativos, no solo para comprender las notas musicales, sino porque es una herramienta capaz de transformar vidas y de desarrollar habilidades que trascienden el ámbito artístico.

Estimulemos el placer por la música en nuestro entorno social mediante acciones sencillas: escuchar activamente las melodías, explorar diferentes géneros de música —desde la clásica, jazz, hasta la folclórica —, animarnos a tocar un instrumento musical y asistir a conciertos, que afortunadamente en nuestro estado pueden disfrutarse incluso de manera gratuita. Como afirmó el filósofo Friedrich Nietzsche “Sin música, la vida sería un error”.

Liberarse del resentimiento

Susana Cepeda Islas

Los videntes y estudiosos del tema de la espiritualidad afirman que en el 2026 se abre un portal energético numérico 1.1.1. Esta alineación es triple y, por ello, muy poderosa. Este año vibra en la frecuencia 1 que simboliza el inicio, la unidad y la fuerza para alcanzar metas. Por lo tanto, se incrementarán la intuición, la percepción y la creatividad. Asimismo, se fortalecerá la conexión con nosotros mismos, lo que permitirá que se cumplan todos nuestros deseos.

Es una buena noticia, ya que se pronóstica un excelente año para todos. Es un buen momento para iniciar el 2026 con nuevos bríos. Por ello, se presenta una oportunidad para liberarnos del resentimiento, el enojo y la ira hacia quienes nos han dañado, y dejar ir pensamientos y emociones tóxicas, entre otras situaciones negativas. Algunas personas, por ignorancia, nos tratan mal, nos menosprecian, no cumplen sus promesas, nos traicionan, mienten o abusan de nosotros. Aprovechemos las bondades que ofrece este año para liberarnos de esos pensamientos negativos a través del perdón.

La palabra perdón viene del latín perdonare, que significa “dar completamente” o “regalar por completo”. En el diccionario de la Real Academia Española significa: “remitir la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa”. Para la biblia el perdón es una decisión de dejar ir el rencor y la amargura, eligiendo la misericordia sobre la venganza. Realmente, es una decisión dejar de alimentar el resentimiento; esta elección permite seguir adelante y disfrutar los buenos momentos en vez de quedarnos dando vueltas a la acción que nos dañó y dejar de vivir lo que realmente importa y alimenta el alma.

Cambiemos de chip sobre las situaciones que nos causan dolor. Somos expertos en revivir la ofensa constantemente, una y otra vez, lo que nos lleva a la frustración, la decepción, la ira y la amargura, sobre todo si quien nos hizo daño es alguien que nos importa. En un curso que tomé sobre budismo nos explicaban que existe una cita popular atribuida a Buda que dice: “Aferrarse al odio, es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera”. Por supuesto, el odio es dañino para uno mismo, somos nosotros quienes pagamos un alto precio. Quien se enferma de odio somos nosotros, mientras tanto la otra persona va por la vida muy campante. Es recomendable perdonar, aunque resulta complicado entenderlo y hacerlo, porque nunca se olvida a la persona que nos ofendió o lastimó.

La psicología dice que el perdón tiene etapas como: reconocer el daño; aceptar las emociones; tomar la decisión de perdonar; ser empáticos; dejar el resentimiento. Perdonar no significa volver a ponernos de tapete para que nos pisoteen; es entender las causas que provocaron el comportamiento de la persona que nos causó daño. Cuando logramos perdonar, somos capaces de ver a esa persona a los ojos y no sentir dolor de estómago, incomodidad, ni resentimiento, sino comprender las causas de su comportamiento. En ese maravilloso momento entenderemos el alivio que se experimenta al liberarte de sus garras. ¡Ganamos!

Si liberamos el odio y somos capaces de perdonar, automáticamente nos despojamos de los sentimientos negativos. Logramos autocuidarnos emocionalmente, sanar heridas, desarrollar la empatía, comprender las imperfecciones humanas. Santa Teresa de Calcuta comentaba que: “El perdón es una decisión, no un sentimiento…”. Así, nosotros elegimos que camino tomar; no olvidemos que el perdón nos permite avanzar y llevar una vida plena.

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