Rubén Aguilar Valenzuela
La nueva película de Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra (Estados Unidos, 2025), es inspirada libremente en la novela Vineland, de Thomas Pynchon, y el guion es del propio director.
Se cuenta la historia de Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio), un revolucionario que vive consumido por la paranoia y por el desgaste de una lucha que, con los años, parece haber quedado convertida en ruina, derrota y memoria.
La trama inicia cuando el viejo enemigo de Bob, el coronel Steven J. Lockjaw (Sean Penn), reaparece después de dieciséis años. La amenaza no es solo política, sino íntima: lo que está en juego es la seguridad de Willa (Chase Infiniti), la hija adolescente de Bob.
Inicia, entonces, una carrera desesperada para rescatar a la joven, pero también donde el protagonista se enfrente con aquello de lo que ha huido durante años: su pasado revolucionario, su fracaso como militante, la desaparición de Perfidia (Teyana Taylor), la mujer que amó, y la imposibilidad de separar la historia política de la vida privada.
En la película, que se estructura a partir de una trama compleja que implica muchas historias, hay secuencias de acción filmadas con gran precisión, momentos de comedia con diálogos cargados de ironía, y de pronto, casi sin transición, escenas de una tristeza profunda, marcadas por personajes que alguna vez creyeron que podían cambiar el mundo.
La historia que se narra ofrece una reflexión profunda y pertinente sobre la Revolución, el costo humano de las convicciones, de la pareja, de la paternidad, de la solidaridad, y también del racismo y el odio.
La película está construida como una experiencia de sobresaltos, desplazamientos y choques, en la que la inestabilidad formal refleja el estado de un país fracturado y el desconcierto interior de sus criaturas. Es una descarga continua, de fuerzas contradictorias en pugna.
El director, en Bob Ferguson construye un personaje que encarna el agotamiento de una generación que confundió la épica con la permanencia, y que ahora enfrenta las consecuencias de haber dejado heridas abiertas en nombre de una causa.
La dimensión política de Una batalla tras otra es central. Anderson da cuenta de una sociedad marcada por la militarización, la violencia institucional, el racismo y el miedo como forma de gobierno.
Sin necesidad de subrayados panfletarios, la película sugiere una lectura del presente estadounidense: un país donde el autoritarismo puede instalarse en la vida cotidiana y donde la frontera, los centros de detención y la vigilancia se convierten en paisajes normales.