Jaime Cleofas Martínez Veloz
En la Federación repiten —como si la mentira fuera método de gobierno— que el agua ya viene. Que ya casi llega. Que ya merito. Que nomás falta un tubo, una firma, una válvula, un organismo operador, un presupuesto, una foto, un aplauso.
Repiten.

Pero acá abajo, en La Laguna, donde la sed no es metáfora sino condena, sabemos que el "ya merito" es la forma federal de decir "todavía no", y que el "todavía no" es la coartada para esconder lo evidente:
el Gobierno Federal mintió. Mintió con nombre, con fecha y con obra: Agua Saludable para La Laguna.

Porque el agua —derecho humano— la convirtieron en propaganda.
La propaganda —obligación pública— la convirtieron en excusa.
Y la excusa —mentira oficial— la repiten como si aquí no supiéramos contar.

I. La promesa que se evaporó

La Federación vino a La Laguna a prometer lo que nunca pensó cumplir:
que Agua Saludable estaría listo antes del fin del sexenio;
que el 21 de diciembre correría agua limpia; que el arsénico sería historia.

Promesas con aplausos. Promesas con cámaras. Promesas que hoy, en 2026, son un insulto.

La obra no está terminada. El agua no llega. El arsénico sigue entrando a los hogares como un intruso tolerado por el Estado.

La Laguna, con su sed, desmiente cada palabra federal.

II. La obra que camina, pero no llega

La planta potabilizadora de Agua Saludable funciona a medias.
Las interconexiones municipales siguen sin soldarse.
Las redes secundarias están tan abandonadas que recibir agua limpia sería ensuciarla en el camino.

Las presas están exhaustas. Él sistema opera en modo ensayo. Ensayo eterno. Ensayo sin estreno.

La Laguna no vive de discursos. Vive de agua. Y el agua no llega.

III. La traición tiene números, nombres y responsables

El proyecto Agua Saludable para La Laguna nació con 9 mil millones de pesos.
Hoy cuesta 17 mil millones. Casi el doble. Y aun así, no sirve.

Los 1,200 millones destinados a sustituir tuberías —entre 600 y 700 millones sólo para Torreón— nunca llegaron.
Los municipios hicieron su parte; la Federación no.

La Auditoría Superior de la Federación confirmó lo que aquí ya sabíamos:

85 millones 705 mil pesos por aclarar.
59.7 millones pagados en exceso.
24.1 millones en suministros incompletos.
1.7 millones en conceptos fantasma.
Un contrato inflado 128.6%.
No es retraso. No es mala suerte. No es "un detalle técnico". Es corrupción. Es negligencia. Es traición institucional. Y La Laguna, con su sed, lo exhibe sin necesidad de discursos.

IV. La responsabilidad del Estado mexicano

La Constitución obliga al Estado a garantizar agua suficiente, salubre, accesible, aceptable y asequible. No es poesía. Es ley.

Retrasar una obra destinada a eliminar arsénico no es un error técnico:
es una violación constitucional.

La ASF ya exhibió irregularidades. La Suprema Corte ya ordenó transparencia. La Federación sigue escondiendo la cara.

La impunidad también contamina. Y La Laguna, con su sed, lo deja al descubierto.

V. La Laguna: donde la sed educa y la mentira se cae sola

Aquí, donde los niños aprenden antes a cargar cubetas que a escribir su nombre, la sed no es un problema técnico: es violencia.

Aquí, donde el arsénico se volvió parte del desayuno, sabemos que el agua no es metáfora. Es vida o enfermedad. Es futuro o exilio. Es dignidad o abandono.

Por eso duele que Agua Saludable, la obra que debía salvar vidas, termine convertida en un monumento a la incompetencia federal.
Que la justicia hídrica termine atrapada en tuberías sin conectar.
Que un derecho humano termine archivado como expediente.

La Laguna, con su sed, desmiente la narrativa federal de "todo va bien".

VI. Lo que sigue —y lo que no vamos a permitir

No pedimos milagros. Pedimos agua.

No pedimos discursos. Pedimos fechas que se cumplan.

No pedimos héroes. Pedimos instituciones que funcionen.

No pedimos favores. Pedimos justicia hídrica.

Porque la sed no espera. Porque el arsénico no negocia. Porque la vida no admite prórrogas.

Y porque un día —no hoy, no mañana, pero un día— La Laguna dejará de ser territorio de promesas rotas y volverá a ser lo que siempre debió ser:
tierra donde el agua corre sin pedir permiso a los poderosos.

Ese día, cuando el agua llegue limpia, cuando los niños carguen cuadernos y no cubetas, cuando la sed deje de ser destino, entonces sí podremos decir que la obra terminó.

Pero no porque lo dijo la Federación. Sino porque lo confirmó la vida de los de abajo. Porque La Laguna, con su sed, habrá desmentido al poder una vez más.