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Donde florecen las palabras

Susana Cepeda Islas

Es un buen momento para festejar a uno de los géneros literarios más hermosos: la poesía, que se conmemora cada año el 21 de marzo, Día Mundial de la Poesía, por iniciativa de la UNESCO desde 1999, con el propósito de: “…honrar a los poetas, revivir tradiciones orales de recitales de poesía, promover la lectura, la escritura y la enseñanza de la poesía, fomentar la convergencia entre la poesía y otras artes como el teatro, la danza, la música y la pintura, y aumentar la visibilidad de poesía en los medios. A medida que la poesía continúa uniendo personas en todos los continentes, todos están invitados a unirse”.

En nuestro país, esta fecha coincide con la entrada de la primavera, una estación que tiene un gran significado en la naturaleza, pues simboliza el renacimiento, la renovación, el despertar de la energía y el florecimiento. Llega con el equinoccio de primavera, un fenómeno astronómico que señala el momento en que el Sol se encuentra directamente sobre el ecuador, lo que da como resultado días y noches de duración casi igual. Es el despertar después del invierno, un buen momento para sembrar; el paisaje se cubre de colores y olores, marcando un ciclo de renovación vital.

En la poesía florecen las palabras, es una bella manifestación del lenguaje, que forma versos de manera estética para expresar emociones, ideas y, sobre todo, la belleza. Los poetas emplean diversos recursos y formas, entre los que encontramos: la poesía en prosa, que da mayor importancia a la estética que a la estructura lineal; la lírica, que expresa sentimientos y el mundo interior del poeta; la épica narra hazañas y hechos legendarios; y la dramática, en la que la acción se desarrolla mediante diálogos en verso con estructura métrica y rima.

Como dato interesante, se tiene registrado que la primera persona poeta en la historia fue una mujer: Enheduanna, quien vivió en el siglo c. XXIII a.C. en la antigua Mesopotamia y fue la primera en firmar sus escritos. Nuestro país ha sido cuna de grandes poetas; por mencionar algunos: la “Décima Musa” Sor Juana Inés de la Cruz, Rosario Castellanos, Guadalupe “Pita” Amor, Manuel Acuña, Alfonso Reyes, Amado Nervo, Ramón Lópes Velarde, Octavio Paz y Jaime Sabines entre muchos otros. Nuestro estado tiene una gran cosecha de grandes poetas.

Es indudable que leer poesía te transporta a diferentes escenarios que provocan en el lector diversos estados de ánimo; los versos bailan al ritmo y musicalidad de quien los evoca en palabras.  Nos permiten sentir en lo más profundo del ser emociones como tristeza, alegría, decepción, traición, vida, muerte, paz, violencia, amor, odio, aversión, placer, en fin, nos llevan a transitar por algunos caminos conocidos o desconocidos.

Muchas veces me he preguntado ¿En qué nos ayuda leer poesía? Esta interrogante me ha dado variadas respuestas:  ayuda a identificar, entender y expresar los sentimientos; además, estimula la imaginación, el pensamiento abstracto y creativo, enriquece el vocabulario y estimula nuestra sensibilidad.

La poesía sorprende al lector, cuando muestra la realidad desde diferentes puntos de vista, atraviesa el cuerpo, se sienten los olores, los colores, conecta con nosotros y nos hace sentir las emociones. Por eso es maravillosa, por ello, leamos poesía en familia porque es el lenguaje del alma.

Farol de la calle

Susana Cepeda Islas

Me agrada la sabiduría popular que se manifiesta perfectamente al retratar la realidad en refranes o dichos. Al expresarlos, suelen ir acompañados de un aprendizaje, un pensamiento o una moraleja que sirven para llamar la atención sobre alguna situación. Por ello, utilizo en esta ocasión el refrán “Farol de la calle oscuridad de la casa” para demostrar cómo el gobierno federal parece hacerlo realidad. Con sus acciones es indudable que se preocupa más por servir afuera que cuidar lo más importante: a los mexicanos. Me refiero a la ayuda incondicional que le ofrece el actual gobierno a Cuba, cuando el país no está en condiciones de hacerlo.

Recordemos que en 1959 triunfó la Revolución Cubana, situación que provocó el deterioro de la relación con Estados Unidos, debido al rechazo de Washington por la política comunista asumida por Cuba. En ese momento, nuestro país fue el único que reconoció al nuevo gobierno cubano. Estados Unidos respetó la decisión del gobierno mexicano; sin embargo, se aseguró de que nuestro país no se viera influenciado por la ideología comunista. Su principal líder Fidel Castro, vivió una larga temporada en nuestro país en donde organizó parte de su movimiento. Desde entonces, los gobiernos se han caracterizado por mostrar solidaridad con la isla.

Desde el anterior gobierno Federal se ha evidenciado una admiración excesiva por Cuba: comenzaron los envíos de petróleo, el acuerdo para aceptar médicos cubanos en clínicas de nuestro país y la impresión de libros de texto para la isla. Lo asombroso es que lo que empezó como una ayuda fraternal se ha convertido en una relación asistencialista, o más bien paternalista. El actual gobierno, desde mi punto de vista, ha exagerado la ayuda. Por mencionar un ejemplo reciente, el mes pasado se enviaron dos buques con más de 800 toneladas de carga, entre alimentos de primera necesidad y productos de higiene personal. Además. no sabemos con certeza cuántos barriles de petróleo se envían de manera constante.

Mi asombro radica en que nuestro país no vive precisamente una bonanza financiera como para sostener a otra nación, cuando esos recursos son indispensables para los mexicanos. Actualmente enfrentamos muchas carencias: no hay suficientes hospitales con médicos, equipos dignos ni medicamentos suficientes. Es decir, el sistema de salud presenta graves deficiencias y nunca llegamos a estar a la altura del sistema de salud de Dinamarca, como se prometió. Resulta absurdo recurrir a médicos extranjeros cuando en nuestro país hay profesionales de la salud sin empleo.

No se puede ayudar a otros países cuando la ayuda que se envía es necesaria en casa. Esto me recuerda lo que las azafatas te recomiendan cuando uno viaja en avión: “En caso de despresurización de la cabina, se abrirá automáticamente un compartimiento sobre sus asientos, que contiene máscaras de oxígeno. Coloque la suya sobre la nariz y boca y respire con normalidad; después preste ayuda a quien dependa de usted”.  La lógica es clara: para poder ayudar a otros, primero debemos estar en condiciones de hacerlo.

Por eso sostengo que este gobierno encarna el refrán con el que inicié estas líneas, muy dispuesto a iluminar hacia fuera, mientras dentro de casa persisten la oscuridad y el abandono. Un gobierno responsable debe empezar por cuidar su población. Porque un país donde no se puede garantizar salud, seguridad y bienestar a sus habitantes difícilmente puede darse el lujo de convertirse en benefactor del mundo. De lo contrario, seguiremos siendo       —como bien dice el refrán— farol de la calle y oscuridad de la casa.

Lo público es de todos

Susana Cepeda Islas

Cada mes, de forma casi religiosa, acudo a mi consulta mensual en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) a la clínica 2, para mi revisión médica y para que me surtan el medicamento que tengo que tomar debido a la presión alta que padezco. En mi última visita salí con sentimientos encontrados. Me sorprendió la remodelación que están llevando a cabo en todas las instalaciones; fue tan notable el cambio que por momentos me pareció estar en una clínica privada. Ya no se percibe la imagen deteriorada que veía en cada visita: el piso sucio, los muebles viejos y desgastados, la ropa hospitalaria rota o en mal estado y los rostros de fastidio en muchas personas. En fin, aquello solía parecer una verdadera pesadilla.

Digo que salí con sentimientos encontrados porque, aunque por un lado me sentí valorada como paciente y percibí un trato más digno, por otro me pegunté: ¿Cuánto tiempo conservaremos estas instalaciones en buen estado?  El comportamiento de muchos usuarios no siempre es el adecuado.  Le pongo un ejemplo: imagine la escena: afuera de Urgencias se encuentran familias completas —niños, parejas, personas mayores— permanecen horas, comiendo en la banqueta y dejando kilos de basura a su alrededor, convencidos de que deben acompañar en todo momento al familiar internado. Sin embargo, esa conducta no ayuda ni al paciente ni a ellos mismos. No es un lugar cómodo ni apropiado; además, los niños pueden enfermarse al estar expuestos a infecciones y a condiciones nada higiénicas.

Las creencias y la cultura en nuestro país con frecuencia fomentan comportamientos que nos perjudican tanto en lo individual como en lo colectivo. Falta fortalecer la responsabilidad social, que es simplemente el compromiso ético y voluntario de las personas, y de cualquier tipo de organización para contribuir al bienestar de la sociedad y al cuidado del medio ambiente. Su objetivo es mejorar la calidad de vida de la comunidad y preservar el entorno. Como ciudadanos, deberíamos de asumir el compromiso de cuidar lo público, pues es para el uso y beneficio de todos. Con frecuencia olvidamos que contribuimos a su mantenimiento mediante nuestros impuestos y que, somos los principales beneficiarios de esos servicios.

Cuidar lo público significa valorar los bienes y servicios que están disponibles para todos. Por eso es importante que velemos por su conservación. Es una responsabilidad compartida. Debemos recordar que disfrutar de estos espacios es un derecho, pero también una obligación su conservación.

Un gran problema de lo público es que es de todos y, al mismo tiempo, pareciera no ser de nadie. Olvidamos que nos pertenece colectivamente y reforzamos de que, si no es propiedad individual, no merece cuidado. Esta conducta revela un claro desapego y una falta de responsabilidad hacia los bienes comunes.

Mantenerlos en buen estado es nuestra obligación: no tirar basura para no demeritarlos. Respetar las instalaciones, no dañar o destruir el inmueble o vandalizarlos con escritos o pintas. También es importante evitar el uso excesivo de suministros como agua, electricidad, materiales, telefonía, combustible u otros. Por ello, las instituciones deben emprender una campaña de responsabilidad ciudadana, porque somos excelentes para exigir nuestros derechos, pero pésimos para cumplir con nuestras responsabilidades.  Con el propósito de que los ciudadanos estén conscientes que lo público es de todos.

Herederas de la dignidad

Susana Cepeda Islas

A pesar de los prejuicios que, a lo largo de la historia, se han construido en torno a la imagen femenina —atribuyéndole estereotipos de sumisión, relegándola exclusivamente al cuidado de la familia, cuestionando su capacidad intelectual, minimizando su liderazgo y negando su aptitud para desempeñar cualquier tipo de trabajo—, las mujeres han enfrentado profundas desigualdades en todos los ámbitos. Estas creencias han provocado discriminación sistemática y, en muchos casos, las han convertido en víctimas de violencia extrema.

Sin embargo, frente a este panorama adverso, han existido —y existen— mujeres extraordinarias que, a través del tiempo, han superado innumerables obstáculos. Se caracterizan por un espíritu indomable: aun después de recibir los golpes más duros de la vida, se levantan con dignidad y continúan adelante. Lo admirable es que esos mismos golpes, lejos de destruirlas, las fortalecen. Se esfuerzan por ser mejores personas pese a la adversidad; procuran vivir con plenitud; aman la verdad y la justicia; y, con el paso del tiempo, consolidan sus principios y valores. Son, en suma, las herederas de la dignidad.

Sus acciones inspiran, despiertan admiración y respeto y, sobre todo, se convierten en ejemplo para otras mujeres. Aceptan los retos, transforman su realidad y generan bienestar no solo para ellas, sino también para sus familias y para la sociedad en su conjunto.

La historia nos ofrece figuras simbólicas y reales que representan esta fuerza femenina. Según la tradición judía. Lilith fue la primera mujer en el mundo y también la primera esposa de Adán. De acuerdo con el relato, ambos fueron creados de la misma manera. Sin embargo, Lilith se negó a someterse y exigió igualdad; repetía: “los dos somos iguales, pues ambos venimos de la tierra”. Al serle negada esa igualdad, abandonó el paraíso. En la actualidad, muchas corrientes la consideran un ícono feminista de independencia, aunque algunos textos antiguos la describen como la “madre de los demonios”.

En el ámbito militar, aunque no se tiene registro de quien fue la primera mujer guerrera en la historia, su participación en conflictos bélicos ha sido significativa. Las legendarias Amazonas simbolizan la fuerza y la autonomía femenina en la mitología griega. Encontramos figuras como Artemisa I de Caria, destacada estratega naval; Boudica, reina celta que encabezó una rebelión contra el Imperio romano; y sin duda, Juana de Arco, quien lideró el ejército francés a los 17 años, durante la Guerra de los Cien años. También sobresale Fu Hao (c.1200 a.C.) sacerdotisa y general de la dinastía Shang, quién comandó aproximadamente 13,000 soldados en múltiples campañas militares. Las mujeres no solo han sido protagonistas silenciosas de la historia; han sido arquitectas de cambios políticos, sociales y culturales.

Que el ejemplo de mujeres como Hipatia de Alejandría, quien defendió la libertad intelectual hasta las últimas consecuencias; o de Boudica, que desafió el orden impuesto; o la figura simbólica de Lilith que encarna la resistencia frente a la subordinación, nos motive a no dejar de luchar. Así, las mujeres han caminado por la historia dando pasos firmes a favor de la humanidad. Su legado no pertenece al pasado: continúa escribiéndose cada día con valentía, inteligencia y determinación.

Hoy no hablamos solo de figuras históricas ni de símbolos de resistencia. No hablamos únicamente de mitología, de reinas, de científicas, de políticas o de heroínas. Hablamos de cada mujer que, en silencio, detrás de bambalinas, libra sus propias batallas. Hablamos del ejercicio del poder. Hablamos de estructuras, de instituciones, de decisiones que configuran el destino de las naciones. Cada vez que una mujer se educa, lidera, crea, emprende o transforma, deja una huella imborrable en su camino. Las mujeres no solo heredan la dignidad: La defienden, la reconstruyen y la entregan fortalecida a las futuras generaciones.

El declive de la civilización

Susana Cepeda Islas

Es innegable que la civilización atraviesa una etapa de profundo declive. Esta situación se manifiesta en el estancamiento económico, el agotamiento cultural, la polarización política, la destrucción ambiental y la crisis demográfica. A ello se suman el individualismo, la desconfianza y el debilitamiento de las instituciones, el uso desmedido de la tecnología, un cambio radical en los referentes morales y, por supuesto, la grave fractura en la cohesión social.

Resulta asombrosa la creciente ausencia de espiritualidad y el aumento del nihilismo, corriente filosófica que sostiene que la vida carece de significado o de propósito. Quienes adoptan esta postura suelen rechazar los principios morales, religiosos y sociales. Asimismo, se percibe que muchos de los gobernantes se están encargando de abandonar el principio del bien común, mientras la estructura familiar atraviesa una crisis evidente. En amplios sectores de la población se instala la sensación de pérdida de propósito colectivo y de una decadencia generalizada.

Es cada vez más común que las parejas jóvenes opten por tener mascotas o volcar su afecto en otros proyectos personales en lugar de una familia con hijos. Esta decisión suele estar relacionada con la inestabilidad económica, al alto costo de la vida, la inseguridad, la crisis climática y el deseo de priorizar el desarrollo individual. En muchos casos, la maternidad o paternidad se percibe como incompatible con las aspiraciones profesionales y el estilo de vida contemporáneo. Pareciera haberse debilitado aquella idea de Auguste Comte que concebía a la familia como la célula básica de una sociedad.

La decadencia también se advierte en ciertos ámbitos culturales, como la música, donde emergen figuras idolatradas por multitudes juveniles. Su producción suele mezclar géneros de manera repetitiva, las letras con frecuencia resultan vulgares y superficiales, y la calidad vocal no siempre es prioritaria.  A ello se suma la figura “influencer”: personas que, gracias a una amplia audiencia en redes sociales, influyen en decisiones de consumo, tendencias culturales y de comportamientos. En la gran mayoría de los casos no requiere preparación ni ética profesional, sino únicamente acceso a las plataformas digitales y la búsqueda constante de validación por medio de “likes”, proyectando una vida idealizada que rara vez corresponde con la realidad.

En el ámbito de la identidad y la sexualidad, se han ampliado las categorías tradicionales. Se habla de: el binario, femenino/masculino. Heterosexualidad, atracción por el sexo opuesto. Homosexualidad, atracción por el mismo sexo. Bisexualidad, atracción por más de un sexo. Pansexualidad, atracción sin importar el sexo. Asexualidad, sin atracción de sexo. Qeer, como concepto paraguas para identidades no normativas, entre otras. Igualmente, en algunos adolescentes ha surgido la identificación como “therians” que se identifican con animales, entienden que tienen un cuerpo humano, pero pueden sentir que su alma corresponde a un animal, imitan las conductas del animal elegido, sus movimientos o sonidos. Estos fenómenos reflejan transformaciones culturales profundas que generan debate y, en muchos casos desconcierto social.

Ante este panorama, la sociedad debe despertar y asumir con responsabilidad el reto de contrarrestar este declive. La tarea es compleja, pero no imposible. Se requiere un enfoque integral: impulsar cambios sustanciales en la política nacional: promover una reforma educativa de fondo basada en el pensamiento crítico, la ética, la historia y el civismo; fortalecer la cultura con criterios de calidad; fomentar prácticas sostenibles que reduzcan el agotamiento de recursos y mitiguen el cambio climático; y diseñar políticas públicas que garanticen equidad y calidad de vida. La comprensión y el respeto entre los diferentes grupos sociales y culturales son indispensables. Es momento de combatir la ignorancia y la indiferencia en todas sus formas. Solo así podremos ofrecer a las futuras generaciones un mundo digno, donde prevalezcan la esperanza, la resiliencia y el respeto.

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