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Cuando las palabras no coinciden con las acciones

Susana Cepeda Islas 

He presenciado en varias ocasiones cómo, dentro de la conversación de un grupo de personas, se hacen comentarios desagradables sobre una persona que está ausente. Lo sorprendente es que, en otros momentos, cuando esa misma persona está presente en el grupo, la tratan con gran cariño, como si fueran grandes y entrañables amigas. Me asombra esa conducta cínica, cargada de una enorme falsedad. Y es que, si me detengo a pensarlo, la hipocresía parece haberse vuelto una conducta frecuente en la mayoría de las personas.

Pienso en lo que dice la Biblia al respecto. En Mateo 23:3 se lee: “No hagan lo que ellos hacen, porque ellos dicen una cosa y hacen otra” y en 7:5 “¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”. Es decir, Dios rechaza la hipocresía porque prefiere la verdad antes que las apariencias y las falsas virtudes.

El Diccionario de la Real Academia Española define la hipocresía como el fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Suele esconder de los demás los motivos reales o sentimientos propios. La palabra proviene del griego hypokrisis, que significa «fingir» o «actuar»: los dichos, entonces, no coinciden con las acciones.

No cabe la menor duda que la hipocresía puede convertirse en un rasgo tóxico en la conducta, sobre todo cuando se utiliza para manipular la realidad del entorno. Además, desgasta la salud mental de quienes lo rodean, al construir un ambiente falso. Estas actitudes se transforman en dinámicas dañinas en el momento en que se abre una brecha entre lo que alguien dice y lo que realmente hace; cuando esto ocurre, las relaciones automáticamente dejan de ser auténticas y, sobre todo, seguras.

Las personas hipócritas se ponen una máscara de amabilidad, acompañada por supuesto de elogios, para ocultar sus intenciones y las críticas desmedidas que hacen a espaldas de otros. Aplican con eficacia la doble moral: ante el mundo fingen actuar con valores éticos, mientras que en su vida personal hacen lo contrario. De esta manera, desacreditan, invalidan o sabotean a la persona ausente. Con esa conducta buscan, a toda costa, conseguir la simpatía y la aprobación de quienes las rodean.

 Quizá lo más sensato cuando uno se encuentra con este tipo de personas sea poner límites y tomar distancia. No siempre es necesario confrontar o desenmascarar a quien actúa de esta manera; a veces basta con observar, guardar silencio y no participar en ese juego. Cada persona tiene derecho a decidir qué tipo de relaciones quiere construir y qué clase de ambiente desea para su vida.

Al final, me queda claro que la verdadera fortaleza no está en saber fingir, sino en ser congruente. La hipocresía puede construir máscaras, pero tarde o temprano las caretas se caen. La verdad, no necesita disfraces. Es preferible la sinceridad, aun cuando pueda resultar incómoda, antes que una amabilidad fingida que esconda otras intenciones. La congruencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos es la manera más honesta de respeto hacia los demás, y también hacia nosotros mismos. Ya lo señalaba el dramaturgo Francés Molière: “La hipocresía es el colmo de todas las maldades”.

 

 

 

 

 

Cuando la mentira se disfraza de verdad

Susana Cepeda Islas

Con gran tristeza he observado que el mundo hace de la mentira una verdad. Las mentiras son aplaudidas con gran alegría por muchas personas, mientras que la verdad se convierte en un peligro que se oculta tras el engaño. El gran problema es que se transforma en un autoengaño: se dice con tanta seguridad que quien la expresa termina construyéndola en su mente con total convicción, y quien la escucha la acepta. Ocultar la verdad causa graves daños que, cuando finalmente se descubren, ya es demasiado tarde para solucionar o corregir.

Actualmente, abundan las personas deshonestas y sinvergüenzas, porque el engaño les da poder, fama, riqueza o venganza. Son trampas que han destruido países, cobrado vidas y provocado fraudes de todo tipo: propiedades, herencias, dinero, entre otras. Lo preocupante de esta situación es que se está normalizando: al mentiroso se le aplaude y al que dice la verdad se le desaparece o silencia.

En la literatura existen una gran cantidad de casos de engaño.  Ahora que está de moda la película “La Odisea”, donde se describe la historia del caballo de Troya, en la que los griegos engañaron a los troyanos ofreciéndoles como regalo un enorme caballo de madera, dentro del cual se escondieron. Por la noche, mientras dormían los troyanos, los griegos salieron sin hacer ruido, masacraron a la población y sometieron al pueblo troyano.

En la cultura popular se tienen dos refranes populares: “la mentira tiene las patas cortas” y otro dice “antes se coge al mentiroso que al cojo”. En el primero se dice que la mentira no puede llegar lejos; tarde o temprano se descubre. El segundo indica que es fácil descubrir a alguien que miente, porque tiende a contradecirse o equivocarse.

Se oculta la verdad por diversas razones: ambición, deseo de hacer daño, obtener beneficios, necesidad de encajar en un grupo o para evadir consecuencias negativas. Desde mi punto de vista, la mayoría de las mentiras piadosas no son realmente necesarias: se dice que se usan para no dañar, pero casi siempre la dolorosa realidad termina saliendo a la luz. Sin embargo, reconozco que existen casos límite, como ocultar temporalmente a alguien una grave enfermedad, donde la mentira puede tener una intención genuinamente compasiva. Aun así, considero que esta es la excepción y no la regla: en la mayoría de los casos, se recurre a la mentira simplemente para evitar problemas o situaciones complicadas, y al final, se distorsiona la realidad en beneficio de quien miente.

Las personas que suelen engañar presentan cambios repentinos en su forma de hablar y de actuar: algunas muestran nerviosismo, dan respuestas vagas e imprecisas, desvían la atención, hablan más alto y su postura corporal las delata. La psicología a estudiado a las personas que mienten con frecuencia, estas suelen utilizar patrones como la mitomanía, un trastorno del comportamiento que impulsa a la persona a mentir de forma compulsiva y patológica y sin motivo aparente. Lo evidente es que el engaño, al ser descubierto, genera desconfianza.

Lo invito a no fomentar la mentira. Cuando sospeche de un engaño, es necesario en primer lugar mantener la calma, pedir datos concretos y argumentos sólidos, hacer preguntas estratégicas. También conviene analizar las razones que impulsan a la persona a mentir y evaluar el tamaño del impacto que provoca ese engaño. Si queremos tener un mundo mejor, es necesario combatir la mentira, promover y aplaudir con gran fuerza a la honestidad, sobre todo en la familia. Tenemos el ejemplo del gran filósofo Sócrates, a quien le costó la vida, porque prefirió ser fiel a sus principios. Ya lo decía Adolf Hitler: “Las grandes masas sucumbirán más fácilmente a una gran mentira que a una pequeña”; si no me cree prenda su televisor o cualquier medio de comunicación y me dará la razón.

 

 

 

El lujo de estar vivos

Susana Cepeda Islas

Cuando nos referimos a la palabra lujo, es inevitable que la mente derive hacia una idea completamente errónea, pues se le asocia con exclusividad o con objetos materiales de alto costo que solo pueden poseer personas con un alto poder adquisitivo; es decir, objetos materiales que rebasan con creces las necesidades básicas. Se distinguen por ser bienes de marca, como automóviles, joyas, relojes, bolsas, ropa, zapatos, entre otros.

La sociedad ha decidido que estos objetos sean necesarios para demostrar que las personas que los portan son exitosas, poseen prestigio y, de esta manera, se ganan el reconocimiento social. Ahora es más fácil de difundir este estatus por medio de los medios electrónicos: lo invito a abrir cualquier red social y podrá observar inmediatamente como se exhiben, con gran orgullo, viajes acompañados, obviamente, de objetos de marca, o el acceso a eventos privados y únicos, o conciertos en lugares de alto costo. Esto se hace para ganar reconocimiento social y causar envidia en quienes los observan. Recuerdo a una conocida que se endeudó para comprar un bolso de marca, solo para publicarlo, las felicitaciones le duraron un día; la deuda años.

El Diccionario de la Real Academia Española define la palabra lujo como “demasía en el adorno, en la pompa y en el regalo y la abundancia de cosas no necesarias”; es decir, el exceso en cualquier cosa se relaciona con exclusividad, comodidad y alta calidad. Etimológicamente la palabra proviene del latín luxus, que significa dislocado, fuera de lugar o exceso. En un inició se refería a ir más allá de lo necesario, a romper el equilibrio. En la actualidad representa riqueza, exclusividad, confort y excelencia, busca un estatus.

El lujo no se basa solo en cosas materiales; también existe el lujo en las cosas intangibles. Me explico: para empezar, la vida es un lujo, estamos en esta dimensión por y para algo; nosotros mismos somos un lujo somos seres exclusivos, poseemos una gran riqueza, somos excelentes, únicos e irrepetibles.

Existen, entonces, dos tipos de lujo: el lujo material y el lujo de vivir. El primero no se lo recomiendo; lamentablemente, es en el que la mayoría de las personas busca obtener a costa de lo que sea. Está cargado de aspectos negativos, porque trae consigo una serie de problemas graves para la existencia humana: estrés, frustración, amargura, envidia y desvalorización; nos aleja de nuestra esencia y nos perdemos en la ambición. Solo interesa acumular cosas materiales sin importar el costo; se centra en obtener éxito, poder y riqueza material, con el único objetivo del reconocimiento social. Quien lo posee adquiere automáticamente superioridad, popularidad, dominio y admiración de los demás.

El segundo el lujo de vivir, se basa en la calidad de vida; se concentra vivir con lo necesario para hacerlo con plenitud, en aprovechar el tiempo, buscar insistentemente la tranquilidad, cuidar la salud y vivir experiencias únicas que eleven la autoestima y den la fuerza necesaria para enfrentar con dignidad los altibajos de la vida, para permanecer en paz. Y lo mejor es que no tiene costo alguno.

Por más que el panorama sea gris, alce la vista observe la belleza que lo rodea: el correr del agua, el canto de las aves, la risa de sus seres queridos, el abrazo de las personas que ama, los sonidos de su música preferida o los que nos regala la naturaleza; observe con detenimiento a las personas que caminan junto a usted, hable con esa persona que es significativa en su vida, sienta la lluvia en su rostro. Aprovechemos cada instante, porque hoy estamos vivos, mañana no lo sabemos. Antoine de Saint-Exupéry señala con gran sabiduría en su libro El Principito “Lo esencial es invisible a los ojos”.

 

 

 

 

Tener voluntad es de ganadores

Susana Cepeda Islas

Es inevitable tomar decisiones a lo largo de la vida: siempre nos enfrentamos a escoger uno u otro camino para seguir avanzando y, por lo regular, esperamos que sea el menos tortuoso. Pero ¿De qué circunstancias depende llevar a cabo las decisiones? Una amiga sentía que la ropa le quedaba cada día más apretada, lo que significaba que estaba engordando. Entendió que existían dos opciones para solucionarlo: ponerse a dieta y hacer ejercicio. Desafortunadamente, se quedó estancada pensando, y mientras tanto seguía el aumento de peso. ¿Qué pasó? Simplemente le faltó voluntad.

Definitivamente, la voluntad es el mejor motor de la vida; debemos echarla a andar siempre y mantenerla en buen estado, porque recordemos que lo que no usamos entra en un proceso natural de deterioro o transformación inevitable. Por eso es importante tener siempre en acción la voluntad para realizar un propósito o una meta, vencer la flojera y adoptar la disciplina como forma de vida; en fin, mejorar nuestra calidad de vida.

La voluntad nos impulsa. El Diccionario de la Lengua Española la define como la facultad de decidir y ordenar la propia conducta, libre albedrío o la libre determinación. Es la intención, el amor y el ánimo de hacer algo de manera decidida. Su raíz etimológica proviene del latín voluntas, de volo, que significa “yo quiero”. El filósofo griego Aristóteles la definió como «orésis logotiké» o apetito racional. Nietzsche afirma que es la voluntad de poder. Estoy totalmente de acuerdo en que, desde el punto de vista filosófico, es la voluntad de la mente la que decide tener o no energía para realizar algo.

El psiquiatra Roberto Assagioli establece que la voluntad tiene cuatro fases: la primera es “qué” queremos lograr, es decir, el objetivo o propósito, que debe ser claro. La segunda es el análisis crítico, los pros y los contras de lo que queremos alcanzar. La tercera es la elección, y finalmente la ejecución. Para lograrlo es necesario desarrollar la energía e intensidad, el control y la disciplina, la concentración y la focalización, la determinación y la decisión, la resistencia y la paciencia, la audacia y el valor.

Recuerdo un ejercicio que me formuló una amiga psicóloga: me puso de pie y me dijo que moviera una pierna hacia delante, esa acción es la decisión; la otra pierna es la voluntad. Sino la mueves, te quedas sin avanzar, solo con el deseo de realizar tu propósito, estática, sin movimiento. Me quedó muy claro lo que significa la voluntad. Estoy convencida de que muchas personas mejorarían sus vidas si tuvieran la fuerza de voluntad como bandera para avanzar por los caminos llenos de incertidumbre que nos ofrece la vida.

Desarrollar el sentido de la voluntad en las personas es tener el éxito asegurado, porque nos hace valiosos y nos lleva a hacer realidad los sueños o deseos. Este concepto debería de ser incluido en los planes de estudio de todos los niveles educativos, porque sería fantástico lograr todo lo que nos proponemos, al tener sólida la voluntad en todos los actos de la vida.

La voluntad es un valor agregado a la inteligencia. Imagine una sociedad donde las personas posean voluntad: asumirían sus actividades con responsabilidad para materializar los propósitos de todos. Los políticos, para sacar adelante a la comunidad; los médicos, para dar una atención digna a los pacientes; los policías, cuidando la integridad de los ciudadanos; los servidores públicos, dando respuesta inmediata a las solicitudes; tendríamos en todos los sentidos una mejor vida. Albert Einsten opinó: “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”. Tener voluntad es de ganadores.

 

La hoja en blanco no perdona a nadie

Susana Cepeda Islas

En una ocasión escuché una plática; era un grupo de tres personas que se encontraban cerca de mí. Una de ellas, con aires de superioridad, alardeaba con una serie de argumentos que, obviamente, buscaban hacerla aparentar ante las otras personas una gran inteligencia. Uno de sus comentarios hizo que mis ojos se desorbitaran y mi boca se abriera, como si necesitara tragar una gran bocanada de aire. Dijo, sin ninguna modestia: “Escribir es lo más fácil”. Estuve tentada a intervenir en la conversación para preguntarle con enorme curiosidad ¿Cómo se logra?, y pedirle que me compartiera su mágica fórmula para conseguir hacerlo.

Todos los que intentamos ser escritores nos enfrentamos en algunas ocasiones a la hoja en blanco: al iniciar, nos bloqueamos. Nos tropezamos con la angustia de la falta de ideas y el miedo paralizante de que, una vez escritas, las ideas no sean suficientes para crear un buen texto. Creo que la mente nos juega una mala pasada: cada palabra escrita es juzgada antes de terminar la frase. Es inevitable el tartamudeo mental, oraciones que se arman y se destruyen sin llegar nunca a formar una idea concreta. Porque no es lo mismo escribir sobre algo específico que escribir cualquier cosa, ya que la libertad absoluta, lejos de facilitar, paraliza.

Una terrible confusión invade a el escritor y le impide escribir. La hoja está en blanco porque el pensamiento también lo está, aunque no siempre se note a simple vista. Frente a esto, lo que suele funcionar no es esperar la inspiración, sino traicionar el silencio: escribir algo imperfecto a propósito, empezar por la mitad, ponerle límites a lo ilimitado. La hoja deja de dar miedo en el momento en que se delinean las primeras palabras.

La curiosidad me llevó a la búsqueda de los rituales que utilizaban algunos escritores para enfrentar la escritura. Empezaré por Gabriel García Márquez, quién escribía por las mañanas, que era cuando sentía la mente más despejada, solía trabajar durante varias horas seguidas en absoluto silencio y decía que escribir era como un oficio que exigía disciplina diaria. Ernest Hemingway, acostumbraba a escribir de pie, frente a un atril; comenzaba al amanecer y se detenía cuando aún sabía cómo continuaría la historia al día siguiente, evitando quedarse en blanco al retomar el trabajo. Virginia Woolf: defendía la importancia de tener "una habitación propia", necesitaba un espacio íntimo donde nadie interrumpiera el flujo de sus pensamientos. Agatha Christie, por su parte, encontraba que sus mejores ideas surgían mientras lavaba los platos o realizaba actividades rutinarias y aprovechaba esos momentos para resolver los enigmas de sus novelas.

También encontré los rituales de otros escritores como el gran Honoré de Balzac que bebía enormes cantidades de café, convencido de que estimulaba su imaginación; Víctor Hugo, en cambio, pedía que le ocultaran la ropa para no salir de casa y obligarse a escribir; Marcel Proust era escribir de noche, en una habitación con paredes recubiertas de corcho para aislar el ruido y evitar distracciones; y Stephen King acostumbra a escribir todos los días alrededor de dos mil palabras, incluso cuando no se siente inspirado.

Entre las recomendaciones más comunes para vencer la hoja en blanco se encuentran: fijar un horario; tener un espacio definido, libre de interrupciones; encontrar una señal para iniciar un texto —puede ser escuchar la música de nuestra preferencia, usar un cuaderno especial, o preparar una bebida—; y detener la escritura cuando la mente y el cuerpo estén agotados. Considero que el mejor ritual es aquel que abre de par en par la puerta de entrada a la escritura. Vencer la hoja en blanco se logra gracias a la disciplina y la constancia, que resultan más eficaces que esperar horas a que llegue la tan ansiada inspiración. Al respecto, Pablo Picasso expresó: "La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando." La idea es empezar y todo fluye hasta, por fin, tener un texto.

Tal vez, después de todo, aquella mujer tenía razón: escribir es lo más fácil del mundo. Pero solo lo dice quien nunca se ha sentado, de verdad, frente a la hoja en blanco.

 

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