En un panel de la exposición se encuentra el siguiente texto firmado por el curador, Antonio Ramos:
El tiempo no solo transcurre; también se deposita. Se acumula en las esquinas de los libros usados, en el desgaste de los pasamanos, en las cartas amarillentas. Nos gusta pensar que solo nosotros sentimos el paso del tiempo, pero todo lo que existe lo sufre o lo transforma se adhiere a los objetos de formas silenciosas. Una taza rota guarda el eco de una caída y quizás el recuerdo de una conversación olvidada. Las paredes viejas de una casa conservan la tibieza de las risas y las sombras de los días grises.
Todo lo que nos rodea se impregna de lo que fue: las cosas cargan memorias, aunque no hablen. Las ruinas son testigos silenciosos de un tiempo que ya no existe. Son fragmentos de civilizaciones, recuerdos de sueños colectivos convertidos en piedra, madera o metal corroído. En ellas, el arte no solo sobrevive al colapso: se transforma en símbolo, en memoria viva. Cada columna rota, cada pared descascarada, cada sombra proyectada sobre lo que fue, es también una forma de belleza que nace de la destrucción.
Contemplar una ruina es mirar al pasado y reconocer la fragilidad del presente. Nos recuerda que todo, incluso lo grandioso, es pasajero. En tiempos obsesionados con la permanencia, el arte revela la belleza de lo que se va.
La exposición "Las Ruinas que habito" invita a reflexionar sobre lo efímero de la existencia, la memoria y la certeza de la pérdida. En esa fragilidad, el arte encuentra su verdad.
Se exponen más de 40 obras de 13 artistas contemporáneos que trabajan técnica muy distintas, y se expresan en estilos muy diversos.