Héctor Reyes

Durante la pandemia, Hugo López-Gatell se convirtió en uno de los rostros más visibles del gobierno federal en su calidad de subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud. Su figura ocupó conferencias, titulares y debates nacionales. Hoy, ya fuera de ese encargo pero aún como personaje público vinculado al sector salud y a la administración pasada, ya que funge como representante de México ante la OMS, en Ginebra, Suiza, su nombre vuelve a colocarse en el centro de la discusión, no por el protagonismo mediático de entonces, sino por la responsabilidad histórica frente a un nuevo desafío: el resurgimiento del sarampión en México.

El sarampión no es una enfermedad nueva ni desconocida. Es prevenible; existe una vacuna segura y eficaz desde hace décadas, y México había logrado importantes avances en su control. Sin embargo, la disminución sostenida en las coberturas de vacunación durante los últimos años abrió una grieta que hoy muestra consecuencias. El país enfrenta brotes en distintas regiones, encendiendo alertas sanitarias que parecían superadas.

En este contexto, el diputado federal por Guanajuato, Éctor Jaime Ramírez Barba ha señalado la necesidad de revisar posibles responsabilidades administrativas e incluso judiciales por la caída en los niveles de inmunización. Sus declaraciones apuntan directamente a las decisiones tomadas en la pasada administración federal, donde —según ha sostenido— se debilitó la estructura operativa del sistema de vacunación, se modificaron esquemas de adquisición de biológicos y se redujo la eficacia logística que durante años permitió mantener altas coberturas.

El señalamiento no es menor. La administración del expresidente Andrés Manuel López Obrador apostó por una reconfiguración profunda del sistema de salud, bajo la bandera del combate a la corrupción y la centralización de compras. Sin embargo, en el camino, se registraron desabastos, retrasos y una preocupante caída en las tasas de vacunación infantil, incluyendo la triple viral (sarampión, rubéola y paperas). Lo que en su momento fue advertido por especialistas y organizaciones médicas hoy se traduce en un brote que impacta principalmente a niñas y niños no vacunados.

La discusión va más allá de nombres propios. Se trata de decisiones de política pública. Cuando un gobierno decide recortar, redirigir o no priorizar recursos para programas esenciales como la vacunación, asume un riesgo sanitario. La salud pública no admite improvisaciones ni cálculos políticos. Cada punto porcentual que baja en cobertura representa miles de personas vulnerables.

A un servidor le tocó participar en la organización de un sin número de campañas de vacunación, era, un esfuerzo de miles de personas, logísticamente y también, anímicamente, había los llamados días y semanas nacionales de vacunación, donde se vacunaban a una gran cantidad de menores, eso desapareció.

El sarampión es altamente contagioso. Un solo caso puede detonar cadenas de transmisión en comunidades con baja inmunización. La responsabilidad no recae únicamente en quienes optan por no vacunar —muchas veces influenciados por desinformación—, sino también en quienes tenían la obligación constitucional de garantizar acceso oportuno, suficiente y gratuito a las vacunas.

Hoy, cuando el país observa cómo resurgen enfermedades que se creían controladas, la pregunta es inevitable: ¿fue una falla técnica, una consecuencia presupuestal o una decisión política mal calculada? Lo cierto es que la disminución en la vacunación no fue un fenómeno espontáneo; ocurrió en un contexto de cambios estructurales en el sistema de salud federal bajo la conducción de quienes entonces encabezaban la política sanitaria.

Pasar del protagonismo a la responsabilidad implica asumir las consecuencias de las decisiones tomadas. Y si de ellas se derivaron omisiones, negligencias o afectaciones a la salud colectiva, corresponde a las instancias competentes investigarlo. La salud pública no puede ser rehén de experimentos administrativos ni de prioridades desplazadas.

Porque cuando la vacunación baja, no baja una estadística: sube el riesgo. Y en ese cálculo, quienes pagan el precio son siempre los más vulnerables.

Buen fin de semana, del amor y la amistad. La frase: No esperes nada de nadie. ¡Ánimo!

 

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