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Desde mi escritorio: El pase turístico de NL: una medida improvisada

Héctor Reyes 

El llamado “pase turístico” que impulsa el gobierno de Nuevo León, que preside Samuel García Sepúlveda, vuelve a colocar sobre la mesa una vieja discusión en México: ¿hasta dónde puede llegar un gobierno estatal en nombre de la movilidad, la seguridad o el control vehicular sin vulnerar derechos constitucionales?, legalmente ¿está permitido?.

La propuesta, que pretende obligar a los automovilistas con placas foráneas a tramitar un permiso para circular por Nuevo León, particularmente en la zona metropolitana de Monterrey, ha despertado una ola de cuestionamientos no solamente entre ciudadanos de estados vecinos como Coahuila, sino también entre legisladores y especialistas en derecho constitucional.

Aunque el gobierno estatal ha intentado presentar la medida como un mecanismo de ordenamiento vial y control vehicular rumbo al Mundial FIFA 2026, la realidad es que miles de personas que diariamente se trasladan entre Saltillo y Monterrey por trabajo, estudios, atención médica o negocios, ven esta iniciativa como una barrera burocrática innecesaria. 

La principal preocupación radica en el posible choque de esta medida con el Artículo 11 de la Constitución Mexicana, el cual establece que toda persona tiene derecho a transitar libremente por el territorio nacional sin necesidad de cartas de seguridad, pasaportes o requisitos semejantes. Precisamente por ello, diversas voces han advertido que un “permiso” para ingresar o circular en un estado podría abrir un precedente delicado para el federalismo y las libertades individuales.

No es casualidad que la inconformidad haya crecido rápidamente en entidades vecinas. En Saltillo, ciudadanos entrevistados por medios regionales rechazaron la medida al considerar que afecta directamente su vida cotidiana, especialmente porque la relación económica y laboral entre Coahuila y Nuevo León es prácticamente metropolitana. 

A ello se suma otro punto preocupante: hasta ahora no han quedado claras las sanciones para quienes no tramiten el pase, ni tampoco el sustento jurídico completo que permita justificar una medida de esta naturaleza. Lo único que se ha adelantado es que el permiso sería digital, gratuito y condicionado a contar con licencia, seguro y pagos vehiculares vigentes. 

El problema de fondo es político y social. Nuevo León ha construido durante décadas una imagen de motor económico del norte del país gracias precisamente a la apertura comercial, industrial y laboral con estados vecinos. Imponer filtros administrativos a quienes llegan de otras entidades manda una señal equivocada: la de un estado que comienza a cerrarse sobre sí mismo.

Más allá de la intención gubernamental de mejorar la movilidad o reforzar controles, la medida corre el riesgo de convertirse en un instrumento recaudatorio, discrecional o incluso de hostigamiento para automovilistas foráneos. Y en un país donde históricamente las revisiones vehiculares han sido señaladas por abusos y corrupción, el temor ciudadano no resulta exagerado.

La movilidad metropolitana entre Monterrey, Saltillo y otras ciudades del noreste no puede entenderse bajo fronteras estatales rígidas. Miles de trabajadores, estudiantes y empresarios cruzan diariamente esas carreteras como parte natural de una dinámica regional integrada. Pretender regular ese flujo mediante permisos especiales parece más una medida improvisada que una solución de fondo a los problemas de tráfico y contaminación que enfrenta Nuevo León.

El debate apenas comienza, pero deja una advertencia importante: ningún objetivo administrativo debe colocarse por encima de los derechos constitucionales. Porque cuando un ciudadano necesita un permiso para circular libremente dentro de su propio país, la línea entre regulación y restricción comienza peligrosamente a desdibujarse.

Buen fin de semana, la frase: No hables, actúa. No digas, demuestra. No prometas, cumple. ¡Ánimo!

Desde mi escritorio: El nuevo golpe económico y social contra México: remesas bajo presión

Héctor Reyes

La firma del nuevo decreto impulsado por el presidente de Donald Trump, mediante el cual se endurecen los controles bancarios y las investigaciones sobre transferencias enviadas por migrantes, representa mucho más que una medida administrativa o financiera. Se trata de un nuevo episodio de presión política contra la comunidad migrante mexicana y, al mismo tiempo, un golpe directo a una de las principales fuentes de ingresos de millones de familias en México.  

La orden ejecutiva obliga a instituciones financieras estadounidenses a reforzar mecanismos de vigilancia sobre operaciones consideradas “sospechosas”, especialmente aquellas relacionadas con personas sin estatus migratorio regular. Bancos y empresas de envío de dinero deberán reportar movimientos vinculados con evasión fiscal, uso de documentos consulares y transferencias realizadas mediante números ITIN, utilizados comúnmente por trabajadores migrantes.  

El problema de fondo es que esta decisión coloca bajo sospecha a millones de trabajadores mexicanos que, durante décadas, han sostenido económicamente a sus familias desde Estados Unidos. Las remesas no son únicamente dinero enviado al país; son el sustento diario de comunidades enteras en estados como Michoacán, Guanajuato, Jalisco, Zacatecas y Oaxaca.

México recibió cifras históricas superiores a los 64 mil millones de dólares en remesas durante los últimos años, convirtiéndose en el segundo país que más recursos recibe por este concepto a nivel mundial, solo detrás de India. Diversos análisis económicos señalan que las remesas representan alrededor del 4% del Producto Interno Bruto mexicano, además de ser una de las principales fuentes de divisas para el país.  

Por ello, cualquier restricción, vigilancia excesiva o temor entre los migrantes puede provocar una disminución en el flujo de dinero hacia México. El efecto sería inmediato en miles de hogares que dependen de esos recursos para alimentación, salud, educación y vivienda. Más grave aún: expertos advierten que medidas de este tipo pueden empujar a muchos trabajadores a utilizar canales informales o clandestinos para enviar dinero, incrementando riesgos de fraude, extorsión y lavado de dinero precisamente fuera del sistema financiero regulado.  

La administración Trump intenta justificar esta política bajo el argumento del combate al crimen organizado y al lavado de dinero. Sin embargo, el mensaje político resulta evidente: criminalizar indirectamente a los migrantes y endurecer el discurso antimigratorio rumbo a un nuevo proceso político en Estados Unidos.

Desde México, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha rechazado públicamente la narrativa impulsada por Washington. La presidenta ha señalado que no existen pruebas para afirmar que las remesas sean un mecanismo generalizado de lavado de dinero y advirtió que no se puede “criminalizar” a millones de personas trabajadoras por casos aislados.

El gobierno mexicano también ha insistido en mantener el diálogo diplomático y financiero con autoridades estadounidenses para evitar medidas que afecten el envío de recursos.

Lo cierto es que detrás de cada remesa hay una historia de sacrificio. Son millones de mexicanos quienes sostienen dos economías: la estadounidense, con su trabajo diario, y la mexicana, con el dinero que envían a casa. Convertir esas transferencias en un objetivo político no solo tensiona la relación bilateral, también amenaza la estabilidad económica de regiones enteras del país.

Buen fin de semana, la frase: “La lealtad es difícil de encontrar. La confianza es fácil de perder.” ¡Ánimo!

 

X: _hreyes

 

Desde mi escritorio: Seguridad, movilidad y aeropuertos, una preocupación real en el mundial

Héctor Reyes 

A menos de un mes de que inicie la Copa Mundial de la FIFA 2026, las principales sedes mexicanas viven una mezcla de expectativa, presión y trabajo acelerado. Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara saben que el éxito del torneo no solamente dependerá de lo que ocurra dentro de los estadios, sino de la experiencia que tengan millones de visitantes desde el momento en que aterricen en territorio mexicano.

México llegará al Mundial con avances importantes, pero también con asignaturas pendientes. La emoción mundialista también ha dejado al descubierto las debilidades estructurales que México arrastra desde hace años. El principal desafío continúa siendo la seguridad. Aunque las autoridades federales, principalmente, han prometido operativos especiales, coordinación internacional y vigilancia permanente, persiste la preocupación sobre la capacidad real para garantizar tranquilidad tanto a turistas como a ciudadanos.

La presión será enorme. El mundo entero estará observando no solamente los estadios, sino las calles, los aeropuertos, el transporte público, los hoteles, las carreteras y la capacidad de reacción ante cualquier contingencia. Un Mundial ya no se limita al fútbol; es un examen completo sobre gobernabilidad, organización y estabilidad.

Otro punto delicado es la movilidad. En varias de las sedes mundialistas todavía existen problemas de tráfico, saturación vial y transporte insuficiente. Las obras de modernización avanzan, sí, pero en algunos casos el tiempo parece haberse convertido en el principal enemigo. El reto no será únicamente mover aficionados durante los partidos, sino hacerlo de manera eficiente en ciudades que cotidianamente se enfrentan a un caos urbano.

Los aeropuertos -serán la primera impresión del país- muestran inversiones millonarias, remodelaciones y mejoras visibles; sin embargo, en algunos casos las obras todavía continúan a marchas forzadas. Las ciudades sede tendrán que demostrar no solamente capacidad organizativa, sino eficiencia operativa en tiempo real. Y ahí es donde comienzan las diferencias.

En la capital del país, el panorama genera más dudas que certezas. El Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México continúa bajo trabajos de remodelación y modernización, pero especialistas y diversos sectores han señalado retrasos importantes en comparación con otras sedes mundialistas, además de seguir enfrentando problemas históricos de saturación, desgaste y presión operativa.  

A esto se suma el reto de la movilidad. La Ciudad de México intenta acelerar obras de Metro, trolebús, Tren Ligero y vialidades para facilitar el acceso al estadio y zonas turísticas, pero el tráfico cotidiano sigue siendo uno de los mayores temores para el evento. La capital tiene infraestructura, experiencia y conectividad, pero también carga con décadas de saturación urbana.  

En contraste el Aeropuerto de Monterrey muestra una mejor imagen rumbo al Mundial. La terminal regia ha avanzado en ampliaciones, tecnología y conectividad aérea, buscando convertirse en uno de los principales hubs del norte del país. 

Sin embargo, Monterrey tampoco está libre de dificultades. La movilidad continúa siendo uno de sus pendientes más importantes. Las obras de las nuevas líneas del Metro avanzan bajo presión y existe mucha incertidumbre sobre si todas las estaciones prometidas estarán operando al cien por ciento para junio, lo cual se ve muy complicado. 

Mientras tanto, Guadalajara aparece un poco mejor rumbo al Mundial. Aquí han apostado por modernizar infraestructura, ampliar capacidad y fortalecer servicios turísticos para proyectarse como una ciudad ordenada y competitiva internacionalmente.  

La capital jalisciense también ha trabajado en mejorar vialidades, corredores turísticos y conexiones hacia el Estadio Akron llamado Guadalajara en la justa deportiva. Aun así, persisten preocupaciones relacionadas con seguridad y movilidad urbana, especialmente en horas de alta demanda.

El verdadero examen comenzará cuando miles de turistas intenten desplazarse simultáneamente entre aeropuertos, hoteles, estadios y zonas turísticas. Ahí se pondrá a prueba si México realmente estaba listo para recibir al mundo o si, una vez más, la improvisación terminó alcanzando a la organización.

Buen fin de semana y ¡feliz día de las madres!. La frase: No te quedes esperando a que pase algo, levántate y haz que pase. ¡Ánimo!

Desde mi escritorio: Luz Elena, equilibrando responsabilidades

Héctor Reyes

En México, el papel de la mujer ha evolucionado de manera profunda durante las últimas décadas. Hoy, miles de mujeres no solamente sostienen hogares, forman familias y educan a sus hijas e hijos, sino que además encabezan empresas, instituciones, proyectos sociales y espacios públicos que antes parecían reservados únicamente para los hombres. La política no ha sido la excepción.

Durante muchos años se creyó que el ejercicio de la función pública y la maternidad eran caminos difíciles de combinar. La antigua visión de la política exigía jornadas interminables, ausencia familiar y una dinámica que prácticamente obligaba a sacrificar la vida personal. Sin embargo, los nuevos tiempos han demostrado algo distinto: las mujeres han sabido abrirse espacio, transformar la manera de hacer política y demostrar que sí es posible equilibrar ambas responsabilidades.

Uno de esos ejemplos en Coahuila es el de Luz Elena Morales Nuñez, hoy candidata a una diputación y que ha trabajado en diversas responsabilidades públicas a nivel estatal y municipal. Su trayectoria reciente refleja precisamente esa nueva realidad que viven muchas madres trabajadoras en México.

Luz Elena Morales ha combinado el rol de mamá con el de legisladora, además de desempeñarse, hasta hace poco, como presidenta de la Junta de Gobierno del Congreso local, responsabilidades que exigen tiempo, capacidad de diálogo, toma de decisiones y cercanía permanente con la ciudadanía.

Ahora, en plena campaña electoral, vuelve a quedar claro que una mujer puede cumplir múltiples responsabilidades sin descuidar ninguna. Mientras recorre el distrito electoral en busca del respaldo ciudadano, también mantiene la cercanía con su familia y participa en momentos importantes de la vida de sus hijas, como festivales escolares, actividades académicas y eventos cotidianos que forman parte esencial de la maternidad.

Ese equilibrio no es sencillo. Requiere disciplina, organización y, sobre todo, compromiso. Pero justamente ahí radica el valor de miles de mujeres mexicanas que todos los días salen adelante enfrentando dobles y hasta triples jornadas laborales.

La política también ha cambiado gracias a ello. Hoy la ciudadanía observa con naturalidad a mujeres encabezando campañas, tomando decisiones, debatiendo en tribuna y al mismo tiempo ejerciendo plenamente su papel como madres. Hace algunos años, una imagen así habría parecido poco común o incluso imposible dentro de la vida pública nacional.

Actualmente, las nuevas generaciones crecen viendo algo distinto: mujeres participando activamente en la construcción del presente del país sin renunciar a su vida familiar. Ese cambio cultural representa uno de los avances más importantes de nuestra sociedad.

Por ello, este reconocimiento debe extenderse a todas las madres trabajadoras que diariamente hacen un enorme esfuerzo por equilibrar sus responsabilidades profesionales y familiares. Mujeres que, como Luz Elena, demuestran que la dedicación, el trabajo y el amor por la familia pueden caminar de la mano con el servicio público, la responsabilidad laboral y el compromiso social.

Vaya pues mi reconocimiento (y creo que el de mucha gente) para las madres trabajadoras que, desde cualquier espacio, dan todos los días lo mejor de sí, para construir un mejor entorno para sus hijos y para la sociedad.

Buen fin de semana, la frase: “Cuando solo te quejas, debilitas tu mente. No entrenes tu cerebro para ver sólo lo negativo”. ¡Ánimo!

 

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Desde mi escritorio: Los tiempos complejos de Sheinbaum

Héctor Reyes

La coyuntura que enfrenta actualmente la presidenta Claudia Sheinbaum no es menor. Se trata de una encrucijada política, jurídica y diplomática que pone a prueba no solo su liderazgo, sino también la solidez institucional del Estado mexicano frente a presiones externas e internas.

La orden de aprehensión emitida desde Estados Unidos —a través de instancias vinculadas al Departamento del Tesoro y una jueza en Nueva York— contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, así como otros funcionarios y exfuncionarios de esa entidad, coloca a México en una situación delicada. Más allá de los nombres, lo que está en juego es el equilibrio entre soberanía nacional, legalidad interna y cooperación internacional en materia de seguridad.

El problema se agudiza por el componente político. El mandatario estatal señalado pertenece al mismo movimiento que llevó al poder a Sheinbaum y que tiene como figura central a su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, llamado lider moral de la 4T. Esto inevitablemente genera una percepción de conflicto de intereses: cualquier decisión que tome la Presidencia será leída bajo el lente de la lealtad política o la ruptura con su propio grupo.

Desde el ámbito jurídico, la postura del gobierno federal ha sido clara: sin pruebas fehacientes, no puede avanzarse hacia un proceso de desafuero ni, mucho menos, hacia una extradición. La participación de la Fiscalía General de la República y del equipo legal del Ejecutivo busca sostener una narrativa de apego al debido proceso. Sin embargo, esta posición, aunque jurídicamente defendible, puede resultar insuficiente en el terreno diplomático.

Y es ahí donde aparece otro frente de presión: la relación con Donald Trump, cuya retórica en materia de seguridad y combate al narcotráfico ha sido históricamente dura hacia México. La insistencia de Washington en exigir resultados concretos coloca a la administración mexicana en una posición incómoda: actuar con celeridad podría interpretarse como subordinación; no hacerlo, como falta de voluntad.

El riesgo no es menor. Una mala gestión de este episodio podría tensar la relación bilateral en un momento donde la cooperación es clave en temas comerciales, migratorios y de seguridad. Pero también existe un riesgo interno: debilitar la confianza en las instituciones si se percibe que la justicia se administra con criterios políticos.

Ante este escenario, la pregunta es si Sheinbaum camina sobre una cuerda floja. Ella debe demostrar que su gobierno no está condicionado por lealtades partidistas, pero también que no cede ante presiones externas sin sustento legal. 

Es una prueba de fuego para su administración, donde cada paso será observado con lupa tanto dentro como fuera del país.

México ha enfrentado crisis similares en el pasado, pero cada contexto es distinto. Hoy, la diferencia radica en la alta exposición mediática, la polarización política interna y la complejidad de la relación con Estados Unidos. La decisión que se tome —o la forma en que se administre el conflicto— marcará un precedente importante.

Son, sin duda, tiempos complejos. Para la presidenta, para su gobierno y para el país. La esperanza es que prevalezca el Estado de derecho por encima de cualquier interés, y que esta tensión no escale a un punto de quiebre en la relación bilateral, que tanto peso tiene para el presente y el futuro de México.

Que hoy sea un gran día. ¡Ánimo!

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