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24Noviembre2014

Edición No. 196 Del 16 al 23 de Noviembre de 2014

En la Sudáfrica de finales del siglo XX, dos fuerzas, en apariencia irreconciliables, tomaron la decisión de hacer a un lado sus diferencias, rencores y sed de venganza para lograr un verdadero cambio en su país. Dos fuerzas opuestas representadas por líderes carismáticos, Frederik William De Klerk y Nelson Mandela. Estos hombres se enfrentaron a una situación, con la que algunos líderes se encuentran a lo largo de su vida, pero que muy pocos saben aprovechar correctamente.

Cuando De Klerk fue electo Presidente de Sudáfrica, no parecía ser distinto a sus predecesores. Provenía de una familia Bóer –los antiguos colonizadores holandeses- con antepasados hugonotes franceses; apoyaba la política separatista del Apartheid, y creía que el poder debía mantenerse en la minoría blanca. Mandela, por su parte, miembro de una familia real de los Xhosa, fue educado desde niño para algún día gobernar. Estudió leyes e ingresó al African National Congress (A.N.C.) donde, en 1960, se opuso a la política de no violencia promovida por Luthuli, fundando el Umkhonto we Sizwe, brazo armado del A.N.C. En 1962 fue condenado a prisión de por vida por sabotaje y, durante su largo encarcelamiento, fue convirtiéndose en una figura mítica para las mayorías sudafricanas.

De Klerk y Mandela no se agradaban mutuamente. Ambos representaban lo que el otro combatía, pero los dos compartían la certeza de una necesidad de cambio, aunque las razones para llevar a cabo este cambio eran completamente  distintas, dos visiones antagónicas impregnadas de sus valores y luchas. Sin embargo, y a pesar de sus evidentes diferencias, se vieron obligados a realizar un fascinante pas de deux, que ejecutaron de manera impecable, con consciencia plena de la importancia a largo plazo de sus acciones, y sin que por ello les dejase de pesar el necesitarse mutuamente. Tenían un papel que jugar en la historia de su país, y lo hicieron: desmantelar el pasado y prepararlo adecuadamente para el futuro.

Durante ese difícil proceso W.F. De Klerk solía describir los atavismos que encontró y que tuvo que enfrentar como «…una serpiente decapitada, cuyo cuerpo sigue dando latigazos de modo que, quien no lo sepa, puede creer que sigue viva. Así se puede describir lo que ocurre aquí, en mi país, en mi Sudáfrica. Gran parte de las ideas de antaño que creíamos muertas y enterradas siguen aún con vida. Nuestra lucha no es sólo contra lo que está vivo. También tenemos que combatir lo que se empecina en persistir».

¿A lo largo de la historia de México, cuantos líderes se han visto en esta situación y han rechazado conscientemente el papel que la historia les había asignado? ¿Cuántas oportunidades se han desperdiciado meramente por la mezquindad y falta de visión de nuestros líderes?

En México, en el año 2000, pensamos que habíamos acabado con la serpiente de la  complicidad, del nepotismo, de la corrupción, de la injusticia, de la desigualdad lacerante, la ineficacia, la falta de rendición de cuentas, la opacidad y la intolerancia. Pero a doce años de la alternancia nos damos cuenta de que, al igual de lo que ocurría en Sudáfrica y describía De Klerk,  la serpiente no estaba muerta, sino que sigue viva y se niega a morir. Por eso, en estos momentos de definiciones electorales, cabe preguntarnos: ¿Serán capaces nuestros líderes, tanto los ganadores como los perdedores en estos comicios, de cumplir su compromiso histórico? ¿O nuevamente elegirán no aceptar el papel que les ha sido asignado por la historia? ¿Serán capaces, como Mandela y De Klerk, de buscar el bien común aún anteponiéndolo a su bienestar personal? ¿O incluso, de ir más allá y reconocer que el logro no fue de ellos, sino de todos los mexicanos, como en su momento hicieron los líderes sudafricanos?

Estamos comenzando una nueva etapa, en la que no podemos caer en la fácil tentación de pensar que hemos matado todas las serpientes. A pesar de haber terminado un proceso democrático en paz, no podemos permitirnos pensar que nuestra democracia está consolidada, y que nuestra responsabilidad termina con la emisión del voto en las casillas. En un país como el nuestro, en el que las prácticas de la corrupción, la injusticia, la desigualdad y tantas otras, han sobrevivido durante décadas al amparo de una clase política corrupta que no entiende su responsabilidad histórica, las serpientes deben de seguirse matando todos los días. La responsabilidad histórica recae ahora sobre los ciudadanos. Como dijo de Klerk, tenemos que combatir lo que se empecina en persistir.

@mariafergarza



María Fernanda Garza

Es comunicóloga egresada de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México; además de su labor como empresaria, ha mantenido una intensa actividad en diversas organizaciones sociales y empresariales; es lectora por pasión, y está inconforme con el México que tenemos, pero siempre dispuesta a trabajar por cambiarlo.

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