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Las preguntas filosóficas IV SALVADOR HERNÁNDEZ VÉLEZ


Salvador Hernández Vélez

En esta entrega empezaré con el filósofo Baruch de Spinoza. Unos lo tacharon de ateo y enemigo de Dios, otros -los más numerosos- de panteísta. Leszek Kolakowski plantea que lo que tuvo más impacto de la obra magna de Spinoza en el pensamiento filosófico posterior y provocó más controversias son las ideas de Spinoza sobre Dios y su relación con el mundo o sobre el alma humana. Dios es un infinito también, en el sentido de que posee una infinidad de atributos de los que nosotros no conocemos más que dos: la extensión y el pensamiento. ¿Cómo se comprende entonces la relación entre un Dios absoluto y las cosas finitas? Pero supongamos que alguien pregunte: si toda acción humana sin excepción está totalmente determinada y nadie tiene el poder de no hacer lo que hace, ¿es lícito por ejemplo, castigar a la gente por sus fechorías a sabiendas de que sus actos obedecen a  una fatalidad ineluctable?

De Leibniz, Kolakowski dice que fue el último europeo que lo sabía todo. Efectivamente, absorbió toda la cultura espiritual de su época y fue creativo en todas las disciplinas que dominaba: las matemáticas y la física, la filosofía y la teología, la jurisprudencia, y la geología. Su mente genial enriquecía cuanto tocaba. Leibniz plantea su famosa pregunta: “¿Por qué hay algo en lugar de nada? Pues la nada es más simple y más fácil que algo”. Como es natural, se presenta la siguiente pregunta: si el sino del universo y de cada una de sus partículas está determinado hasta el último detalle y de antemano en una armonía preestablecida, ¿es lícito sostener sin incurrir en contradicción que el hombre posee el libre albedrío? ¿Imitando a los epicúreos, se debería afirmar que, si existe tanto mal y tanto sufrimiento, Dios es malo, o bien es impotente, o bien es malo e impotente al mismo tiempo?

Luego nos acerca a Blaise Pascal. Su pensamiento giraba alrededor de dos materias incompatibles, aunque no contradictorias desde el punto de vista de la lógica. Una era la matemática y la física teórica, la otra, la fe y el destino. Esto es la fe es el asunto más importante de nuestra vida, ya que las demostraciones matemáticas no nos ayudan en la angustia ni en la desgracia. Dice Pascal que la gente no piensa en lo que más le afecta. La gente en su afán por olvidar, se refugia en toda clase de diversiones; la vida se convierte en una diversión, en una huida, y cualquier excusa es buena para no afrontar el problema fundamental. Pero por voluntad propia no podemos hacer nada para conseguir la salvación. Sin embargo, ¿acaso no es contrario a la razón que Dios condene a los hombres a un suplicio eterno por algo que no ha podido evitar y que mande al infierno incluso a los recién nacidos si mueren antes de haber sido bautizados? Sostiene que las virtudes naturales no cuentan para la salvación. ¿Quiere decir esto que, si lo único que importa es la salvación, da igual cómo vivamos?

John Locke es considerado merecidamente uno de los pilares del pensamiento del Siglo de las Luces. Se planteó una pregunta que no era nada nueva: ¿Cuáles son los límites de nuestro conocimiento, qué podemos saber a ciencia cierta, qué es sólo probable y qué es imposible de saber? En su opinión, estos límites son estrechos. Locke se ha convertido en un clásico de la democracia moderna. Si su tesis es que no hay ideas innatas y de que, al principio la mente de cada uno de nosotros era como una hoja en blanco constituyó una prueba de que todos los hombres son iguales por naturaleza, lo cual evidentemente tuvo importantes consecuencias políticas. ¿Debemos concluir entonces que, a la luz de este hecho, la idea de igualdad no tiene fundamento alguno? Si la única fuente de los conocimientos son los contenidos de las precepciones, ¿qué nos da derecho a afirmar y a dar por seguro que existen objetos independientes de nosotros, cuyos reflejos son los contenidos de nuestras percepciones?

Thomas Hobbes intentaba convencernos de que, siendo los seres humanos como son, la forma de estado más perfecta es la dictadura despótica de un individuo. Si Dios existe, es un ser corpóreo, porque no hay ninguno que no lo sea. No pudo haber creado el mundo a partir de la nada, porque esto se opone a las leyes de la naturaleza. ¿Qué hacer para que la religión no sembrara la discordia ni provocara guerras, sino que sirviera a la causa de la paz y de la seguridad?

@SalvadorHV

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