Susana Cepeda Islas

Usted es el único que decide quién entra o no a su casa. Cuando alguien llega a nuestra puerta, tenemos el derecho de abrirla o mantenerla cerrada, sin que nadie pueda exigirnos recibir a quien no queremos dentro de nuestro espacio. Cada persona es libre de elegir a quién permite entrar y esa disposición, cualquiera que sea la razón que la motive, debe ser respetada.

Por ello, me llama la atención que las personas a quienes se les niega la entrada a un país se indignen y conviertan esa decisión en un escándalo. Desde que Donald Trump asumió nuevamente el poder en el vecino país del norte, se han difundido en los medios de comunicación la cancelación de visas a personajes de la política de nuestro país, en especial del partido en el poder. Según los medios informativos, a más de 50 políticos y funcionarios les han sido revocadas sus visas.

Estados Unidos exige a los extranjeros una visa para ingresar a su territorio. El objetivo de este requisito es contribuir a la seguridad nacional, mantener el control migratorio y regular las estancias temporales; en pocas palabras, funciona como un filtro de control. Este y cualquier otro país tiene derecho a establecer los requisitos que considere necesarios para permitir o negar el ingreso a su territorio.

El escándalo en este sentido fue, sin duda, la carta que difundió el segundo hijo del expresidente del país, Andrés “Andy” Manuel López Beltrán dirigida a Donald Trump y fechada el 13 de agosto de este año, en Teapa, Tabasco. En ella responsabiliza de la decisión de haberle cancelado la visa a Marco Rubio, secretario del Departamento de Estado y a Christopher Landau, subsecretario de esa institución. Andy utilizó poco más de seiscientas palabras para expresar su inconformidad. El contenido del escrito dio pauta para que quienes observamos estos acontecimientos utilizáramos una infinidad de calificativos negativos para describir lo desafortunado de su elaboración. Sin embargo, yo me quedaré con uno: una infantil misiva.

No entiendo cómo pudo expresarse con tanta seguridad en las siguientes frases. Solo mencionaré tres, porque, en realidad, hay mucha tela de dónde cortar, la primera es: “Como es evidente, esta decisión es de carácter político, más bien politiquero y propagandístico, al estilo hitleriano, pues no existe ninguna razón que justifique tan arrogante proceder.”  Con estas palabras es despectivo, el tono es desproporcionado frente a una medida que guste o no, forma parte de las facultades de un Estado soberano.

Otra afirmación es: “…no son diplomáticos ni mucho menos políticos, pues ellos y quienes los rodean actúan como jefes de pandillas dedicados a espiar, acosar, intervenir y agraviar a otros países”. Aquí la descalificación es todavía mayor. No los presenta como funcionarios públicos que ejercen atribuciones dentro de un gobierno, sino como delincuentes que actúan al margen de la ley.

Y finalmente afirma que: “No me causa ningún problema el no visitar Estados Unidos en estos tiempos decadentes y lamentables”. Después de tantos descalificativos a los funcionarios estadunidenses, resulta que no le interesa ir a ese país. Entonces ¿para qué tanto enojo? ¿para qué escribir una carta de ese tono? y ¿para qué convertir una decisión soberana de otro país en un asunto político y mediático de grandes dimensiones?

No puedo creer que, en esos niveles de poder, no exista un buen equipo de asesores, capaz de advertirles que este tipo de declaraciones pueden ser contraproducentes. Quizá “Andy” debió recordar algo elemental antes de escribir aquella carta: cuando alguien no te permite entrar a su casa, tienes dos opciones: puedes insultar al dueño y exigirle que abra la puerta, o puedes darte la vuelta, conservar la dignidad y seguir tu camino. Yo me quedo con la segunda. Porque al final, ninguna puerta cerrada merece que perdamos la razón, la prudencia, al intentar derribarla. Lo más importante es que Andy no debe olvidar que es un ciudadano, no representa a la nación.