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Feminismos en corto y sin tanto rollo: Ser niña en México

Haidé Serrano

Ser niña en México, ser niña en un país violento contra las niñas, ser niña en un país que libra una batalla contra el narco. Ser niña en la sierra, en una zona rural. Ser niña y no poderlo ser a plenitud. Ser niña y que tu familia tema el secuestro, la desaparición, la trata. Así es la vida de miles de niñas en nuestro país. Una realidad que afecta más a las niñas pobres, indígenas, aisladas, sin oportunidades.

 

La película “Noche de fuego” de Tatiana Huezo retrata la infancia de tres niñas. Vemos cómo su vida, así como la de miles de niñas, se ve interrumpida, trastocada. Un pequeño pueblo sin señal de teléfono, sin internet, ese lugar que puede ser cualquiera de México. Nos asomamos a la vida de un pueblo de menos de mil habitantes para ser testigos de cómo secuestran a las niñas, sin esperanza de regreso y sin justicia.

 

La presencia de los narcotraficantes avasalla a los habitantes, quienes también son obligados a trabajar para ellos a cambio de “protección”

 

En la peluquería del pueblo se ha creado un lugar de seguridad temporal, donde las mujeres y madres se intercambian claves para continuar “tranquilas” y con vida. Un corte de pelo, “de niño”, es el salvoconducto temporal para intentar ocultar y proteger a las niñas.

 

Tatiana Huezo es una extraordinaria cineasta que elige con asertividad las palabras e imágenes para transmitir la desolación y el terror. Como cuando vemos a una madre y a su hija niña cavar una fosa, una tumba temporal, que la puede mantener irónicamente con vida.

 

En México, diariamente desaparecen 14 niñas, niños y adolescentes, de acuerdo con la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM). “Desde que se tiene registro (a partir del año 1964), 82,328 niñas, niños y adolescentes han sido registrados como desaparecidos en México, hasta el 25 de octubre de 2021. De este total, 19.9% (16,378) continúan desaparecidas a la fecha, siendo 8,518 de ellas mujeres y 6,952 hombres. Las mujeres representan 55.2% de estos casos. Las restantes 65,950 personas de 0 a 17 años fueron localizadas, aunque 1% de estas desapariciones (710 casos) fueron halladas sin vida. https://derechosinfancia.org.mx/v1/redim-hace-publico-datos-de-ninezdesaparecida-reconocidos-por-comite-contra-la-desaparicion-forzada-de-la-onu%EF%BF%BC/#:~:text=Desde%20que%20se%20tiene%20registro,ellas%20mujeres%20y%206%2C952%20hombres.

 

La participación de los hombres en esta cinta —y en la realidad— es la de los agresores, los tratantes, los secuestradores, los padres ausentes, los niños que luego jóvenes no tienen otra opción que sumarse a las filas de los narcos, que son quienes les dan trabajo. Los hombres son los militares que se cubren de las balas de los narcos sin repelerlas o defenderse. Los hombres que pilotan aviones que riegan mata cultivos no en los cultivos de droga sino en las poblaciones y que obligan a la gente a desplazarse.

 

Hoy, además, sigue desaparecida Fernanda, de 12 años. Fue vista por última vez el 21 de julio en la zona continental de Isla Mujeres. La Fiscalía de Quintana Roo ofrece una recompensa a quien dé información sobre Marcos Antonio Cauich Adrián, el principal sospechoso.

 

Las niñas son el blanco de la infamia, del patriarcado, del Estado fallido, que no puede garantizar la seguridad para las niñas. Un país que le hace eso a sus niñas es un país asesino, machista, feminicida.

 

Feminismos en corto y sin tanto rollo: Adiós, querida Norma

Haidé Serrano

A Norma le corría el periodismo por las venas. Estaba informada de la actualidad política de manera difícil de igualar. Contaba con fuentes innombrables y datos únicos. Tenía amistades en todos los ámbitos. Era respetada y temida. En los círculos de poder, locales y nacionales, se codeaba con las figuras del momento y de antaño. Amaba su trabajo.

Era la única mujer propietaria de un medio de comunicación en Quintana Roo. Empresaria y emprendedora, hacía política y feminismo sin reconocerlo. Era disciplinada y enfocada. Su historia de resistencia al machismo y al patriarcado explicaban su fortaleza. Pero sobre todo su valentía, que ejercía con inteligencia, para exhibir en su medio investigaciones que pocos o ninguno se atrevían. Fue nominada al premio de “Mujer Coraje” en 2010 fundado por Hillary Clinton.

Sus conversaciones estaban pobladas de referencias a Joaquín Paredes, su mentor, su esposo y el padre de su hija e hijo. Con él aprendió el oficio de periodista y a tratar con hombres políticos y también con las mujeres, que empezaron a llegar al poder.

Al quedar viuda, Norma tomó las riendas de Luces del Siglo. Pero los machos y misóginos del poder tenían otros planes. Querían desaparecer su medio. Amenazaron, persiguieron, difamaron a Norma. Usaron otro periódico y recursos públicos para doblegarla.

Obligaron a sus empleados a renunciar. Norma temía por su vida. Tuvo que dejar su casa. Ocultar a sus hijxs. Irse de Quintana Roo porque las amenazas de muerte eran constantes.

Norma cuenta, en la entrevista que me concedió para mi libro “Mujeres líderes en la pandemia. 20 entrevistas claves para entender cómo enfrentó Quintana Roo el contagio mundial por el COVID-19”, que se presentará el próximo 22 de septiembre a las 19 horas en el Planetario de Cancún Ka’yok’, que fue clave el apoyo de Lydia Cacho para denunciar la persecución.

A Norma nunca se le reparó el daño, al que tienen derecho las víctimas. No prosperaron las denuncias en contra de sus agresores. No se le hizo justicia.

Sin embargo, salió adelante. De la mano del periodista Agustín Ambriz, consolidaron el grupo editorial Luces del Siglo, al que convirtió en uno de los más influyentes en el sureste del país. Hizo alianzas con el Grupo Reforma, que confió en Norma para compartir su nombre e información.

Como pocas, era incansable. No tenía miedo a los cambios. Fue visionaria al hacer la transición a la era digital. Aún en sus últimos días, en la batalla más difícil por su salud que le arrebató la vida este 2022, Norma seguía creando nuevos proyectos.

Para Norma lo más importante fue siempre su familia. Invariablemente se refería con orgullo a su hija Diana y a su hijo Pablo. La pérdida de su madre fue un duro golpe, pero siguió adelante.

Compartíamos el gusto por los restaurantes. Invariablemente, alguien se acercaba a la mesa a saludarla. Fue muy apreciada. Disfrutamos numerosas comidas. Pero las mejores fueron en su casa, cuando su mamá o ella cocinaban.

Dejó un legado que forma ya parte de la historia de Quintana Roo y de México.

Adiós amiga, tu amor a la vida será una inspiración cada día.

Feminismos en corto y sin tanto rollo: ¿Las mamás tienen la culpa del machismo?

Haidé Serrano

“El machismo es el esfuerzo extra que hacen los hombres para demostrar que son ‘muy hombres’”

Marina Castañeda, autora del libro “El machismo ilustrado

Cuando hablamos de machismo, es recurrente escuchar: “¿quién educó a esos hombres? ¡Pues sus mamás! ¿Dónde aprendieron a ser machistas? ¡Pues en su casa!”. De nuevo, el machismo y la violencia hacia las mujeres es culpa de las mujeres. Una “falacia viril”, expresión acuñada por Kate Millet en su obra “Política Sexual”, tesis doctoral que le costó la expulsión de la Universidad de Oxford y libro que se convirtiera después en best-seller.

En ella, Millet analiza las relaciones de poder entre hombres y mujeres, y cómo la construcción de mentiras perpetúa la opresión y violencia hacia ellas.

De acuerdo con los roles establecidos en el patriarcado, a las mujeres se les ha asignado la obligación de “educar” a las hijas, hijos e hijes. Pero, ¿son las madres las únicas que educan? Evidentemente no. No solamente las madres educan y no es su “culpa” el machismo y la violencia hacia las mujeres. Desde luego, las madres han nacido en el mismo entorno machista que el resto, son machistas también, pero su experiencia incluye la desigualdad y la violencia, así como su calidad de víctimas.

No por haber nacido mujeres, quiere decir que nos deconstruimos, que comprendemos “por naturaleza” o biología el machismo, sus razones y porqué los hombres tienen ventajas que nosotras no tenemos.

A pesar de toda la literatura, películas, capacitaciones, campañas de publicidad para ir explicando qué es el machismo y cómo nos afecta, seguimos pensando que son las madres las responsables, las culpables de que sus hijos varones, en particular, sean machitas.

En un alto porcentaje de las conversaciones se esgrime esta premisa, una metáfora de cómo la serpiente que se muerde la cola. Pero es un argumento machista que lleva a un callejón sin salida, para su conveniencia. Si las mujeres son las principales responsables de la violencia machista, entonces que no se quejen.

Esa argumentación no es inocente. Es esa “falacia viril” que arroja más sombras que luces sobre una problemática gravísima, de violencia sistemática, permanente, estructural, que quiere que no se entienda, no se elimine, pero sobre todo, que no cambie. Que no se asuman responsabilidades y oportunidades de cambio.

Es muy interesante ver cómo estas ideas preconcebidas desde el machismo adjudican ese poder educador omnipresente solamente a las mujeres, cuando son estas mismas quienes fueron excluidas de la educación formal en las escuelas por siglos.

Pero hay otros poderes educadores en nuestra sociedad y tal vez menos reconocidos por su informalidad. En el caso de México, el humor tiene una influencia en nuestra cultura penetrante y formadora de generaciones. Los chistes que se cuentan también educan y muchos de ellos están cimentados en la misoginia.

Otro sitio formador es la calle, espacio antes seguro para el juego, la conversación, la convivencia. Este espacio constructor de cultura y también de machismo educa.

De igual manera el recreo o el descanso en las escuelas educa. Las actividades que realizan de forma “natural” las niñas y los niños forman la construcción de los roles y los estereotipos, muy ligados a prácticas violentas que se manifiestan desde la infancia, el noviazgo y las etapas que vienen.

Manifestaciones de la cultura como la música, el cine, la literatura son fuente rica de misoginia y machismo, y por supuesto, educan. Y ahora el poder avasallador del internet con el acceso total a juegos en línea, redes sociales y violencia sin filtros, educan.

Y qué decir de los padres que han abandonado a sus hijxs, esa ausencia también educa. Cuando dejan de cumplir con sus responsabilidades y obligaciones, eso les da un mensaje claro a lxs hijxs.

Erradicar el machismo es tarea de todas, todos y todes. Hoy podemos ser el cambio en nuestras familias. Pasa primero por la auto observación, más que por el señalamiento y la crítica a las madres, que ya bastante han padecido las desigualdades, violencia e injusticia por culpa, sí, del patriarcado.

Feminismos en corto y sin tanto rollo: Feminismos en corto y sin tanto rollo

Haidé Serrano

La violencia familiar ha sido un cáncer que ha prosperado en los hogares, entre otros factores, por la vergüenza. Quienes han sido víctimas en sus propias casas han ocultado su dolor por el qué dirán. Generaciones y generaciones de mujeres toleraron las peores torturas a manos de sus propios esposos, padres, hermanos, familiares. ¿Por qué? Por vergüenza.

Aun hoy, cuando muchxs creen que la violencia en los hogares ha disminuido, sólo porque ya se visibiliza más, los datos refutan esa teoría. Otros dirán que hoy las mujeres están denunciando más y por ello los números aumentan. Algunos menos optimistas señalan que se incrementa y con mayor crueldad.

“De acuerdo con el Censo Nacional de Procuración de Justicia Estatal (CNPJE) 2021, el delito de violencia familiar (al que se le considera una aproximación a la violencia contra las mujeres) registró la segunda mayor frecuencia en 2020, sólo después del robo.

Además, fue el único que presentó un aumento de 5.3 por ciento entre 2019 y 2020, mismo que podría atribuirse al periodo de confinamiento por Covid-19 durante 2020, ya que las mujeres, al permanecer más tiempo en sus hogares con otros miembros de su familia, se encontraron más expuestas a la violencia por parte de sus agresores.

Los delitos contra las mujeres (273 mil 903) registrados en las investigaciones y carpetas de investigación abiertas y averiguaciones previas iniciadas en 2020 representan 14.8% del total de delitos (un millón 856 mil 805). De estos, resalta que 80.4 por ciento corresponden a delitos de violencia familiar, donde la víctima más frecuente es una mujer.” (https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/aproposito/2022/EAP_Mujer22.pdf)

Con sorpresa, sigo escuchando conversaciones que expresan historias inverosímiles. Cuentan mujeres y hombres que nunca en su vida han sufrido violencia. Se dicen privilegiadxs por haber crecido en un hogar pleno de respeto y armonía. O que su padre fue tan respetuoso, bueno y equitativo que incluso “ayudaba” en la casa. No dudo que haya casos así. De que los hay los hay. Sin embargo, o se niegan a reconocer que han sido víctimas de violencia o son incapaces de identificarla.

Las convenciones, el qué dirán, en nuestra sociedad, se han encargado de proteger a los agresores, haciéndoles creer a las mujeres que ellas son las responsables. Las instituciones han protegido a esos hombres no haciendo justicia ni reconociendo el tremendo problema. Tampoco les han dado prioridad a políticas públicas para reeducar a los hombres. Los medios de comunicación han sido cómplices al llamarle crímenes pasionales a los miles de feminicidios ocurridos en el hogar. La violencia institucional es escándalo nacional, las fiscalías mienten, no investigan con perspectiva de género. Y las cosas no cambian.

Hay alguna corriente o grupo de personas que argumenta que, si seguimos hablando de violencia, esta no desaparecerá. Que hay que hablar de paz. Difícil tarea si no somos ni siquiera capaces de ver la violencia en nuestras propias casas.

Han sido muchos años de ocultar las violencias, física, económica, psicológica, emocional, sexual en la propia casa. Es demasiado el tiempo de encubrir con vergüenza lo que se ha sufrido y padecido. Muchas mujeres han asumido que el maltrato es normal y que el costo por evitarlo es tan alto que no valía la pena enfrentarlo, buscar justicia, pedir ayuda y sanar. Tampoco es que se tenga que ir presumiendo o contando las historias sobre las víctimas. Pero ocultar la violencia debajo de la alfombra sólo la incrementa. Es imperativo saber qué tipos y modalidades de violencia hay. Para saber si somos víctimas o victimarios.

Feminismos en corto y sin tanto rollo: Los macho explicadores

Haidé Serrano

Hace unos días recibí una llamada telefónica de un amigo, quien después de saludar, preguntar por la salud, me espetó su opinión sobre uno de mis artículos. Para él, la primera mitad le pareció adecuada, pero la segunda había arruinado el texto porque era “panfletaria” (refiriéndose a la perspectiva de género y al feminismo). Aún con paciencia, le respondí que justo ese es el tema de mis reflexiones, el feminismo, además de que así se llama mi columna. Insistió. Ahora añadiendo cómo debió ser ese artículo. “Tal vez hubieras querido leer otro texto”, le respondí, y que sería buena idea que él mismo lo escribiera, pues el mío cumplía su misión en cuanto a la perspectiva feminista. ¡Continuó! Ahora “explicándome” paternalmente porqué estoy equivocada en cuanto al feminismo, que es una moda y que pasará como ha sucedido con otras formas de pensar. Ya con menos tolerancia, le respondí que su “mansplaining” era deficiente pues no ha leído un sólo libro acerca del feminismo. Oídos sordos.

Este término, “mansplaining”, definido así por primera vez por la escritora Rebecca Solnit en su artículo y libro “Los hombres me explican cosas” une las palabras en inglés “man” (hombre) y “explaining” (explicando), “en alusión a este fenómeno: cuando un hombre explica algo a una mujer, lo hace de manera condescendiente, porque, con independencia de cuánto sepa sobre el tema, siempre asume que sabe más que ella”.

Estas maneras de relacionarse con las mujeres son violencias machistas y forman parte de las diversas formas que emplean los hombres para reafirmar las relaciones de poder. Sus “machoexplicaciones” abarcan todos los ámbitos. Son explicadores de todo y en todo se sienten expertos. Y, por supuesto, nos consideran a las mujeres, sólo por ser mujeres, ignorantes y necesitadas de escuchar su “gran sabiduría y conocimiento”.

Las mujeres, que hemos escuchado desde niñas que “calladitas nos vemos más bonitas”, preferimos en ocasiones no dar esa batalla y dejar que el macho se explique a sus anchas, aunque sepamos que está equivocado. Hemos desarrollado esa tolerancia para dejarlo “creer” en su superioridad y no discutir.

En su libro “Machismos cotidianos”, las autoras Claudia de la Garza y Eréndira Derbez definen este machismo como “manxplicar”, <<cuando un hombre siente la necesidad de explicar algo a una mujer sin que ella se lo pida>>.

A mí me sigue sorprendiendo la seguridad de esos machos, la superioridad con la que se expresan. El arrojo para espetar sus comentarios. La soberbia para ni siquiera dudar de sus opiniones. La sordera que les impide escuchar a su contraparte.

Y luego, ¡pum! ¡se quieren victimizar! “¿Ya no puedo decir mi opinión?”, preguntan. No, no se trata de no expresar las opiniones. Somos libres de hacerlo. Contrarias o a favor. Pero, sus opiniones: ¿fueron solicitadas?, ¿son necesarias?, ¿a quién le importan?

La identificación de estas violencias machistas recurrentes es muy importante porque así las podemos ir derribando. Primero, tomando conciencia de esas opiniones no solicitadas, que en su mayoría son negativas y quieren socavar, una vez más, nuestra autoestima. Y después, haciéndole saber a los machos que no les queremos escuchar, a menos que lo pidamos.

Fue gracias a que Solnit habló por primera vez de esta violencia machista que yo conocí el término. Me alegra mucho que las feministas expresen experiencias que nos son comunes a muchas mujeres, especialmente las que nos lastiman. Es la toma de conciencia sobre la violencia machista en la que estamos inmersas todas, todos y todes, el primer paso para salir de ella, como víctimas y como victimarios.

 

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