Jaime Cleofas Martínez Veloz
En Tijuana las cosas irrumpen, como ráfagas de viento que levantan polvo y dejan expuesto lo que otros prefieren ocultar. La ciudad no avisa: te empuja, te prueba, te desnuda. Así llegó Tim Golden a mi departamento en agosto de 1994, cuando el país caminaba con el alma en vilo y el PRI se desmoronaba en silencio, como un animal viejo que no quiere que lo vean caer.

Ese departamento donde recibí a Tim —el mismo al que sigo llegando cada vez que regreso a Tijuana— no era un escenario preparado. Era, y sigue siendo, la única propiedad que he adquirido en esta ciudad, pagada con un crédito a 15 años que me mordía el sueldo como un perro flaco. Un departamento en la Zona Río, sí, pero no de esos que salen en revistas: uno de batalla, de madrugada, de café recalentado y papeles que nunca terminan de ordenarse. Con los años, ese espacio se volvió algo más: un pequeño territorio neutral, un refugio donde han cabido amigos, adversarios, políticos de todos los partidos y también los sin partido. Ahí se han discutido estrategias, se han roto silencios, se han curado derrotas y se han celebrado victorias que nunca salieron en los periódicos. Ese lugar ha visto más política real que muchos salones alfombrados del centro del país. Y ahí, en ese mismo sillón que todavía aguanta, fue donde Tim Golden se quedó dormido.

Tim llegó con la mirada de quien ha visto demasiadas versiones oficiales y muy pocas verdades. Tocó la puerta con la fatiga de los reporteros que ya no esperan sorpresas. Entró, dejó su libreta en la mesa y se dejó caer en el sillón como si la gravedad de Tijuana fuera distinta, más pesada, más honesta. Yo empecé a hablar como se habla aquí: sin adornos, sin reverencias, sin miedo. Le conté del Distrito Sexto, de las colonias donde la política no se teoriza: se padece. De los comités vecinales que levantamos con las uñas. De la violencia que se respiraba desde el asesinato de Colosio. De las tensiones internas del PRI, que ya no era un partido sino un archipiélago de islas que se miraban con recelo.

Y entonces ocurrió lo que sólo ocurre en la frontera.

Tim se recargó, cerró los ojos... y se quedó dormido.

No fue un pestañeo. Fue un sueño profundo, de esos que sólo llegan cuando uno ha cargado demasiadas mentiras ajenas. Lo dejé dormir. En Tijuana uno respeta el cansancio del otro: aquí todos cargamos algo, todos venimos huyendo de algo, todos buscamos algo que no siempre sabemos nombrar.

Mientras dormía, pensé en el país que teníamos encima. El PRI estaba partido en pedazos, aunque en el centro insistieran en la palabra "unidad". Los tecnócratas recién salidos de universidades extranjeras querían gobernar con gráficas y ecuaciones. Los viejos cuadros de las burocracias corporativas del PRI, acostumbrados a que nadie les moviera el plato, no aceptaban ser desplazados. Y los que veníamos del territorio —los que conocíamos la calle, el lodo, la colonia— sabíamos que la gente ya no obedecía por disciplina: obedecía por necesidad, y la necesidad estaba cambiando de dueño.

Esa fractura se sentía en cada pasillo, en cada reunión, en cada colonia. Los de arriba hablaban de estabilidad; los de abajo hablábamos de sobrevivencia. Y en Tijuana, esa contradicción se volvía más evidente que en cualquier otro lugar del país. Aquí la política no se maquilla: se ve con luz de neón, con olor a drenaje, con la crudeza de una ciudad que no perdona.

Cuando Tim despertó, abrió los ojos como si hubiera regresado de otro mundo. Se disculpó. Yo le ofrecí café. Le propuse caminar. Quería conocer el Distrito Sexto desde el polvo, no desde los informes.

Salimos. Caminamos por calles donde la gente me conocía no por discursos, sino por las obras que habíamos hecho juntos: drenajes, pavimentos, comités, pleitos, acuerdos. Tim observaba todo. Preguntaba poco, pero miraba mucho. Tenía ese estilo de reportero que no necesita interrogar: deja que el territorio hable.

Le conté cómo los mandones y cómplices de un viejo PRI, que por sus yerros, le habían entregado o perdido el Estado frente al PAN, intentaban frenarme, cómo algunos líderes del partido veían mi trabajo comunitario como una amenaza, cómo otros me apoyaban en silencio porque sabían que la ciudad estaba cambiando. Le hablé de los jaloneos internos, de los que querían mantener el viejo orden y de los que entendíamos que la frontera ya no obedecía a nadie.

Regresamos al departamento ya entrada la tarde. Él tenía que escribir. Yo tenía que seguir viviendo en esa frontera que no da tregua. Días después, su artículo apareció en The New York Times. No reproduzco aquí lo que escribió, pero sí recuerdo la sensación: por un instante, la frontera había sido contada sin caricaturas. Con dureza, sí, pero también con respeto.

Hoy, mirando hacia atrás, entiendo que esa entrevista no fue sólo un episodio periodístico. Fue un espejo. Un retrato involuntario de un país que se estaba rompiendo y de una ciudad que, como siempre, iba un paso adelante en la ruptura. Tim vino a buscar una historia. Encontró un país en desvelo. Y, por un momento, se permitió dormir en medio de él.

En Tijuana, hasta el sueño es político.