Susana Cepeda Islas
Hace unos días fui a desayunar a un restaurante. Al momento de pagar en la caja, me llamó la atención que la cajera no sabía cómo realizar el cobro; deduje que era nueva en el lugar. La gerente, al percatarse de la situación, se acercó a ella para darle las instrucciones adecuadas. Observé en el rostro de la joven cajera gran malestar; no miraba a la gerente y, como era de esperarse, se equivocaba constantemente. Al repetir en varias ocasiones el procedimiento y tomarse más tiempo del necesario, le dije que no se preocupara, que yo podía esperar; que, si se tranquilizaba, todo saldría bien. La joven no me contestó y menos aún me miró, estaba enojada. La arrogancia le impedía aprender.
Esta situación me hizo reflexionar sobre las actitudes negativas que tenemos las personas, como lo es la arrogancia: esa condición humana que nos lleva a considerarnos superiores a los demás, despreciando a quienes nos señalan nuestros errores, manifestando una excesiva valoración y una evidente falta de humildad. El Diccionario de la Lengua Española define la palabra arrogancia como altanería; se deriva del latín arrogantia, que significa atribuirse cualidades de manera exagerada. Es decir, las personas prepotentes se creen expertas en todos los temas, aunque no los dominen y, por lo tanto, no escuchan opiniones las descalifican.
Con frecuencia nos encontramos a este tipo de personas. Las identificas cuando entablas una conversación con ellas, suelen interrumpir constantemente para corregir las opiniones del interlocutor, les es imposible aceptar las críticas y reaccionan de manera agresiva. Los estudiosos del tema aseguran que una persona arrogante posee un orgullo extremo, soberbia y por supuesto un alto grado de altanería, porque se sienten superior a los demás.
¿Qué existe detrás de este comportamiento de exagerar su propio valor? Ni más ni menos que un mecanismo de defensa para ocultar inseguridades: una autoestima frágil, miedo a cometer errores, al fracaso, y, sobre todo, a mostrar su vulnerabilidad. Para combatir esos miedos, se alimentan de aires de superioridad, buscan el protagonismo constante y sienten la necesidad de destacar, incluso a costa de despreciar a los demás.
En cualquier tipo de ambiente social es común encontrarlas. La mejor manera de enfrentarlas es echar mano de la comunicación asertiva: ser claros y firmes, poner límites sin perder la calma y, sin tomar sus actitudes de manera personal. Evitar entrar en competencia resulta clave, al no reaccionar con ira, automáticamente la actitud arrogante pierde fuerza.
Está comprobado que el mejor antídoto es la humildad, considerada como una virtud humana. Actuar con humildad implica comportarse sin presunción, ser sencillos, honestos, actuar con respeto, con modestia, sin la necesidad de sobresalir por encima de los demás.
No hay que olvidar que a las personas arrogantes les cuesta aceptar la igualdad. Les resulta difícil comprender que todos los seres humanos, sin importar su origen, religión, color de piel, preferencia sexual o lugar de nacimiento, compartimos la misma esencia. Tener mayores oportunidades no hace a nadie superior.
Al final, la grandeza de las personas no es imponerse sobre otros, es reconocer nuestras limitaciones, aprender de los demás y actuar con respeto. La humildad no disminuye a nadie; por el contrario, lo engrandece, lo dignifica y acerca con los otros, recordándonos que, en nuestra condición humana, todos estamos en el mismo nivel. El filósofo y obispo San Agustín afirmaba que: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”, la máscara de la superioridad es útil para esconder la debilidad interna.


