Rubén Aguilar Valenzuela

La novela Una rosa sola (Seix Barral, 2021) es una obra de Muriel Barbery. En la historia que se cuenta que Rose, una botánica francesa de 40 años, viaja por primera vez a Japón para conocer los términos del testamento de su padre, Haru Ueno, un hombre al que no conoció. En Kioto se le recibe en la casa tradicional que perteneció a su progenitor y allí conoce a Paul, un belga de su misma edad, que trabajó como asistente de su padre durante años y va a ser su guía en su estancia en Japón.
Mientras los abogados trabajan en los trámites jurídicos, Rose recorre jardines, templos y calles de Kioto acompañada por Paul, en un itinerario que es geográfico, pero sobre todo se convierte en una travesía interior. A medida que descubre objetos y cartas que le hablan de un padre ausente pero omnipresente, ella comprende gradualmente cuánto la amó, él que nunca la vio, y por qué decidió respetar la decisión de su madre de mantenerla alejada de su vida.
Ese proceso de revelación coincide con el reencuentro de la propia Rose con su capacidad de sentir y de amar, después de años de haberse cerrado al mundo. Es la crónica de un duelo particular, por alguien al que no se conoció, que se convierte, sin que la protagonista se dé cuenta, en un aprendizaje sobre cómo reconciliarse con su propia vida.
El eje temático explícito, lo ha dicho Muriel Barbery, es la pregunta por cómo convivimos con nuestros muertos: cómo se integra su ausencia en una vida que continúa, sin que esa integración implique ni el olvido ni la parálisis del duelo eterno. Se trata, en palabras de la autora, de una cuestión fundamental para poder vivir el presente de todos los días.
Y está también la idea de la reconciliación con el amor después de años de desapego. Rose, en un proceso, no solo se reconcilia con la memoria de su padre, sino con su propia capacidad de amar en el presente, esa posibilidad se abre, como algo nuevo, en su relación creciente con Paul.
Descubre que el silencio y la ausencia no son rechazo sino otra forma de respeto, la decisión de su padre de no intervenir en su vida, por voluntad de la madre de esta, se le revela no como abandono sino como una forma dolorosa de verdadero amor de parte del padre.
El ritmo de la narración es sereno, construido sobre silencios que a menudo dicen más que los diálogos explícitos. Esta cadencia pausada es coherente con el tema de fondo, el aprendizaje de vivir con los muertos sin dolor ni resentimiento. Es una prosa sensorial: los olores, los sabores y los colores se describen con un detenimiento casi táctil, en una escritura que destaca por la amplitud de sus imágenes.
Una rosa sola es una novela corta que apuesta por el lirismo y la introspección por encima de la acción. La crítica especializada señala que se trata de una obra coherente con la trayectoria filosófica y vital de su autora, convierte preguntas existenciales —¿cómo se vive con los muertos?, ¿cómo se aprende a amar después del desapego?— en una literatura sensorialidad, y muy particular en la narrativa contemporánea.
Escritora