Rubén Aguilar Valenzuela 

La novela no escrita del finado Federico Campbell (1941-2014) contiene tres historias: la saga de las guerrilleras mexicanas María de Jesús Cubas Carlín y Alejandra Bravo Mancera (1955-1989), y la trama de Federico y yo con relación a esta obra (1). No sé cómo Federico se enteró de la existencia de estas dos mexicanas integrantes de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL) Farabundo Martí de El Salvador, ni tampoco cómo supo de la relación que yo tuve con ellas. No recuerdo haberle preguntado.

 

Un día me busca y me dice de su intención de escribir una novela sobre ellas. Le respondí que lo celebraba, porque por esa vía muchas personas se iban a enterar de sus vidas. Le dije que tenía cartas y notas de las dos. Había escrito un texto sobre María Jesús y su caída en uno de los frentes guerrilleros, antes de que en 1981 comenzara la ofensiva general, en la revista Centroamérica en la Mira, que editábamos en Salpress, la agencia de prensa de la guerrilla.

 

 

(1) Texto leído el 16.02.24 en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en un homenaje a Federico Campbell a diez años de su muerte.

 

Ilustración: Camacho

 

 

Quedamos de vernos pronto para que le diera esos materiales. El día que se los entregué me dijo: si me los das, ya no me los puede pedir. Le dije que estaba bien, que el uso que daría justificaba el dolor de desprenderme de ellos. Me costó.

 

Yo quería que mucha gente conociera la vida de María de Jesús, su seudónimo en la guerrilla era Guadalupe, y la de Alejandra, de seudónimo Hanna. Una novela de Federico era una buena manera para que eso sucediera.

 

María de Jesús y Alejandra, que no se conocieron, tenían algo en común: ser hijas de familias de clase media de la Ciudad de México, haberse educado en escuelas de religiosas católicas, una gran sensibilidad social y un deseo de que el mundo fuera más justo y fraterno. Su sensibilidad social y su experiencia religiosa, así como la propuesta del Evangelio, las llevaron a optar por el camino de las armas e incorporarse a la guerrilla en El Salvador.

 

De María de Jesús y Alejandra hay muchas cosas que contar. Su vida, su decisión, la situación que vivieron en la guerra, sus tareas y responsabilidades y las circunstancias de su caída. Para esta ocasión hablé con dos personas, una que conoció a Guadalupe y la otra que trató con Hanna.

 

Mauricio, su seudónimo en las FPL, es un periodista salvadoreño que vive en México. Platicamos con frecuencia sobre los años de la guerra en El Salvador y recordamos a las y los caídos. Los dos somos sobrevivientes de esa guerra. Le dije que iba a estar en este evento y hablamos de Guadalupe. Después me escribió:

 

En el campamento del cantón La Escopeta, departamento de Cinquera, frente al volcán Guazapa, Guadalupe y el mando dormíamos en el piso de tierra de una casa campesina en ruinas y sin muebles. Tenía un porche, un comal y un horno de leña, que solo lo prendíamos de noche, para evitar que el humo nos delatara.

 

Cerca del lago Teziutlán, a orillas de un arroyo, había una poza donde vi a Guadalupe bañándose. Aquella escena no se me olvida. Era la primera compañera que se bañó con el torso desnudo como uno más de nosotros. Me sorprendió.

 

En el campamento ella y yo muy pronto establecimos una relación de confianza tal vez porque yo venía de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, la UCA de los jesuitas. Ella en México conocía a jesuitas y ex-jesuitas. En los primeros días de la guerra fue mi jefa, porque era la responsable de la formación política. Después ella se fue a otras tareas y en el Estado Mayor del Frente Central Felipe Peña me nombraron en el cargo que ella tenía.

 

Me heredó dos libros: El diario del Che en Bolivia y el Libro Rojo de Mao. Con esos textos organizamos nuestro curso de formación política, para los compañeros de las unidades guerrilleras.

 

Años después, Héctor Aguilar Camin, en su novela Un soplo en el río (Ediciones Cal y Arena), desarrolla personajes que se inspiran en Alejandra, en Hanna, en Nacho, su compañero, un historiador, y en mí, amigo de los dos.

 

En noviembre pasado organizamos un homenaje para Alejandra con la presencia de sus amigas del Colegio Merici, entre ellas Carmen Bullosa, de sus compañeros de la Facultad de Medicina de la UNAM y de comandantes de las FPL, que recién han huido de El Salvador y ahora viven en México.

 

Ayer por la noche hablé con Cecilia Escalante, una de las amigas más cercanas de Hanna. La recordamos con mucho cariño. Me dijo: "Siempre pienso en ella". Me parece irreal que se haya ido. Muchas veces tengo la sensación de que me la voy a encontrar en la calle.

 

Cuando Hanna me platicó de su decisión de irse a la guerrilla estaba muy clara en sus motivos. Hablaba con mucha convicción desde su enorme vitalidad. Quería dedicar su vida a que el mundo cambiara y pensaba que la lucha armada era el camino. Decía que era una apuesta por la vida, no por la muerte, para que los más pobres y oprimidos vivieran mejor. En las veces que la pude ver, de paso por México, nunca dudó de su decisión. Me hablaba de la vida en la guerrilla, de los campamentos y de sus tareas en los frentes de guerra con gran entusiasmo.

 

Sabía del riesgo que implicaba su opción, pero no veía la muerte como una real posibilidad, aunque era consciente de que un día podía caer como otras de sus compañeras y compañeros. Su mayor contribución la veía desde lo que podía aportar como médica. Ahí se ubicaba. Se especializó en cirugía de guerra. En sus años en la guerrilla siempre estuvo en esa área. Cuando cayó era la responsable de un hospital de campaña. La recuerdo siempre vital, ocurrente, divertida, riendo, generosa y haciendo mejor la vida con los que convivía.

 

Alguien debe tomar la estafeta y escribir la novela que Federico no terminó. Federico y yo platicamos de la novela en tres o cuatro ocasiones. Recuerdo de manera especial la última de estas conversaciones caminando por el camellón de avenida Mazatlán. Me dijo que la historia no solo era interesante; tenía también muchos ángulos de mirada, sino era algo realmente importante. Era dar cuenta del testimonio de dos mujeres, de dos internacionalistas mexicanas, que habían dado su vida en razón de sus convicciones, se podía estar o no de acuerdo con su opción, pero eran ejemplo de coherencia y compromiso.

 

Pienso que lo que más le impresionaba a Federico sobre María de Jesús y Alejandra, era que su decisión de irse a la guerrilla era radical y profundamente humana. Les costó la vida siendo muy jóvenes.