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Herederas de la dignidad

Susana Cepeda Islas

A pesar de los prejuicios que, a lo largo de la historia, se han construido en torno a la imagen femenina —atribuyéndole estereotipos de sumisión, relegándola exclusivamente al cuidado de la familia, cuestionando su capacidad intelectual, minimizando su liderazgo y negando su aptitud para desempeñar cualquier tipo de trabajo—, las mujeres han enfrentado profundas desigualdades en todos los ámbitos. Estas creencias han provocado discriminación sistemática y, en muchos casos, las han convertido en víctimas de violencia extrema.

Sin embargo, frente a este panorama adverso, han existido —y existen— mujeres extraordinarias que, a través del tiempo, han superado innumerables obstáculos. Se caracterizan por un espíritu indomable: aun después de recibir los golpes más duros de la vida, se levantan con dignidad y continúan adelante. Lo admirable es que esos mismos golpes, lejos de destruirlas, las fortalecen. Se esfuerzan por ser mejores personas pese a la adversidad; procuran vivir con plenitud; aman la verdad y la justicia; y, con el paso del tiempo, consolidan sus principios y valores. Son, en suma, las herederas de la dignidad.

Sus acciones inspiran, despiertan admiración y respeto y, sobre todo, se convierten en ejemplo para otras mujeres. Aceptan los retos, transforman su realidad y generan bienestar no solo para ellas, sino también para sus familias y para la sociedad en su conjunto.

La historia nos ofrece figuras simbólicas y reales que representan esta fuerza femenina. Según la tradición judía. Lilith fue la primera mujer en el mundo y también la primera esposa de Adán. De acuerdo con el relato, ambos fueron creados de la misma manera. Sin embargo, Lilith se negó a someterse y exigió igualdad; repetía: “los dos somos iguales, pues ambos venimos de la tierra”. Al serle negada esa igualdad, abandonó el paraíso. En la actualidad, muchas corrientes la consideran un ícono feminista de independencia, aunque algunos textos antiguos la describen como la “madre de los demonios”.

En el ámbito militar, aunque no se tiene registro de quien fue la primera mujer guerrera en la historia, su participación en conflictos bélicos ha sido significativa. Las legendarias Amazonas simbolizan la fuerza y la autonomía femenina en la mitología griega. Encontramos figuras como Artemisa I de Caria, destacada estratega naval; Boudica, reina celta que encabezó una rebelión contra el Imperio romano; y sin duda, Juana de Arco, quien lideró el ejército francés a los 17 años, durante la Guerra de los Cien años. También sobresale Fu Hao (c.1200 a.C.) sacerdotisa y general de la dinastía Shang, quién comandó aproximadamente 13,000 soldados en múltiples campañas militares. Las mujeres no solo han sido protagonistas silenciosas de la historia; han sido arquitectas de cambios políticos, sociales y culturales.

Que el ejemplo de mujeres como Hipatia de Alejandría, quien defendió la libertad intelectual hasta las últimas consecuencias; o de Boudica, que desafió el orden impuesto; o la figura simbólica de Lilith que encarna la resistencia frente a la subordinación, nos motive a no dejar de luchar. Así, las mujeres han caminado por la historia dando pasos firmes a favor de la humanidad. Su legado no pertenece al pasado: continúa escribiéndose cada día con valentía, inteligencia y determinación.

Hoy no hablamos solo de figuras históricas ni de símbolos de resistencia. No hablamos únicamente de mitología, de reinas, de científicas, de políticas o de heroínas. Hablamos de cada mujer que, en silencio, detrás de bambalinas, libra sus propias batallas. Hablamos del ejercicio del poder. Hablamos de estructuras, de instituciones, de decisiones que configuran el destino de las naciones. Cada vez que una mujer se educa, lidera, crea, emprende o transforma, deja una huella imborrable en su camino. Las mujeres no solo heredan la dignidad: La defienden, la reconstruyen y la entregan fortalecida a las futuras generaciones.

Lo público es de todos

Susana Cepeda Islas

Cada mes, de forma casi religiosa, acudo a mi consulta mensual en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) a la clínica 2, para mi revisión médica y para que me surtan el medicamento que tengo que tomar debido a la presión alta que padezco. En mi última visita salí con sentimientos encontrados. Me sorprendió la remodelación que están llevando a cabo en todas las instalaciones; fue tan notable el cambio que por momentos me pareció estar en una clínica privada. Ya no se percibe la imagen deteriorada que veía en cada visita: el piso sucio, los muebles viejos y desgastados, la ropa hospitalaria rota o en mal estado y los rostros de fastidio en muchas personas. En fin, aquello solía parecer una verdadera pesadilla.

Digo que salí con sentimientos encontrados porque, aunque por un lado me sentí valorada como paciente y percibí un trato más digno, por otro me pegunté: ¿Cuánto tiempo conservaremos estas instalaciones en buen estado?  El comportamiento de muchos usuarios no siempre es el adecuado.  Le pongo un ejemplo: imagine la escena: afuera de Urgencias se encuentran familias completas —niños, parejas, personas mayores— permanecen horas, comiendo en la banqueta y dejando kilos de basura a su alrededor, convencidos de que deben acompañar en todo momento al familiar internado. Sin embargo, esa conducta no ayuda ni al paciente ni a ellos mismos. No es un lugar cómodo ni apropiado; además, los niños pueden enfermarse al estar expuestos a infecciones y a condiciones nada higiénicas.

Las creencias y la cultura en nuestro país con frecuencia fomentan comportamientos que nos perjudican tanto en lo individual como en lo colectivo. Falta fortalecer la responsabilidad social, que es simplemente el compromiso ético y voluntario de las personas, y de cualquier tipo de organización para contribuir al bienestar de la sociedad y al cuidado del medio ambiente. Su objetivo es mejorar la calidad de vida de la comunidad y preservar el entorno. Como ciudadanos, deberíamos de asumir el compromiso de cuidar lo público, pues es para el uso y beneficio de todos. Con frecuencia olvidamos que contribuimos a su mantenimiento mediante nuestros impuestos y que, somos los principales beneficiarios de esos servicios.

Cuidar lo público significa valorar los bienes y servicios que están disponibles para todos. Por eso es importante que velemos por su conservación. Es una responsabilidad compartida. Debemos recordar que disfrutar de estos espacios es un derecho, pero también una obligación su conservación.

Un gran problema de lo público es que es de todos y, al mismo tiempo, pareciera no ser de nadie. Olvidamos que nos pertenece colectivamente y reforzamos de que, si no es propiedad individual, no merece cuidado. Esta conducta revela un claro desapego y una falta de responsabilidad hacia los bienes comunes.

Mantenerlos en buen estado es nuestra obligación: no tirar basura para no demeritarlos. Respetar las instalaciones, no dañar o destruir el inmueble o vandalizarlos con escritos o pintas. También es importante evitar el uso excesivo de suministros como agua, electricidad, materiales, telefonía, combustible u otros. Por ello, las instituciones deben emprender una campaña de responsabilidad ciudadana, porque somos excelentes para exigir nuestros derechos, pero pésimos para cumplir con nuestras responsabilidades.  Con el propósito de que los ciudadanos estén conscientes que lo público es de todos.

¿Izquierda o derecha?

Susana Cepeda Islas

En el ámbito político nacional suelen distinguirse dos grandes corrientes ideológicas: la izquierda y la derecha. Más allá de sus diferencias doctrinarias, ambas comparten un objetivo central: la obtención y el ejercicio del poder político. Este puede entenderse como la capacidad de influir en las decisiones colectivas y orientar el rumbo institucional conforme a una determinada visión de sociedad. El poder se puede adquirirse y ejercerse de diversas maneras. Puede ser coercitivo, cuando se impone mediante la fuerza y las amenazas; legítimo, cuando se sustenta en el marco jurídico y en la aceptación social; de recompensa, cuando se construye a través de incentivos; y experto cuando se deriva del conocimiento y la autoridad técnica.

El poder es un elemento necesario que se manifiesta en toda sociedad y tipo de agrupamiento, ya lo decía Platón el hombre es un ser político. Se da, por lo tanto, en política una relación de gobernante-gobernado, esta relación funciona de acuerdo con la ideología que ostente el poder. Ambas posturas políticas —la izquierda y la derecha— tienen su origen en la Revolución Francesa. Se dice que el término surgió de la disposición de los grupos en las asambleas, cuando se sentaban en las reuniones los grupos políticos para discutir, a la izquierda se agrupaban los opositores del antiguo régimen y a la derecha el grupo de sus defensores. Desde entonces, ambos términos han evolucionado y adoptado matices diversos según el contexto histórico y nacional.

En el caso de México, la izquierda suele definirse por dos principales ejes: el nacionalismo popular y la justicia distributiva. Su narrativa política enfatiza la reducción de la desigualdad dando apoyo a la población desfavorecida, su bandera es la “honestidad” y el combate a la “corrupción”. La política de la izquierda apela a la ética y está en contra de la injusticia, para la izquierda el pueblo es primero. Por su parte, la derecha se caracteriza por una orientación conservadora en lo social y liberal en lo económico, su intención es proteger la tradición, el orden, la propiedad privada, la libertad de mercado con la mínima intervención directa del Estado.

Ambas corrientes ideológicas han gobernado en nuestro país en distintos momentos, y en diferentes grados, han generado expectativas y también desencanto social. La evaluación de sus resultados debe hacerse con base en indicadores objetivos: crecimiento económico, reducción de la pobreza, fortalecimiento institucional, calidad democrática y garantía de derechos, no solo con discursos sino con hechos. Desde una postura crítica, puede señalarse que algunos proyectos de izquierda han sido cuestionados por el uso político de programas sociales, la polarización discursiva y la concentración del poder Ejecutivo. También se ha debatido si ciertas reformas institucionales debilitan los contrapesos democráticos o afectan la división de poderes. Del mismo modo, los gobiernos de derecha han sido criticados por profundizar desigualdades, favorecer intereses particulares o descuidar políticas sociales integrales.

El debate de fondo no es meramente ideológico, sino institucional: ¿Cómo garantizar un equilibrio entre justicia social, libertad económica, pluralidad política y Estado de derecho? El verdadero desafío para cualquier proyecto de nación consiste en evitar la concentración excesiva del poder como en impedir la captura del Estado por intereses particulares. Lo más importante debe ser el bien común.

Estas líneas tienen la intención de invitarlo querido lector a la reflexión: ¿Qué futuro quiere para su familia y las futuras generaciones: izquierda o derecha? ¿Cuál de ellas ofrece un modelo que fortalezca la democracia, proteja las libertades individuales, garantice oportunidades reales y construya instituciones sólidas? En fin, que construya no destruya. Considero que el futuro no depende exclusivamente de izquierda o derecha, sino la capacidad colectiva para exigir rendición de cuentas, división de poderes y respeto irrestricto a la individualidad, la legalidad y a la dignidad individual.

El declive de la civilización

Susana Cepeda Islas

Es innegable que la civilización atraviesa una etapa de profundo declive. Esta situación se manifiesta en el estancamiento económico, el agotamiento cultural, la polarización política, la destrucción ambiental y la crisis demográfica. A ello se suman el individualismo, la desconfianza y el debilitamiento de las instituciones, el uso desmedido de la tecnología, un cambio radical en los referentes morales y, por supuesto, la grave fractura en la cohesión social.

Resulta asombrosa la creciente ausencia de espiritualidad y el aumento del nihilismo, corriente filosófica que sostiene que la vida carece de significado o de propósito. Quienes adoptan esta postura suelen rechazar los principios morales, religiosos y sociales. Asimismo, se percibe que muchos de los gobernantes se están encargando de abandonar el principio del bien común, mientras la estructura familiar atraviesa una crisis evidente. En amplios sectores de la población se instala la sensación de pérdida de propósito colectivo y de una decadencia generalizada.

Es cada vez más común que las parejas jóvenes opten por tener mascotas o volcar su afecto en otros proyectos personales en lugar de una familia con hijos. Esta decisión suele estar relacionada con la inestabilidad económica, al alto costo de la vida, la inseguridad, la crisis climática y el deseo de priorizar el desarrollo individual. En muchos casos, la maternidad o paternidad se percibe como incompatible con las aspiraciones profesionales y el estilo de vida contemporáneo. Pareciera haberse debilitado aquella idea de Auguste Comte que concebía a la familia como la célula básica de una sociedad.

La decadencia también se advierte en ciertos ámbitos culturales, como la música, donde emergen figuras idolatradas por multitudes juveniles. Su producción suele mezclar géneros de manera repetitiva, las letras con frecuencia resultan vulgares y superficiales, y la calidad vocal no siempre es prioritaria.  A ello se suma la figura “influencer”: personas que, gracias a una amplia audiencia en redes sociales, influyen en decisiones de consumo, tendencias culturales y de comportamientos. En la gran mayoría de los casos no requiere preparación ni ética profesional, sino únicamente acceso a las plataformas digitales y la búsqueda constante de validación por medio de “likes”, proyectando una vida idealizada que rara vez corresponde con la realidad.

En el ámbito de la identidad y la sexualidad, se han ampliado las categorías tradicionales. Se habla de: el binario, femenino/masculino. Heterosexualidad, atracción por el sexo opuesto. Homosexualidad, atracción por el mismo sexo. Bisexualidad, atracción por más de un sexo. Pansexualidad, atracción sin importar el sexo. Asexualidad, sin atracción de sexo. Qeer, como concepto paraguas para identidades no normativas, entre otras. Igualmente, en algunos adolescentes ha surgido la identificación como “therians” que se identifican con animales, entienden que tienen un cuerpo humano, pero pueden sentir que su alma corresponde a un animal, imitan las conductas del animal elegido, sus movimientos o sonidos. Estos fenómenos reflejan transformaciones culturales profundas que generan debate y, en muchos casos desconcierto social.

Ante este panorama, la sociedad debe despertar y asumir con responsabilidad el reto de contrarrestar este declive. La tarea es compleja, pero no imposible. Se requiere un enfoque integral: impulsar cambios sustanciales en la política nacional: promover una reforma educativa de fondo basada en el pensamiento crítico, la ética, la historia y el civismo; fortalecer la cultura con criterios de calidad; fomentar prácticas sostenibles que reduzcan el agotamiento de recursos y mitiguen el cambio climático; y diseñar políticas públicas que garanticen equidad y calidad de vida. La comprensión y el respeto entre los diferentes grupos sociales y culturales son indispensables. Es momento de combatir la ignorancia y la indiferencia en todas sus formas. Solo así podremos ofrecer a las futuras generaciones un mundo digno, donde prevalezcan la esperanza, la resiliencia y el respeto.

Nunca rendirse

Susana Cepeda Islas

La vida es como un juego de sube y baja: a veces estás en lo alto y otras tienes que descender. Cuando estás arriba, no haces el menor esfuerzo, sientes que flotas, te sientes libre. En cambio, cuando estás abajo, debes hacer un gran esfuerzo para sostener a quien se encuentra en lo alto. ¿En dónde está escrito que la vida debe ser cómoda, tranquila, llena de satisfacciones y alegría, libre de enfermedades, sin contratiempos financieros, en permanente paz? Esa es una idea que esta sociedad nos ha ofrecido como si fuera una promesa. No nos enseñan a no rendirnos ante la adversidad.

Rendirse implica no oponer resistencia a lo que es, aceptar las experiencias internas, la vida y a los demás tal como son. Sin embargo, cuando nos rendimos en un sentido negativo, claudicamos: nos damos por vencidos, dejamos de luchar, nos sentimos derrotados. Nos sometemos al dominio de algo o de alguien. El problema surge cuando aplicamos este verbo de manera nociva, pues inevitablemente se deteriora nuestra salud mental y emocional, dando paso al pesimismo, al miedo y a la falta de esperanza.

Los estoicos seguidores de la escuela filosófica fundada por Zenón de Citio se basaban en el dominio de las emociones, la razón y la virtud para alcanzar la felicidad. Proponen aceptar el destino y desarrollar la habilidad para distinguir entre lo que podemos controlar, lo que depende de nosotros y aquello que no está bajo nuestro control.

Para los budistas, el principal propósito es alcanzar la iluminación espiritual o nirvana, es decir, dejar de sufrir. Esto se logra a través de la sabiduría y la compasión eliminando el apego, que consiste en no atarse a personas, cosas, ideas o experiencias impermanentes. Otro elemento es el deseo, entendido como el anhelo ansioso o la codicia: cuando se cumple un deseo, surge otro, y cuando no se realiza, genera frustración en un ciclo interminable. Finalmente, la ignorancia, que es la percepción errónea y profunda de la realidad, también es causa del sufrimiento.

Para no vivir estresados ni quedar estacionados en el sufrimiento, es necesario aprender a ser resilientes. El diccionario de la Real Academia Española define la palabra resiliencia como aquella capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. Es, en esencia, la capacidad que desarrollamos para recuperar nuestro estado inicial cuando pasa la perturbación. En la vida es imposible no encontrar obstáculos. Siempre aparecen un impedimento, dificultad o inconveniente que nos sacan de balance y nos dificulta avanzar hacia lo que nos proponemos. Estas situaciones forman parte del camino y no una señal de fracaso o derrota, sino una invitación a fortalecernos.

Ante la adversidad, los psicólogos recomiendan mantener una mente positiva, tomar distancia del problema y no dejarse llevar por lo sucedido. Hay que recordar que todo ocurre por alguna razón ayuda a recuperar la calma. También es fundamental enfrentar la situación con valentía, explorar distintas situaciones y buscar apoyo de personas especializadas que puedan orientarnos para encontrar el mejor camino y superar lo vivido.

Estoy convencida que la adversidad fortalece.  Cada dificultad es un aprendizaje que impulsa el crecimiento personal y nos prepara para afrontar nuevas experiencias. Incluso en los momentos difíciles, es importante no perder la esperanza. No rendirse es aceptar que habrá subidas y bajadas, luz y sombra, esfuerzo y descanso, porque la vida no se trata de mantenerse arriba, sino entender que cada vez que bajamos, a impulsarnos con sabiduría y seguir adelante porque como dice el refrán popular. “Ante los golpes de la vida, se presenta la elección de romperse como el cristal o forjarse como el hierro”.

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