Susana Cepeda Islas

La vida pasa a gran velocidad. tanto que apenas permite respirar; es como un suspiro que se nos escapa entre los dedos. Hace más de veinte años dejé la ciudad de México para siempre y llegué a Saltillo, una ciudad que me recibió como si siempre hubiera sabido que algún día volvería a casa. Mi primer encuentro con Saltillo ocurrió antes de imaginarlo como destino final. Mi padre nació en Ojinaga, Chihuahua, le llaman la “Perla del Desierto”: tierra árida, de clima extremo, agua salada y gente forjada en el trabajo. Mi padre nunca olvidó su origen. Siendo muy joven partió a la Ciudad de México para estudiar, formó ahí su familia y, sin falta, cada año regresaba a visitar a sus padres. En esos viajes, cuando las vacaciones marcaban el calendario, salíamos rumbo a Chihuahua y hacíamos una pausa en Saltillo. A mis hermanos y a mí nos gustaba detenernos ahí: cenábamos en el Merendero Saltillo y compartíamos gustosos el pan de pulque tibio y delicado. Sin saberlo, esa fue mi primera cita con la ciudad.

Años después, en la Ciudad de México, conocí al hombre que sería mi esposo, nacido en Saltillo, donde su familia echó raíces profundas. Como mi padre, él también mantenía el ritual del regreso. Ya casados, visitábamos la ciudad dos veces al año. Yo venía de una familia poco fiestera: las navidades eran silenciosas, la cena temprana y el sueño inmediato. En mi familia se festejaban la llegada de los Reyes Magos, quienes llegaban de madrugada, dejaban los juguetes junto a los zapatos colocados con ilusión en la ventana.

Mi primera navidad en Saltillo fue una revelación. A las once de la noche se servía la cena y, en cuanto terminaba, mi suegra la guardaba con sigilo. Poco después de la media noche, la casa comenzaba a llenarse: tíos, sobrinos, amigos. Las risas crecían con la noche y, entrada la madrugada, el hambre volvía a llamar. En ese momento la mesa reaparecía y todos comían como si el tiempo no existiera. La fiesta duraba hasta el amanecer y yo entendí que ahí la familia no se contaba por horas, sino por encuentros.

La imagen que guardé de Saltillo en mi memoria fue la belleza de sus cerros abrazando la ciudad, un cielo azul, libre de smog. Luego apareció majestuosa la Catedral de Santiago Apóstol, donde descansa el Santo Cristo de la Capilla que cada 6 de agosto es recordado con los bailes de los matachines en una gran fiesta.  Cada rincón está cargado de historia. Me detuve al encontrarme en sus calles angostas, en los imponentes edificios de la época colonial que parecían resistir el paso del tiempo con dignidad. En el palacio de Gobierno, los murales me hablaron con sus imágenes: pintado en la escalera principal La trilogía de Saltillo, de Jorge González Camarena, y otro mural de Salvador Almaraz, donde plasma la historia de Coahuila, recordándome que una ciudad también se cuenta en colores. 

Saltillo se me reveló en los exquisitos sabores dulces y salados. Aquí la carne tiene carácter, los quesos identidad, los tamales otra voz y en los dulces su sutileza. También se come asado, cortadillo y tortillas de harina que no se parecen a ninguna otra y su inigualable pan de pulque. No cabe la menor duda que la cocina también tiene memoria.

Para mí no fue igual, porque llegué cargando en la espalda la prisa de la Ciudad de México, esa urgencia constante por llegar, por sobrevivir, por regresar a casa con bien. Allá, el miedo camina siempre a tu lado y las distancias lo alargan todo. En Saltillo aprendí a habitar el tiempo, a disfrutar la calma y, finalmente, a vivir. Hoy agradezco profundamente a esta bella ciudad que nos transformó. Mi familia creció, mi esposo y yo avanzamos profesionalmente, hallé una manera diferente de estar y aprendí a disfrutar de sus paisajes que alimentan el alma, espacios cercanos que te invitan a descubrir, una cocina que abraza, amistades sinceras y una vida cultural vasta y generosa. Es un hecho: mi corazón encontró a Saltillo.